Crónica de una tormenta solar.

Entonces la tormenta solar dejó la cagá con los satelites. Los dejó fritos como un microondas ochentero apilado en una bodega con otras basuras. La primera reacción de la humanidad fue un ataque de risa porque por primera vez en la historia del 75% de la población, las personas no tenían como comunicar que no podían comunicarse. Intentaban desenchufar sus modems y volverlos a conectar para poder contarle al mundo que no podían contar nada, a pesar de la absurda irrelevancia que esto representa.

La risa y la sorpresa dio paso a la incertidumbre y quizá un poquito de rabia, porque es de una evidencia de lo más clara, que como clientes que pagan por un servicio es de lo menos respetuoso que el servicio esté interrumpido. El celular no funciona, no hay servicio y lo más lógico es que se cayó la antena. Piensas que es una conspiración del mundo contra ti, porque justamente eres TÚ quien no puede hacer la llamada, publicar el estado, y sobretodo y lo mas importante…

Quejarte.

Por supuesto que no hay ninguna manera en la que puedas enterarte que todo ser viviente en el mundo civilizado se encuentra viviendo dicha angustiosa congoja.  Crece una desesperación paulatina, cuya fundamental porción de latencia aún se encuentra bordeando una situación de divertida emergencia.

Por otro lado y en una drámatica situación de subsistencia, los bosquimanos del Kalahari continúan buscando raices en el desierto.

Las masas ya individualmente reconstituidas, y después de seguir aquel enigmático cable cuadrado que estaba empotrado (y prácticamente oculto) en algún lugar de la pared y que debía terminar en un anticuado aparato cuyo uso dejó de ser relevante mucho tiempo atrás, descubren que no tiene ni tono, ni marcado, ni vida aparente,  resignándose finalmente al hecho de que no hay manera de comunicarse.

Es ahí, justamente en ese preciso momento en el que la humanidad constituida en un glorioso, pero silencioso grito de guerra, recuerda la existencia de lo que alguna vez fue conocido como Vecino.

El individuo, al notar que comparte una causa común, vuelve a colectivizarse. Inicialmente se dirá que será en beneficio del apoyo mutuo de la causa común, pero la principal motivación que generará la secuencia de sucesos que desencadenarán en tocar el timbre del vecino, será la imperiosa necesidad de poder quejarse.

La búsqueda de soluciones solo llegará cuando la necesidad de quejarse haya sido satisfactoriamente cumplida.

Mientras los operadores comunicacionales del mundo entero intentan -desesperadamente- establecer conexión satelital, en distintos lugares de planeta una idea maravillosa y genial surge a partir de las mentes mas encanecidas del personal de dichos centros: En algún lugar debe haber un equipo de radio!

Con ávida impetuosidad, se procede a rescatar de la obsolecencia y luego desempolvar aquel grotesco e incomprensible aparato, solo para confirmar una noticia fatal:

La tierra está siendo orbitada por seis toneladas de microondas ochenteros inertes.

Mientras los bosquimanos del Kalahari continúan buscando raices en el desierto, un creciente colapso de todos los sistemas comienza a invadir el mundo entero. Al principio las transacciones en efectivo comenzaron a desarrollarse normalmente, pero con inmensa rapidez, la ausencia de efectivo comenzó a generar el caos y el desabastecimiento.

La anarquía se hizo cargo.

En dos días comenzaron los incendios a gran escala y la ley marcial no fue capaz de contener el desorden. Lo primero en perder validez y vigencia fue la propiedad privada. Durante esta crisis de desesperación, las personas completamente individualizadas dejaron a un lado el pensamiento racional y comenzaron a actuar por instinto.

La aparición de los primeros bloques organizados se originó como respuesta ante el riesgo inminente del canibalismo.

En montañas y granjas aisladas la situación era apremiante: Había que cosechar las manzanas antes de que las picaran las aves, y preparar la tierra para la siembra de la temporada. Además, entre tanto trabajo era necesario ocuparse del enfardado para el invierno y moler el trigo para la fabricación del pan.

El Planeta Tierra había vuelto a la Edad Oscura, y no estaba preparado para ello. La autoridad comenzó con la violencia, y los débiles fueron la materia prima para el desarrollo de las nuevas clases sociales. La primera regla de subsistencia se escribió como un “No hay reglas de subsistencia”.

La población organizada comenzó a abandonar las ciudades y estas se convirtieron en tierra de nadie, lugares sin ley. Los militares y policias fueron absorbidos aisladamente por el poder de turno reinante y se convirtieron en mercenarios temporales en el servicio de la fuerza. Las fronteras perdieron su vigencia.

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Los bosquimanos del Kalahari continuaron buscando raices en el desierto.

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