Mi Niño está preso.

Ni me acuerdo lo que estaba haciendo cuando me llamó un tipo al que le dije muchas veces que si, y al que solo le presté verdadera atención cuando antes de despedirse, me dijo algo que sonó como “Entonces registro oficialmente que usted ha sido notificado por el juez para presentarse en tribunales junto con el acusado”. Y ahí fue donde pregunté:

¿ah?

Aparentemente iba a conocer al que agarraron con mi moto. De hecho el mismo día llegó una patrulla a la casa a buscarme para que fuera a tribunales. Yo los recibí con chalas y una tasa de leche y eso parece que los preocupó un poco, porque me rogaron que fuera inmediatamente, parece que habían agarrado a unos patos malos y si no voy, los sueltan.

¿Como?

No, nunca tanto. Pero me asustó un poco la intervención policial. Me hicieron firmar un papel para confirmar que estaba avisado. Lo encontré algo demasiado detectivesco y un poco espeluznante.

Al cabo que igual iba a ir.

Leí el “documento oficial” de varias páginas que me dejaron, donde se correspondían el juez y el director del “centro penitenciario” acerca de la salida de uno de sus niños que iría de paseo a los tribunales, operativo por lo visto, altamente complejo.

Me subí a la misma moto colocolina por la que se armó todo este barullo, y partí a los famosos tribunales. Eran dos edificios del estilo ruso perestroico neoestepárico suboriental, pero made in Chile. Uno era la corte de apelaciones, así que partí al otro. Habían guardias armados y detectores de metales, igual que en una escuelita gringa.

Este edificio era el mismo puño de la Ley. Todo made in Chile, por supuesto.

Me pidieron mi carnet para cersiorarse que mi nombre estaba en la lista, y me dijeron después que suba al tercer piso a esperar la audiencia. En la sala de espera había un grupo de gente que en otras circunstancias podría no preocuparme, pero que caminaban de un lado al otro con cara grave y sin hablarse, y por alguna misteriosa razón, comenzaba a preocuparme. Entendí que la sala de espera era demasiado chica cuando una mujer con una guagua en brazos se me acercó para preguntarme si yo era “El Chico de la Moto”. Luego me dijo con una sonrisa: Yo soy la mamá del “Niño”. Quería preguntarme mi opinión del asunto. Moví el casco para que se sentara conmigo.

 – A mi todavía no me han contado absolutamente nada.

 – Mire, me dijo. Yo le voy a informar. Es que…

“Mi niño”, me contó que se había comprado una moto de oportunidad, que el siempre había querido tener una moto y esta vez no había podido decir que no, porque era un buen negocio, que estaba todo claro y que confiaba en la palabra del vendedor. Pero luego me llaman para avisarme que “Mi Miño” está preso, porque un carabinero lo detuvo cuando paseaba en su moto, perdón SU moto. Yo pero inmediatamente quise ponerme al día con usted por la compensación económica que propone el juez ¿Usted sabe de eso? ¿No? Mire, le explico. Es un monto, que “no se como se llama”, que cubre las molestias que “Mi Niño”le causó y que yo ya hice dos pagos y tengo toda la intención para cubrir todo el monto, que creo que son como 200 mil, para que lo considere, que lo considere.

El gendarme vestido de héroe me rescató cuando nos hizo pasar a la sala, que resultó ser igual a las Salas de Corte que se ven en la tele, pero sin gente. La Mamá “del Niño”, su guagua dormida, niños chicos que jugaban, y un par de adultos que no decían nada, se apretujaron todos en una banca de la izquierda, así que me imaginé que tendría que sentarme solo, a la derecha.

Pasaban distintos casos de distintas situaciones mientras yo ponía atención para entender este juego: Arriba y al centro estaba el juez. Una señora de voz amable pero aguda que imponía instintivo respeto. Delante de ella a la izquierda el abogado defensor, y a la derecha Morpheus, el fiscal: Un moreno grande con pinta de duro y capaz de aporrearse a un agente. Se daban entre los dos algunos coscachos como jugadas de ajedrez, pero de muchos juegos distintos, que por lo visto venían jugando hace meses. La jueza después de cada coscacho terminaba el asunto con un “Se cierra la sesión”.

Después del juego del estafador, llegó el mío.

El gendarme armado que estaba en la entrada, pasó por el lado de la jueza y abrió una puerta que estaba en el rincón. Era una sala de concreto al natural pulido, tipo bunquer. Con autoridad militar dijó el nombre “Del Niño” y esperó. Yo esperé también. Y esperé harto porque no salía nunca. Cuando por fín apareció, venía vestido completo con un overall (-Overol-) verde o”paco” cubierto con un chaleco reflectante amarillo que lo cubría completo hasta la cintura. Las muñecas esposadas, estaban amarradas al cuerpo con algún cinturón escondido debajo del chaleco, lo que lo hacía andar encorvado. Caminaba con pasitos de china porque también tenía esposas en los pies. Yo pensé altiro en Hanibbal Lecter.

Pero no.

Tampoco vi a “Su Niño”. Vi a un cabro ya grande, con la mirada dura del que ya aprendió a usar los dientes. Me recordó a Robert Carlyle.

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Cuando Robert se sentó al lado de la defensa, la jueza dijo mi nombre y yo levanté mi mano. Me pide tomar asiento al lado de Morpheus. La jueza empezó a hablar de la detención y los hechos, con todos los timbres oficiales en su tono de voz. Morpheus, con la actitud del que sabe que no hay tiempo que perder, me dispara con rapidez.

 – Mira, la cosa es así. A este tipo lo agarraron con tu moto, eso es receptación. Lo que pase con el ahora, depende de ti. El ofrece un acuerdo donde se compromete a pagar 200 lucas, de las que ya hay un cheque creo que de 50 lucas. Si tu aceptas, el sale libre ahora. Se va para su casa. Si no aceptas, se va a la carcer y es probable que cumpla 3 años y un día. Lo que tu digas está bien, pero tienes que saber que este acuerdo es de palabra, se paga en cuotas y es probable que nunca te pague. Mira tengo su historial… aquí. – Robo con violencia, – robo con intimidación, – allanamiento a la propiedad privada, etc. Nunca cumplió condena porque era menor de edad. Si paga su acuerdo, es posible que robe para poder hacerlo, como también puede que no pague nunca. Mi trabajo es evitar que estas cosas sigan pasando. Ahora la jueza te va a preguntar si tu aceptas o no su acuerdo, cualquier opción que quieras tomar está bien, tu eliges.

Todos los ojos estaban en mi. Morpheus ahí al lado mío, ofreciéndome la pastilla roja o azul. Yo no quiero que este gallo pase tres años en la carcel, pero tampoco quiero que otras personas sufran porque este tipo sigue suelto.

No acepto.

La defensa, en su dramático papel me pidió repetición. Ya estaba todo dicho. “Su Niño” se levantó como pudo y con su ruido de cadenas negreras, desapareció por el rincón. Yo me quedé conversando con Morpheus un rato y cuando salí de la sala, la “Madre del Niño” me estaba esperando con lágrimas en los ojos. Me pedía misericordia mientras me hablaba.

Me sentí mal, no me gustó. Me tocó enfrentarla. Le dije que no me había dicho todo, que no era un inocente. Su hijo iba a dañar a mucha gente, que ahora le toca aprender de otra forma, que con ella ya no aprendió.

Ahí se quedó lagrimeando mientras yo apurado bajé las escaleras como si me estuvieran siguiendo. Cuando llegué afuera, de veras me estaban siguiendo. Los tipos que la acompañaban, me siguieron de lejos hasta la esquina donde tenía mi moto amarrada con un candado a un poste. Solté todo y me fui por la calle mirando hacia atrás por los espejos.

El único con el que me entenderé quizá tenga que esperarme unos tres años.

Que espere.

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