Un martes nueve de un junio como todos

El día es completamente bueno si despiertas con una buena noticia…

Me llamó a las nueve de la mañana para preguntarme si me había despertado, y con el puro tono de voz entendí que había aprobado el examen. La felicité, cortamos y feliz, me di vuelta para el otro lado. Desperté después a preparar todo el equipo de foto para la sesión fotográfica de la tarde y tuve que cruzar toda la ciudad para conseguir el resto del equipo. No me importó, porque estaba en un lugar de altura, donde se podía ver toda la ciudad envuelta en la nubosidad de la intermitente tormenta, y para llegar ahí, elegí el camino del bosque.

Llegué con 15 minutos de anticipación y me alegré de ser el profesional que digo que vendo. Fue Daichi quien llegó atrasado, lo que me impresionó porque un japonés se clavaría una espada en la guata si llegara después de la hora, pero lo atribuí a la modelo que traía consigo: Una flaca bonita de corta estatura y ojos árabes maravillosos. Seteamos el salón entero, y nos matamos de la risa mientras documentaba el auténtico masaje tailandés de un japonés: Un privilegio que está a al alcance de cualquiera que aprecie su bienestar mental, y del que además tuve la oportunidad de recibir después. La flaca también agradecida, nos invitó a un café, pero preferí decantarme por ir a la unidad de cuidados intensivos en la clínica de los teléfonos caros, a visitar el teléfono que me habían prestado y conocer su estado.

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Noté el pesar del técnico cuando me dijo que el teléfono había pasado a mejor vida, y con sinceridad trató de hacerme sentir mejor cuando me hizo ver todavía lo podría vender por partes. Miré con desprecio la absurda manzana que tenía dibujada con aparente calidad, y lo puse en el fondo de mi mochila. La sentí mucho mas pesada que la cantidad de gramos descrita por el fabricante..

La visita a una amiga duró  los 10 minutos que me tomó descubrir que había perdido la batería de mi cámara. La que después de una hora y media en intentar recuperarla, descubrí que estaba dentro de mi mochila en una caja que me daba un poco de vergüenza mostrar. Innecesaria vergüenza considerando toda la gente que tuve que molestar. Menos vergüenza me hubiera dado al caminar con un pico dibujado en la frente, que interrumpir la clase de yoga de la Mila.

Perdí mi asistencia a mi instrucción de Tao y con el tiempo libre, decidí ir a darme una vuelta al Carmela. Siempre es rico ir a trabajar al lugar donde orgulloso puedo decir que me como mis modelos, cuando hablo de fotografiar comida, claro.

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Todavía estaba en el restaurant cuando me llamó el Piporeto. Está pasando por otra etapa de mierda, por lo que me ha tocado también ser fuerte después de entender que lo que es importante para un amigo, es importante para uno mismo también. Fui a verlo a su casa donde aprendimos a cebar mate con miel, solo por el gusto de inaugurar el matero que se compró. Me propuso ver una serie y le dije que si de una, porque entiendo la pena que le da cuando empieza a quedarse dormido solo. Le pregunté si tenía un pirorere por ahí perdido y se le iluminó la cara cuando lo encontró por ahí guardado. Me lo pasó y nos cagamos de la risa cuando nos dimos cuenta que todavía estaba cargado. Antes de terminar el capitulo le apagué la luz después de que se durmió, agarré mis cosas y antes de partir me hice un regalito de los que no me hacía hace rato.

Estaba demasiado helado afuera como para que estuviera lloviendo casi sin detenerse y se demoró un montón en calentarse el auto. Encerrado en esa caja de aluminios y fierros, me puse un poco nervioso por lo poco que veía. Le perdí costumbre al auto… es que es tan poco lo que se puede hacer ahí cuando es necesario hacer algo. Las ganas de no chocar y la poca necesidad de andar apurado, me pusieron en un estado superconsciente en el que hacía todo muy meditado, y me preocupé de poner atención a todos los elementos sin estresarme.

Escuchando la sección tranquila de los temas que he elegido para escuchar con los amigos, me observé a mi mismo en tercera persona manejando esa moderna nave humana, atravesando la oscuridad de una incipiente niebla que opacaba así, el húmedo brillo de la carretera.

Disfruté de todos los detalles.

Después de haber llegado al campo y ya en la oscuridad del límite urbano me encontré con una liebre que paveaba bien bruta en la mitad del camino. La imaginé muerta del terror mientras me iba encima con toda la masa luminosa del auto, así que no quise irme encima de ella con tanta violencia, y bajé la velocidad del auto hasta detenerme.

Pero ella no se movió. Apagué entonces las luces y luego de un rato, también el motor.

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Pero ella no se movió.

Y ahí nos quedamos… En el silencio que rompen solo las aves nocturnas al cantar sobre las ramas de los árboles que bajo la lluvia y el viento, nos protegían a los dos. “Tengo todo el tiempo del mundo”, me dije. Y no tengo apuro de llegar a ninguna parte. ¿Por que ser tan prepotente sin una razón que valga la pena?

Después de un rato que al final me pareció excesivamente largo, sentía que aquella roedora se aprovechaba de mi así que pensé decirle con mucho respeto: “Permiso que voy a seguir” pero otro auto pasando rajado a un lado de mi, casi la mata.

2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Cabo Leeuwin dice:

    Me he acordado de una novela que me gustó mucho y trata sobre una liebre.

    Te recomiendo la novela:
    El año de la liebre

    Del escritor finlandés Arto Paasinlina.

    1. Diño dice:

      Siempre leo lo que alguien recomienda. Te contaré que tal, un abrazo.

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