Un matrimonio para contar.

Cuando llegué a la iglesia no fue tarde, pero llegué preocupado y esa sensación antes de fotografiar algo con la delicada sutileza emocional, te juega en contra. Lo bueno está en que no había llegado nadie mas, y eso permitió desenvolverme para encontrar la calma y reconocer el lugar. Caché que la iglesia era super oscura y eso es tremendo desafío para fotografiar.

Cuando hay poca luz, TODO requiere mas tiempo, y en un matrimonio el tiempo es lo único que falta.

Lo bueno es que estaba preparado: ya estaba previsto en un plan mental. Compré un trípode, le chanté encima un flash que yo disparaba de lejos, y eso lo puse en el lugar mas oscuro al lado de los novios.

Me salió a toda raja.

Cuando llegaron los novios y entraron en toda la parafernalia protocolar, me convertí de nuevo en un zorro: jugar a ser invisible y astuto, tener la foto sin importar lo que costara, ser discreto, no equivocarse, meter poco ruido y no molestar. Hacerme parte del paisaje, ser un personaje tan seguro de si mismo que se pasea con soltura y se ve tan claro, que lo está.

Como andaba con dos cámaras, era un cacho en movilidad y peso, así que me di el lujo de dejar una en alguna banca y partir a buscarla cuando la intuición me decía que era necesario. Así le mandé sin equivocarme.

Apenas se sentaron los novios, el cura me mandó un mordisco. Estaba claro que tenía que delimitar su suelo, y con eso yo ya tenía una idea de hasta donde se podía jugar sin que me ladrara.

Eso se convirtió en un juego muy bacán.

Tenía que moverme con decisión pero con respeto, con velocidad pero con discreción. Mientras me iba moviendo buscándole el encuadre a la historia,  empecé a moverle la linea y terminé metiéndole todos los dedos a la santidad de su iglesia.

Con profundo respeto y mucha discreción.

Aproveché un momento de magia en el que partió a buscar algo, dejó el fuerte abandonado y me dio unos segundos para subirme por el chorro en su altar. Me metí cara de raja y le saqué tres fotos a los novios en el tiempo que fue posible. Apareció el cura de vuelta a reclamar su territorio y yo rajé con el tremendo chocolate que me había robado.

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Tuve una tremenda onda invisible con ese cura. Independiente de que no participara en su circo, nos fuimos tolerando sin molestar. Me tiré al agua cuando le escondí su micrófono para que no aparezca en mis fotos.

Antes de salir me di vuelta, le levanté dos dedos y le dije “Hasta luego y gracias!”, me sonrió y me dijo: “A ti.”

Estuvo cuatica esa ceremonia. Fue un tremendo desafío, y al mismo tiempo estaba emocionalmente tan comprometido con los chiquillos, que me encendía participar de esa alegría desde tan cerca que no ve nadie mas que el cura y yo. Saber lo que ellos sienten.

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Disfruté cada momento que tuve con ellos. Una pareja total. Me los aguaché un poquito porque los vi bien niños haciendo cosas de grande y me encargué de darles una paz que defendí con colmillos cuando aparecía gente que trataba de estresarlos.

Me los robé un rato de entre las garras de la sociedad y los llevé al parque. Sabíamos que era poco rato para capturar esa felicidad, y aunque ocupé mucho tiempo en entregarles la intimidad que la multitud voraz estaba demandando valió la pena:

Los volví a enamorar.

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Cuando sentí que lo había conseguido, los dejé ser uno y me puse a bailar con ellos mientras se miraban, en esa burbuja danzando con amor y magia. Apareció un tipo a decirle a los novios que había un problema con los invitados y había que entrar. Aunque defendí como pude esa intimidad, ya se había roto la burbuja. No alcancé a hacer lo que hubiera querido, no pude hacerles una sesión bacán.

Brígido el tema para fotografiar grupos. Era pura gente joven que andaba con ganas del mambo y poco interesados de verse bien en una foto que había que sacar igual. Tuve que soltar la foto perfecta y abrazar la espontaneidad.

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Me moví como quise, y también hice lo que me dio la gana. Traté a todos como a un igual desde los abuelos hasta el personal. A nadie pareció molestarle, y me celebraban todas mis tallas. Si pasaba alguien con cara de “¿este patúo es el fotógrafo y se está copeteando?” yo les chocaba el vaso y les decía:

– Salud!

Yo venía a eso y con los novios había quedado super claro. Al principio los que se asustaron fueron los invitados, pero se les pasó rápidamente cuando descubrieron que no estaba loco, o por lo menos ninguno que hace daño. Lo que soy en realidad es un artista que se pasea entre los invitados alegrándoles la vida mientras les va sacando fotos.

Eso es lo que vendo.

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La noche me encontró carreteando hermosamente con un piño de gente mega chora y entretenida que me abrió las puertas enteras para que yo me quedara libremente a jugarla. Así lo hice, me quedé y lo pasé la raja. Aprendí un kilo acerca de la fotografía de la vida y tengo un tremendo set de herramientas nuevas para cuando necesite jugar.

No creo ser un gran fotógrafo de matrimonios, aunque se que lo puedo lograr. Tengo algunas fotos buenas y aunque quizá mis estándares son elevados, eso me parece super bien, porque los voy a alcanzar. Requiere caleta de práctica, prueba y error, muchas ganas y que bueno porque es la patá.

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Fotografiar a estos chiquillos fue una experiencia tremenda, muy difícil de expresar. Me quedé todo el tiempo que quise mucho mas del que se toma para fotografiar.

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Anónimo dice:

    Buena, me gusto.

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