Ecofonda, ecogranja, eco… eco… eco…

Me dijeron “Vamos” y yo dije “Voy”.

Me di la libertad de armar un grupo choro para que fueramos todos, total era una ramada en el medio del campo. Cuando llegó el día también trajo un montón de poto pa las murras de la gente a la que yo había invitado. Filo, da lo mismo. El plan original ya era bueno, así que agarré mis propias cositas y partí a tomar la micro que fuera pal campo.

Después de esa hipersurrealista aventura, me vi en la carretera de un lugar cerca de ninguna parte, donde no había un letrero ni siquiera para reirse de ti. Con la cara del “Que chucha” me rasco la pera y decido que lo mejor es parar a alguien para que me instruyera. Claro, agarro el tambor me pongo a tocarlo y al primer auto que pasa, le hago el dedo. Y obvio: Paró solo para no interrumpir la magia. Adentro hay dos viejitos que por la pinta que traen, no tienen ningún inconveniente en aparecer inmediatamente como extras en un documental de veteranos franceses de guerra. Nos hicimos re amigos en esos 15 segundos de presentación, hasta que la pregunta de rigor “pa donde voy” uno rápidamente pone la pata en el freno, y cuando el auto ya estaba detenido, se voltea hacia atrás y me dice:

– Tu vas para el otro lado.

Nos dimos todo el tiempo del mundo para no matar la risa, y me bajo del auto contento, como si todo estuviera bien, porque a pesar de que hago dedo para el otro lado, igual llego adonde yo lo tenía decretado. Camino de vuelta cerro abajo y después de mucho me encuentro en la carretera con una niña que tenía la cara del “Donde se han metido”. Le digo que también me había perdido, y camino hacia adentro.

Camino un rato y camino hacia la comunidad, caminando como si buscara que se me había quedado algo. Un grupo de gente que juega a la rayuela me mira con cara de amigos, pero debajito está el mensaje “A este yo nunca lo había visto”. El amigo que me había invitado no estaba por ninguna parte. La gente de la casa todavía me miraba con cara de chiste, mientras yo empezaba a buscar la forma de no incomodar a nadie.

Descubrí que había terminado por caer en un carrete familiar ajeno, y lo extremo del lugar ya no permitía intentar una fuga aparentemente heroica, así que saludé a todos para estar seguro de que no se me arranque ninguno, dejé la cámara y el tambor en un banco, y partí al mesón a pedirme un trago. Un terremoto era la mejor opción y cuando me lo hubieron entregado, parece que estaba claro que el forastero estaba dispuesto a quedarse.

Gente en una mesa me llamó a preguntarme que onda conmigo, y tuve el placer de contestarles que nunca había llegado a algún lugar donde no conociera nadie. Era una mentira blanca porque no quería sonar engreído, además todavía no estaba la confianza para sincerarme. Esa confianza llegó cuatro minutos después cuando descubrimos todo que podíamos ser amigos.

Era una comunidad ecológica bien extravagante y hermosa. Habían franceses o alemanes, o alemanes y franceses, perros con pañoletas rojas y ponis que te insisten por una rascada de orejas. Yo me fui integrando a medida que se fuera viendo, y aparecieron las empanadas, los terremotos y los kuchen. Apareció la música, el fuego en el fogón, apareció la conversación aguda y entretenida.

Fija en un punto constante entre los límites del descubrimiento y la emoción, comenzó a irse la tarde en el viento helado, la charla alegre profunda como alegre y la canción.  Una comunidad re linda de gente rica, interesante y entretenida. Todos asociados a las artes, la arquitectura y la fotografía.

Mientras conversábamos en ese nivel de confianza tan endémico, pensaba yo “Que maravillosa oportunidad ha sido haber aterrizado aquí”. Terminamos todos bailando alegres sin dominio, ni sumisión ni orden ni control. Estaba ya comenzando a empezar a dar jugo sentirme a gusto, cuando se me acercó una cara bonita que yo no había visto nunca, y me dijo “Tienes un estilo super libre de baile, desde adentro”. Yo, una empanada en la mano y un terremoto en la otra, con la boca llena de comida, le sonrío y sin dejar de bailar le digo:

– Gracias!

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