La naturaleza al dar es cuando quita

Habían mil sardinas que los chicos recogieron de la playa. No las conté, pero yo exagero. Un mal líder las llevó a todas a un inevitable suicido colectivo entre las rocas de la marea que ya bajaba, y con baldes y bolsas las iban llevando para la casa. Un proceso industrial de preparación comienza rápidamente y aparecen los cuchillos y las fuentes que recibirán las escamas y todo el tripadero. Se veía una tarea cercana a lo titánica, así que di el paso adelante para voluntariar.

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Me tocó la parte de la cuchara con la que se le sacan las tripas a los cadáveres de pescado. Solo después de un rato de afanosa labor, descubrí que yo tenía serias aptitudes como destripador, porque la destreza que demostré con el uso de la cuchara fue sin parangón. Estuve cuchareando sardinas por horas, hasta que comprobé que tenía dos grupos claramente separados:

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En el primer grupo estaban los pescados, y en el segundo grupo todas sus tripas. Y no se mezclaban. Fue ahí cuando dimos la labor por terminada y decidimos continuar el día siguiente con el amarre. Le dije a Robert, el ingeniero de todo este cuento, que yo me consideraba a mi mismo como un gran amarrador, y poseedor incluso de cierta fama. Un poco sorprendido después de enseñarle mis credenciales me invitó a participar en el proceso del amarre.

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Para aquello, se preparó un festín de proporciones completamente alucinantes: Por lo visto el mar daba y daba, porque otras personas aparecieron con sacos llenos de moluscos bivalvos de estuario chileno. Alguien partió a la huerta y volvió con las manos llenas de tierra y repletas de papas. Otro trajo cilantro y perejil, zapallo italiano, lechuga y zanahorias. Los mas audaces, enterados que el supermercado estaba a diez minutos, partieron a comprar carne, y por supuesto…

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… el alcohhhhohohohohol.

Yo no se en que momento todo se convirtió en un desmadre, y con lo que digo hay que tener cuidado porque recuerda que yo exagero. A alguien se le ocurrió poner un disco sobre el fuego y otra persona se le ocurrió decorar toda la superficie con comida. Tanta comida, tanta, que costó cerrar la cubierta. Y en esto no exagero. Y ahí quedó horas, mientras nosotros en el afanoso amarre de sardinas nos íbamos emborrachando con latas de cerveza pasadas a pescado.

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Amarrar sardinas es un proceso bello e interesante. Requiere una mínima habilidad técnica para llevarlo a cabo, pero experiencias previas con amarras y nudos, suelen venir muy bien. Solo requiere motivación y una infinita paciencia a prueba de las mas repetitivas manualidades técnicas que me vienen tan bien cuando quiero meditar mientras hago algo. Por eso me ofrecí a amarrar sardinas para ahumarlas, además de poder retribuir con mi trabajo la infinita e inigualable generosidad con la que se nos había tratado.

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Después de no se que hora quedaron todas las sardinas amarradas por la cola, y alguien fue a retirar el disco del fuego para ponerlo en una mesa.

CINCO MINUTOS, CINCO. Eso duró el disco con comida. Las personas que dos minutos atrás eran seres humanos perfectamente normales, se transformaron en entes mutantes frenéticos y desquiciados. A pesar de que habían servicios de todo tipo para sacar la comida del disco, la gente empezó a usar los mismos platos como cucharas. Era la personificación misma de la abundancia y el placentero exceso de un placer gastronómico marino a toda prueba.

No quedó nada mas que el silencio. Solo el ruido de las chispas alrededor del fuego se atrevía a tocar la atmósfera en la que todos callaban. Algunos fuimos a dormir para recuperar el alma y aparecimos después para terminar de comer lo que todavía no nos habíamos comido.

Eran ya las cuatro de la mañana cuando quedábamos unos 2 o 3 tocando guitarra frente al fuego, mientras las sardinas se ahumaban. Alguien dijo “Ya es hora” y yo dije “me alegro”. Se fueron todos y me quedé yo sentado frente a las sardinas que se ahumaban al fuego en el infinito silencio que producen las brasas cuando se están comiendo un palo. Ahí me quedé preocupado solamente del palo, y me fui en el alma, mientras mi cuerpo seguía sentado ahí.

Percibí una forma que se acercaba por mi lado, pero yo no estaba realmente en mi cuerpo. Tuve que identificar mis manos para poder ordenarles moverlas y lo mismo con los pies que sin mover un pelo, puse en estado de alerta. Cuando recuperé el control de los ojos rápidamente los enfoqué hacia la oscuridad en la que percibía la forma a la que le dí el susto de su vida y en el mismo momento y uno al lado del otro, fuimos consientes de nuestra presencia.

Su sorpresa por lo visto fue mayor que la mía, porque desencadenó una reacción en cadena que inició una desenfrenada carrera hacia la puerta, pero estaba tan oscuro y fue tanta la sorpresa que no le dio en el ángulo y se estrelló con el marco en un golpe que consideré bastante doloroso antes de escucharlo perderse, muy humillado y muerto de miedo, entre la jungla que forman los arrayanes cuando crecen junto con las quilas.

Me fui a dormir con mi saco al aire libre viendo los espacios de cielo que ha dejado el bosque. Cuando vi la luz del sol tocando las primeras hojas de los árboles mas altos, me levanté y fui al fogón donde se preparaban las sardinas que se ahumaban. Lo que sea que se haya asustado mientras estaba ahí, volvió después con todos sus amigos y su familia, y sin importarles los dos días de trabajo invertidos en ellas, se mandaron las sardinas que colgaban del techo todas amarradas ahumándose sobre el fuego.

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La naturaleza al dar es cuando quita.

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