Un par de chalas tiradas en el piso de mi casa

Cuando llegué al matrimonio, quedé empaquetado igual que pollo en un corral ajeno y no había nada mas que hacer que ponerle actitud y apechugar, hacerse bien gallo y mandarle. Y le mandé. Quería carretear y conocer gente nueva, así que fui entrando de a poco, primero con los conocidos, luego sus amigos y luego todos los que me dieran ganas. Así me empecé a desenvolver fluyendo entretenido haciendo/diciendo lo que quisiera y eso a todos parecía causarles gracia. Cuando era pesado nadie se molestaba y luego comenzaban a llamarme solo para que les entretenga la vida mientras les sacaba fotos.

Y entre toda esta jungla de seres vivientes partuzeros, había mucho pez que mirar. Ya tenía la licencia para interactuar y hablaba con quien quisiera. Así que me tomé tiempo en ir clasificando cada pieza de arte que pasaba delante de mi lo mas radiante que fue posible mientras felinas, desfilaban en esa pasarela social. Fui clasificando mientras trabajaba, en forma metódica y con un poco de magia. A medida que le iba poniendo estructura al amor, el listado mental se hacía cada vez mas corto, pero mandé la lista a la chucha cuando apareció y me miró como si estuviera abriendo sus maletas muerta de la risa, y desparramando todas sus cosas en mi suelo. Le devolvía yo la misma mirada cuando en mi mente una voz super clara dijo:

– Ella.

Andaba por ahí abejoneándolo todo, mientras se movía con una gracia elegante y loca. Fluía libre y con poesía entremedio de toda la gente, brillando con risa en todo lo que hacía. Nos fuimos encontrando de a poco, dándole lugar a que ocurra todo lo que está destinado.

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La cosa fue así: Empezó con un hola y terminó con un “A donde vayas voy contigo”. Pasamos el salón y sin despedirnos de nadie dejamos atrás toda la gente. Mis zapatos! gritó. No importa, le contesté. Y agarró un par de chalas del cotillón que pilló botadas. Nos subimos al auto y roja me dijo: Yo nunca hago esto!

– Ninguno nunca hace esto.

La caché un poco preocupada porque me estaba contando que ella no estaba segura si quería tener sexo. Tenía a alguien en alguna parte. Daba lo mismo, habría cacha si quisiéramos que haya. Y cuando llegamos al campo y se empezaron a ver menos casas, me preguntó si la estaba llevando hasta allá para violarla.

Ahí me dieron ganas.

Ya había salido el sol cuando llegamos a la casa. Nos bajamos del auto, le presenté a mis perritas y entramos a la casa. Abrazados nos dábamos besos tratando de avanzar para adelante o para atrás, mientras nos entregamos a la tarea de abrir las maletas y ver todo lo que había, oliendo las cosas como si fueran tesoros que nos habíamos encontrado. No se quería entregar entera pero no me quise meter en el rol de meterle energía para dominarla. Me confesó que estaba enamorada y yo le pregunté que estaba haciendo en mi cama.

Me insinuó que me la jugara, pero yo no quería romper el juguete bonito. Tampoco me quería adjudicar ese karma. Si está enamorada, ella verá, y así lo fue viendo, sin prometer nada. Justificándose todo el rato por no soltar, me habló duro, destapá. Yo estaba pagado con su pura sonrisa y como todo lo demás era extra, no presioné ni me dejé presionar, siempre mas interesado en la trama..

Cuando la dejé en su casa, después del beso me dijo “yo quería que te la jugaras”.

Pero yo no quería romper el juguete bonito.

Aquí quedaron tiradas sus chalas.

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