Un día con la moto del Lelo.

el

– Échale aire a las ruedas, me dijo.

Estaba firmando el contrato: Tenía la moto. Me levanté a las seis y media para preparar mi día y el Lelo ya me tenía la moto lista. Esperé al sol para salir, y cuando empecé a sentir color, salimos los dos. Estaba en el estacionamiento sucia y media abandoná, con varias capas del polen de los pinos y barro antiguo bien seco.  Una vez sentado, no cuesta nada ponerla vertical, es cosa de mover un peso para otro lado. Pero hacer que avance con el motor apagado, se comporta como si intentaras montar un potro grande mientras está dormido.

No en serio, es brígida.

La levantas, quedas ahí sentado, metes la llave, le das el contacto, ruge un poquito y se queda con un ronroneo suave que dice “lista!”. Bastaba que la dejara irse sola sin acelerarla y con ese tremendo motor, subía hasta las bajadas. Pero el ripio no es muy amigo de los neumáticos lisos y con moto ajena, mejor pensar.

Llegué al pavimento, apreté la manilla y grité como una niña me dieron ganas hasta de gritar como sansón: Con un rugido descomunal, esta gata clavó sus uñas en el cemento como para agarrar vuelo, pegar un salto y caer sobre algo. Solo el tirón que da cuando la aceleras, te lleva a pensar que le estas agarrando la crin a un caballo grande que se te escapa.

En la ciudad me convertí en otro bloque de ese muro, que esta gata es una moto demasiado grande para chasconearla. Muy diferente de la mía, que con la Pancha somos agua. Como me tuve que meter de cabeza en el centro, me empezó a impacientar el poder retenido del taco, pero como no había nada que hacer, me dediqué a disfrutar el momento, avanzando poco ronroneando suave y despacito, muy cómodo como si fuera un gordo importante que camina borracho por una alfombra descalzo sacando uvas de recipientes dorados.

En ese gordo me convertí yo con esa moto en el centro.

Me detuvo una luz, quedé primero y un desfile de personas cruzaba delante de mi, interminable. Algunos miraban la moto primero, luego me miraban a mi, y paraban las cejas saludando. Dieron la luz y la gente seguía pasando. Impaciente por partir, le di tres apretadas a manilla haciendo un ruido tan fuerte y clarito que dice “Paren su weá!”. La gente se detuvo en la calle, y pasé por entremedio despacito, mientras la gente seguro se quedó pensando:

“Tremendo saco de weas”.

Ese poder te da esta moto. Te hace dueño de la calle, o la carretera, o el lugar que sea. Si te topas con otro tipo que anda en una moto así de cabrona, te mira como diciendo: “Si, yo también se lo que se siente”.

Antes de volver a la casa, quise sacarle los balazos del tiempo que había estado parada y me fui a dar una vuelta corta a la carretera, donde dejé que la velocidad fluyera si quería fluir. Me heché hacia atrás y puse los pies en los soportes de adelante y quedé en la misma posición que toma el águila un segundo antes de caer sobre su presa.

Veía la carretera volar debajo de mi, mientras como un pacman me tragaba todas sus lineas. Si quería no había nadie delante de mi, porque ni la ley podría decirle a una moto de estas que velocidad tomar. La dejé correr hasta un límite que consideré prudente mientras pensaba que manejaba mi propia montaña rusa.

Luego comencé a despedirme de ella para volver a la realidad de mi Francisca: Una realidad mucho mas suave, menos ruidosa, con un poder diferente, no tan fuerte pero mía.

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