De limón, de tacos y cuencos tibetanos.

Me dijo que no me pasara rollos, yo no era su tipo y lo nuestro iba por la amistad. Le contesté que no se adelantara con un veredicto antes de conocer al acusado, que sería muy vergonsozo tener que tragarse sus palabras.

Me contestó que yo parecía muy seguro de mi mismo, pero le respondí que la vida me había enseñado a que es mejor decir poco cuando es muy fácil hablar de mas.

Todavía no nos conocíamos, pero teníamos ya harto tiempo de tantear el momento previo a través de ese mágico invento llamado internet. Fue ella la que me propuso que nos conociéramos, justo antes de advertirme que no me hiciera ilusiones.

Volví a repetirle que la cortara con eso, que al final daba la impresión de que ella le daba una importancia inexistente a algo que no lo merecía. Me invitó a su casa y le propuse que hicieramos un pisco sour. Conocía la receta secreta de Don Claudio, que tuvo fama por años de preparar el mejor pisco sour de esta maravillosa ciudad de mierda, así que me decidí a prepararla.

Dejé la moto estacionada al cuidado del conserje del edificio y subí al último piso, donde no llegaba el ascensor así que me esperaba en la escalera. Nos dimos un abrazo largo y le dije que no se pasara rollos conmigo, que cuidado con el contacto, había que mantener las distancias. Nos matamos de la risa y me hizo pasar adentro.

Era un departamento la raja, muy amplio y bien decorado, con gusto y clase. Como una atalaya, en todas las direcciones tenía una vista completa de la ciudad. Dejé mis cosas tiradas y partimos al super a comprar lo necesario para nuestro pisco sour. Caminamos por las calles siguiendo a las sombras que ya se alargaban, mientras me hablaba de sus situaciones pasadas que me daban el aire de la persona con la que me estaba comunicando.

Compramos pisco, limon, azucar, albahaca y quesos y nos devolvimos riendo a su edificio a prepararlo todo. Puse todos los ingredientes en la juguera en las proporciones que consideré correctas, mientras ella se dedicaba a cortar los quesos y a preparar la escena. Serví los primeros vasos y con un salud nos dimos el primer abrazo.

Estaba rico pero no tanto.

Nos quedamos conversando mucho rato acerca de la vida y del amor, del camino y del error, de la filosofía del crecimiento y los proyectos cumplidos o en proceso para cumplirse. Nos sumergimos en nuestra propia realidad y nos mostramos tal cual éramos sin pretender ni esconder nada.

Partimos al living, pusimos música y nos entretuvimos en la conversa ininterrumpida mientras el sol se iba alejando, alargando las sombras de los edificios que arañaban el cielo a nuestro lado. Comenzaban a encederse las luces de la ciudad, cuando nos acostamos en su alfombra muy capurra para verla en mis cartas.

Volvió a decirme que no me pasara rollos con ella, que lo nuestro era solo amistad, y me sentí con la autoridad para enojarme. Le paré los carros, una sola vez ya era suficiente que el resto ya se convierte en ofensa.

Me puse de pie porque no estaba dispuesto a humillarme, y le dejé bien claro que su decisión por si sola no bastaba, que yo tenía tanto derecho a elegir como ella, y sería bueno que entendiera que para que algo ocurriera, a mi también ella tendría que gustarme.

Eso pareció enfriarla o calentarle, no lo sabría hasta mas tarde.

Fuimos adentro a buscar su cuenco tibetano y aprovechó de mostrarme sus cosas. Me senté en su cama y agarré un gran cristal de quarzo que tenía en su velador. Cuando lo tenía en la mano, me dijo con cara de asustada que se supone que no tenía que tocarlo.

  • Lo acabo de cargar con una energía super rica, le dije – Y me sonrió.

Estás sentado en mi cama, me dijo. Y le agradecí la revelación. Me contó que era raro que alguien llegara hasta tan lejos, y le señalé su quarzo. Ahora te toca a ti, le dije y nos dimos un abrazo.

Era raro estar con alguien tanto rato y en una forma tan íntima, contándonos tantas cosas y separados por una barrera mental impuesta y super weona. Se había roto el jarrón de las reservas y a nadie parecía haberle importado.

Con ese argumento tan relevante y de tan poco peso, nos pasamos a los besos. Recorrimos la casa entera abrazados, desparramándonos en todas las superficies, probando las distintas ubicaciones, como poniéndole nota a cada lugar en la medida que se iban creando.

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En un momento, se incorporó para decirme muerta de la risa que estábamos acostados sobre mis cartas. Me reí yo también, todo comienza sobre las cartas.

El sol amenazaba con traer consigo a la mañana y dejé de considerar quedarme para partir antes de que me alcanzara. Cuando me fue a dejar a la puerta, antes de partir, me agarró bien de la ropa y en la forma de un beso me dijo:

  • Puede que te vayas, pero nunca te fuiste ni te irás.

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