China Muerta: Fotoreportaje de un Incendio

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Desapareció China Muerta – decían los titulares y para mi, China Muerta había desaparecido. Un solo incendio durante un mes de duración, había consumido 6 mil hectáreas de bosques milenarios.

“Seis mil hectáreas quemadas”

Una sola hectárea de bosque de montaña, tiene un valor incalculable de preservación natural y todo eso se había perdido. Quise ver por mis propios ojos las dimensiones del daño, y manifesté mi intención de hacer un reportaje fotográfico de la zona. No pensé que fuera a rendir frutos tan rápido, pero un grupo de amigos de Melipeuco, coordinó todo para mi, y el viernes pasado, una camioneta del grupo de voluntarios de SOS Salvemos Conguillío, me estaba esperando para llevarme a la zona cero.

En el camino Cristhian, el Coordinador General del movimiento, y experto en el manejo del fuego, me fue contando los pormenores de como se fue gestando esta iniciativa de respuesta ciudadana ante el incendio y como un grupo de voluntarios renunció a toda responsabilidad para venir a la montaña asumir otra y a combatir el fuego.

– Se está quemando un Parque Nacional, había que hacer algo – me dijo.

Cuando llegamos a Melipeuco fui presentado al grupo de voluntarios que todavía permanece activo en todas las labores que se consideren necesarias. En la casa que usan como Centro de Comando, la vibración en el aire bullía en frenética actividad: todos se movían aceleradamente rodeados de computadores, equipos de radio, cascos de seguridad, como instrucciones e información en pizarras en las paredes.

Aparentemente nos esperaban solo a nosotros para comenzar las actividades, porque los recursos que manejan son tan escasos, que no cuentan con movilización ni financiamiento de ningún tipo. La camioneta en la que veníamos había sido cedida por un anónimo, además del “Picoyo”, un 4×4 multipropósito prestado a la organización por otra persona del pueblo.

Una de las actividades del día era ir con un grupo de voluntarios a recolectar semillas de árboles nativos a la zona afectada para comenzar la reforestación, y me invitaron a acompañarlos para que yo pudiera hacer mi reportaje. Subimos todos al Picoyo y Ricardo un amigo que conocí hace muchos años, se sentó tras el volante para llevarnos a la alta montaña.

En la parte de atrás viajaba conmigo Carlos, Medico Veterinario que también había dejado todo para venir en ayuda de los bosques y las personas que viven de el. Mientras íbamos en ascenso por la montaña, brevemente me resumía su experiencia como voluntario y como inexperto combatiente del fuego. Mirando por la ventana observando lo verde de las montañas, entre el violento bamboleo que generaba la imperfección del camino, me señalaba con un dedo los lugares por los que comenzaríamos a ver los primeros efectos del fuego.

El día aunque helado, estaba muy claro y sobre los verdes bosques, podían observarse las gigantescas rocas de montaña en la que se veían ciertas manchas de bosque ennegrecidas. A medida que avanzábamos cuesta arriba, un fuerte olor a chimenea comenzó a predominar sobre todos los aromas conocidos de bosque, y junto con su llegada, el característico verde dio lugar a un café opaco de follaje quemado.

Fue muy abrupto el cambio para el que no estaba preparado. El Picoyo se movía con dificultad pero con gracia, en los caminos de montaña donde los árboles ya completamente quemados, se erguían aún como si ignorasen haber perdido la vida que el fuego les había quitado. Los troncos de grandes árboles caídos, que estaban en el suelo como cuerpos de soldados olvidados después del sacrificio, todavía humeaban mucho después de que se hubieran retirado las llamas.

Del verde, todavía quedaban algunos manchones, que permanecían como sobrevivientes casuales, fruto del impedimento del fuego para avanzar en contra del viento. Dura tarea tienen aquellos valientes: de ellos depende llenar el suelo de fértiles semillas para recuperar en 1500 años, lo que al fuego le costó dos días.

El Picoyo siguió avanzando hacia lo mas alto cuando nos detuvimos en el lugar donde el fuego había causado mas daño, junto a un bosque verde al que las llamas solo habían asustado.

– Es aquí el mejor lugar para encontrar semillas – Me dijo Ricardo – frente al fuego, el árbol siente la urgencia de aumentar la probabilidad de generar descendencia.

Nos dedicamos con el equipo a recoger semillas de Lenga, mientras con los dedos, levantábamos las húmedas hojas caídas en el suelo. El equipo siguió en su tarea cuando partí a caminar en lo profundo del bosque que se había convertido en un desolado cementerio viviente. Pude ahí comprobar por mi mismo, la envergadura real de aquel infierno. Caminaba por su suelo suave, blanquecino, y negro, cuando me sorprendió la facilidad de mi avance.

“Solo ahí recordé que ya no quedaba ningún arbusto ni planta que impidiera mi camino”.

Solo los gigantes consiguen mantenerse erguidos aunque todavía se les veía agonizantes, si ya no muertos. Colosales araucarias de mil años, habían resistido el poder del fuego ofreciéndole a llamas quemar sus gruesas corazas de tanque. En todos lados podías ver sus manchas y heridas de sangre.

Dura había sido la batalla por salvarse, y solo un par de años nos dirá si lo consiguieron realmente. El silencio en el aire hablaba golpeado y cargado de muerte. Todavía se respiraba la ceniza que transportaba el viento, mezclado con los aromas que emite el bosque nativo una vez que las brasas lo han alcanzado. Ya nada se escucha entre las cruces vivas que luchan por no quebrarse: las aves que consiguieron alejarse, todavía no encuentran motivos que justifiquen volver a quedarse. Solo un Traro, gallarda águila chilena, pasó sobre nosotros sin emitir ni sonido ni canción, quizá enmudecida al evaluar lo inerte del paisaje.

Curiosas son las formas que tiene la naturaleza para expresar la belleza, que los colores de los cerros le dieron a la escena un toque apasionante: Mezclados con la ceniza y vacuidad del negro, pasaba la vista por todos los tonos de grises hasta llegar al dorado del follaje que por su altura no consiguió quemarse, y terminaba en el verde como indicador de vida, que consiguieron mantener solo los mas grandes y fuertes.

En hermoso y tétrico se convirtió el paisaje, exasperante belleza que consiguen solo las cosas naturales. Porque antes de la llegada del hombre, este mismo suelo se había quemado ya cientos de veces y ninguno de nosotros lo habría notado. Es nuestra presencia el problema presente, puesto que nuestra especie enlentece el poder recuperarse.

China Muerta todavía arde: aún se observan entre los cadáveres negros el humo que emiten las brasas que tienen por dentro. Gracias a las lluvias de otoño que por fin están llegando, se van agregando lineas en la cancha del fuego, que por esta vez ya ha tomado bastante. Aunque todavía arde bajo tierra, sin hacer honor a su nombre, sigue en pie de guerra en la lucha por la sobrevivencia: Nuevos brotes siguen a la llegada del agua, que después de que un elemento ha amenazado la sobrevivencia, no queda lugar para el tiempo de espera.

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En China Muerta se hace claro que es necesario hacer conciencia de la importancia de nuestros bosques como elementos colectivos que permiten la ocurrencia de la vida, la fertilidad de los suelos, la eficiencia en el transporte del agua y algo no tan importante:

– El aporte del oxígeno que respiramos.

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