Javier

Cuando comencé a buscar lugares nuevos de escalada y encontré árboles la raja, empecé con Javier:

Un flaco alto, bien mañoso y desordenado. Descuidado pero elegante y bien parado. Un roble joven picao a viejo en una pradera de altura en uno de los cerros que rodean mi casa. Desde ahí se ve la carretera y las praderas de campos que le van peleando el espacio a las ciudades.

A Javier lo conocí hace caleta de tiempo, cuando andaba jugando a la escalada. Había empezado recién con esa motivación para encontrar lugares nuevos, y así conocí tremendos personajes como éste. El problema es que cuando lo conocí, estaba armado solo con la santita medicinal y supe muy claramente que para conocer a este wachito se necesitaban cuerdas:

Una separación demasiado alta entre rama y rama, no permitía agarrarse de ninguna parte por un par de metros, así que no había forma y era necesario ponerle nudos y cuerda. Tuve que comprar y aprender: ¿Que cuerda, que largo, que ancho, que tipo, que nudo, que técnica, que forma, que lado…?

Toda la wea.

Y cuando tenía “toda la wea” lista, partí con mi mochila llena de “weas” a hacer lo que me había prometido: Llegar a la copa de este wachito. Claro, hice mi ritual propio de pedirle permiso, conocerlo bien, respetarlo ante todo, considerarlo como un igual, como un ser vivo, entenderlo, justificarlo, comprender su suelo, sus proveedores, sus parásitos y sus amigos. Sacarle todo el rollo, ver si quería ser mi amigo.

Ese es mi ritual, mi forma de pedir permiso.

Así que en la confianza, le mandé. A ese loco llegar cuesta, muchos no podrían darle ni un metro: Inicialmente tiene poco agarre, pero el que ve donde, lo encuentra. Podís llegar a la primera base con cierta confianza, muy creído que supiste donde poner pies y manos, y luego pararte con orgullo así como si el árbol ya fuera tuyo.

Pero todavía no lo conoces, porque si te pasaste pal pico como yo, te vas a dar cuenta que no vas a poder seguir subiendo. Claro que como ya lo respetas de veras y cachaste que no hay que tomárselo a la ligera, esta vez traes cuerda y sabes como usarla. Haces la guía con un rodamiento muy conveniente que mi viejo me cedió de puro buena onda, y con eso pasas la cuerda a donde nadie puede alcanzar.

El resto es un trámite: Una secuencia de nudos te fija a la cuerda y llegas tan alto como quieras. Ya pasamos a segunda base y parados donde siempre soñamos, nos sentimos los reyes del mundo, obvio mira: Después de tanto tiempo, llegué. Soy el Rey del mundo.

Claro que como todavía no me había desamarrado de la cuerda con la que había subido, no había sido tan cara de raja para mirar la siguiente ruta. Y cuando lo hice, lo vi tan imposible, que mi primer pensamiento fue:

– Ya pico, eso pa después, primero mejor me aseguro acá arriba y luego pienso como chucha subir la siguiente sección de mierda.

Y como me hago caso cuando hay que hacerme caso, me aseguré bien donde estaba, recogí la cuerda, recogí la guía, ordené todos los cordines, preparé los auxiliares y no me quedó otra que mirar pa arriba.

Y te digo algo…

– Me cagué entero, no había por donde, salvo unos pequeñitos bordes.

Pero yo, El Rey de Babilonia, el que venía tan orgulloso pisando suelo ajeno, ya no me sentía tan choro. De hecho, solo un compromiso personal de saber que si la técnica estaba, el miedo era solo un pretexto, le mandé por primera vez asegurándome no a la rama sino al tronco. Eso puede ser un par de metros de caída libre, porque la fijación no tiene base, pero como no había riesgo ni de fracturas ni de muerte, me saqué el miedo, me llené de confianza y le mandé un par de metros de escalada en puros tumores de hualle viejo.

Asegurándome solo.

Pero seguro a cagarse al fin y al cabo. Por que los que somos arboristas, solo llegamos a un punto donde podemos pasar un cordín con un mosquetón a una fijación momentánea, que en roca tienes que confiar en el tipo que te da cuerda allá abajo.

Así después de sobarme mis gigantes cojones, llego a tercera base y después de volver a asegurarme le doy un beso al árbol. “Loco sacaste lo mejor de mi, me tragué todos los miedos gracias a ti”.

Asegurado en tercera, ya a unos 12 o 14 metros del suelo, tiro un cordín pa arriba para poder seguir subiendo hacia la copa. Encontré una rama gruesa, bien bonita, digna de colgarse. Así que me fui de pecho y la usé como un alivio para seguir a la cuarta. Cuando estuve ahí asegurado de nuevo y transpirado como un chancho, me di el tiempo para mirar la rama en la que me había encaramado.

La puta rama no tenía ninguna hoja. Estaba seca y muerta. Me había apoyado en una rama seca y me llené de vergonzosa rabia. Tuve que ponerle un pie en el lugar correcto para mandarla abajo entera y la había usado para encaramarme. Aprendí demasiado de mi exceso de confianza como para volver a confiar en una rama seca. Paf pa mi, y me dolió.

Pero como las copas ya son los lugares donde llega la luz y donde todo florece, una vez arriba, moverse es tan fácil, que te dan ganas de omitir lo peligroso que es porque no hay que olvidarse que son puras ramas flacas.

Se acabó el juego, llegamos arriba: No hay mas, ni por donde. A menos que saques alas, y es cuando uno dice ¿Y por que no?

Pero eso será, para otra historia.

En la copa ya, a unos 20 metros del suelo, engancho en un ocho la cuerda que traigo amarrada, y después de pasarla por su nudo con otro que he armado en mi mosquetón, me engancho y me dejo volar, apartando troncos y ramas a la velocidad que quiera, hacia abajo.

Cuando pisé el suelo, lo abracé, le pedí perdón por haberlo dañado, le agradecí todas sus enseñanzas, guardé mi equipo y caminando lleno de energía, bajé el cerro donde me subí a probarme lo que sabía que podía hacer, cuando decidí haberlo hecho.

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