La bolsa de los frutos secos.

Apagué la moto, me saqué el casco, tiré las llaves adentro y crucé la calle. Entré a la tienda por una bolsa gigante de frutos secos que no me demoré nada en encontrar. Me detuve al final de una fila demasiado larga y esperé demasiado tiempo antes de que se acabara. Llegué a la caja, ella me mira, la miro yo, mira mi bolsa gigante de frutos secos, lo miro también, me mira a mi, la miro a ella y le paso la bolsa gigante de frutos secos. Le paso el billete exacto, me da las gracias, le doy las gracias y salgo a la calle con mi bolsa gigante de los frutos secos. Me acerco a la moto, me pongo el casco, y busco las llaves. Busco las llaves y las sigo buscando. Me manocié ocho veces cada bolsillo del pantalón antes de mirar tres veces en mi mochila. La puta llave. Sabía que era un estúpido revisándome los bolsillos por novena vez, pero tenía que hacerlo antes de mirar por cuarta vez en el suelo. Me alejé de la moto, miré la tienda y lo supe: Tenía que ir a recuperarlas. Camino sintiéndome un imbécil, imaginando donde estarían las putas llaves. Entré a la tienda y miré en el suelo, al final del pasillo, miré en la caja, volví a mirar en el piso y entonces me di cuenta que ella me miraba. Yo la miré a ella, ella me sonrió, sonreí también y se miró la mano. Se la miré también. Vi mis llaves colgando. Ella me miró a mi, yo la miré a ella. Me sonrió y le sonreí. Eres un ángel, le dije. Me da las gracias, le doy las gracias, y salgo a la calle con mi bolsa gigante de frutos secos.

Y con mis llaves.

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