La micro de campo.

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Pasaron varias micros de la que ningún chofer había escuchado jamás el nombre del lugar al que yo iba. Tenía que pasar una micro en la que no cabía nadie mas, justo en la que viajaba una señora que me dijo “Suba, yo le digo donde queda”.

Pa arriba yo, en un lugar donde no cabía nadie mas, con mi mochila y mi tambor. Me dio una risa rica super chora solo estar arriba de esa micro donde no había espacio ni para quejarse. La micro para, yo digo “Que bueno que ahora se baja gente”, mentira… se quieren subir tres mas. – El pico, digo yo, imposible. Pero ahí se metieron yo no se como, pidiendo permiso hacia atrás. Yo pensaba: Esto no puede estar ocurriendo… y pensaba en aquello cuando se suben dos mas. Yo me reía tan libremente que la gente al final se empezó a reir conmigo, y nos reimos todos cuando se paró un tipo de no se que asiento y dijo bien fuerte “Yo no se como me voy a bajar”.

Mas valía terminar el recorrido entero, antes que intentar pasar arrastrándose por el suelo entremedio de cajas, garrafas, zapatos y mantas. Alguien dijo autoritario “Pida permiso no má” y el hombre pidió permiso antes de dar el primer paso. Yo lo vi medio dudoso, y alguien mas también lo vió, porque le dijo: “Mejor bájese por atrás” a lo que el muchacho respondió: “Pa atrás no hay na que hacer, que hay un montón de cajas”. Así que cantando la canción del “permiso” muy despacito, fue abriéndose paso poco a poco mientras encontraba lugar para irle metiendo el cuerpo a la gente.

Cuando se bajó por fin, nadie aplaudió y eso a mi me pareció raro, considerando la proeza. Un rato después, mientras yo me deshacía en esa atmósfera tan surrealista, alguien pega un grito diciendo “Quien baja en Tegualda?” y yo hago un esfuerzo para soltar mis cosas y levantar una mano. – Aquí te bajai, me dijo otra voz.

Y comencé con la plegaria del permiso.

Era mas fácil de lo que parecía. La gente sola se va fundiendo en otros hemisferios a medida que alguien necesita algo de ellos. Me baje radiante y dichoso, en una carretera de campo en la que no había nada. La micro se fue metiendo ruido y humo, llena como el infierno de las almas en pena, partió infinita en su propio rumbo dejando detrás de si, la percepción mas viva de la locura doméstica de las micros de campo.

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