Un Mimo en el Allure of the Seas

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Mi traje está planchado y listo en su colgador. El corbatín colgando del botón de la camisa, los zapatos brillantes. Todas las baterías con luz verde, las tarjetas de memoria listas y formateadas. Llega la hora.

Con un pequeño ejército de hombres de traje negro nos movemos con agilidad por los recovecos de un pasillo sumergido 20 metros debajo de la superficie del mar. El barco, un gigante de acero de 225 mil toneladas, curiosamente se desplaza con gracia en la tranquilidad del atardecer del mar Caribe.

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Sus 7500 pasajeros, provenientes de lugares de todo el mundo, se preparan también. Sus trajes listos también, de colores, con glamour y elegancia salieron de maletas y protectores: Hoy es noche de gala. Es momento de brillar.

Los hombres de negro, cada uno con su pesado maletín de trabajo, convergen simultáneamente en un pequeño cuarto, en algún rincón anónimo del barco. El lider del equipo nos explica la importancia de la noche, una vez mas establece los protocolos de trabajo y luego de una pequeña arenga motivacional, con calculado frenesí nos lanzamos afuera como un enjambre durante la mañana a cubrir todos los ángulos de la colmena.

En minutos y esparcidos en los lugares mas hermosos del barco, los 18 estudios fotográficos están listos, las luces encendidas, el telón dispuesto, y cada fotógrafo en su estación de combate, esperando el inicio de la función.

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Mi estudio es una escalera de caracol medieval con ventanas, luces y enredaderas. Colinda con una banda de músicos de Jazz. Los pasillos comienzan a llenarse de estrellas, y comenzamos a retratarlos con metódica gracia. La banda comienza a tocar.

El salón es ya un desfile de gente bonita, una manada de vestidos de colores y peinados sofisticados. Una muchedumbre multilingüe de gente contenta. Los músicos suben la intensidad de sus temas.

Hay una fila ante mi estudio, hago tres fotos por pareja. El tiempo apremia. Espero no demorarme mas de 2 minutos por sesión, pero es dificil, mi voz no supera la de la banda, y pasajeros que no hablan ingles, deben escuchar mis indicaciones para cada foto. La fila crece, el trabajo debe ser excelente. Primeros atisbos de frustración.

Ya está. Hay un lenguaje que no requiere palabras y es entendido por toda la gente, independiente del país que vengan. Siguiendo a la clara imposibilidad de comunicarme, hago un exagerado ALTO parando todo con las manos, y haciendo el signo del silencio con un dedo, me presento haciendo una reverencia.

Y me convertí en mi propio show.

Como un fotógrafo mimo, que además de corregir las posturas usando señas, entretiene sus sesiones sin necesidad de decir nada, y aliviando a aquellos imposibilitados de entenderme.

Fue un maravilloso éxito comunicacional, puesto a prueba con lenguas del mundo entero. El lider del equipo, que vio mi trabajo, me llamó después para advertirme de no volverlo a hacer: el protocolo de sesión que impuso, requería del uso de palabras.

Yo no escuché ninguna queja.

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