Duerme el bohemio que despierta.

Acabo de descubrir que me estoy muriendo de a poco. Muriendo de falta de vida, de poca vida, de pocas ganas, de poca poca. El momento me encontró después de un silencio en el que me sacudía los estertores de muerte vieja y añeja, y me encontré frente al que había dejado por mesura y por prudencia. Un blues de los que traen recuerdos sonaba de fondo, y recordé que a un lado de la ventana me esperaba media botella que encorchada de nuevo, había quedado pendiente semanas atrás, en otro momento igual a este. Descorché la botella y con la mano liberé a aquel genio encarcelado que deseoso de cumplir mis deseos al liberarse me liberaba, mientras ese blues cadente acompañaba los espacios que la respiración suave de la Javi sobre la cama llenando el vacío que yo debajaba. El vino picantito todavía no era vinagre y por poco exigente no me molestó, sabiendo además que todo vino se defiende los primeros tres tragos, y los primeros tres me tomé para saber que pasaba después. Aquí me quedé el cuarto, el quinto, el sexto, y todos los siguientes que faltaban para que se acabase, mientras conversaba con el genio liberado al que me había prohibido seguir. Es cosa de vida y muerte vivir y morir, o agotar la eternidad en un suspiro y perderla sin haberla tenido, sin morir, por no vivir.

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