Con la Fran.

– Bonita tu moto, me dijo.

– Se llama Francisca Daniela, le contesté bien choro y nos dio risa.

Me subí a la moto, me inyecté música de peluzón y me tiré un piquero en la calle. Estaba rica la noche, así que me fui por la ruta mas larga juguetón, respirando la onda que había. Bien atento a las señales, porque cualquier cosa es una llamada para avanzar o quedarse. Le dediqué tres segundos a la posibilidad de llamarla para proponerle lo que me había exigido, pero no encontré energía en ese camino y me dediqué al jugueteo con la vida.

La ciudad estaba bien, y yo paseando con buena música. Así se van encontrando ondas ricas en la caótica sucesión de eventos que crean momentos bonitos cuando se cumplen las condiciones para que ocurran. Así me puse a pololear con una chiquilla por 3 minutos y medio:

Era una chiquilla bien bonita que me miró y que yo miré, y nos miramos los dos, y nos avergonzamos los dos, y nos miramos de nuevo y nos sonreímos y dieron la luz verde. Pero ya estábamos pololeando. Mientras avanzábamos, me quedé un ratito en paralelo para disfrutar mi pololeo. Pero como esa clase de noviazgos no es compatible con la vida de un motociclista, llegado el momento había que despedirse. Era una ruptura amorosa, había que hacerla con amor ¿y po que no con clase? Le tiré un beso con los ojos y me desaparecí hacia adelante.

No se si lloró.

Cuando se acaba la carretera hay un punto que cada vez que lo cruzo, el mismo pensamiento llega en forma involuntaria a mi mente:

“Tengo la certeza que hoy no muero”.

 

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