No hay plazo que no se cumpla…

Hace un poco menos de dos años mi amigo me propuso un viaje a Europa. Le dije que no podría pagarlo y el me contestó que no había problema. ¿Como podría ser un problema algo para quien el dinero no era ningún problema? Aterrizamos en París. Nos comimos un crepé, y lo escribo así porque nunca vi la carta. Ebrios de cerveza cantamos Gipsy Kings con un pintor francés en La Consiergerie donde Sartre tomaba su café. Marchamos cantando por los adoquines del Montmartre, donde fumamos hachís con unos nigerianos y bailamos como locos un folk irlandés, con una banda de músicos gitanos en las escaleras del Sacre Cour. Todo eso en el primer día. Subimos a la famosa torre, y bajamos mas pequeños y mas grandes que nunca. Arrendamos el Napoleón, un monono Peugeot pequeño, que aguantó muy estoico los 180 kms/h que pudo darnos en la Autobahn mientras mi amigo dormía sin saber que yo pisé el acelerador lo mas lejos que pude en el único lugar del mundo en el que puedes acelerar lo que mas se puede, sin preocuparte de la velocidad ni sus consecuencias. Atravesamos todo el sur de Francia y su encantadora Marsella, con sus callejones de puerto medieval. Nos zambullimos en Les Calanques del Mediterraneo, el único desierto europeo que va quedando, antes de enamorarnos de Cassis y sus enigmas públicos y a la mano.  Les Corniches, Mónaco, Genova, Milán, Florencia y Roma. Nos enamoramos de nuestras sombras mientras avanzábamos por el mundo viejo encontrándolo todo nuevo. Si, el Coliseo, si el Foro, si, la Basílica y su gloriosa Sixtina. Si. Si, San Marino, Venecia y Praga. Si, Berlín, Amsterdam, Rotterdam y Gante. Si, a todo si.

No se puede decir mas sin decir menos.

En Gante me quedé. Mi amigo se aburrió de mi cuando me aburrí de el, y partió por su cuenta a Londres. Yo me quedé sin ninguno en el bolsillo, tocando para comer debajo de un puente belga, la harmónica que compré en Génova. La Javi me salvó del hoyo. Me rescató cuando estaba todo perdido, y desde Chile me compró un pasaje en el TGV, con el que soñé cuando era niño.

A 300 kms por hora llegué al Charles de Gaulle, donde estuve tres días esperando la hora del vuelo que ya estaba comprado. Mi amigo apareció sonriendo como si no hubiera pasado nada, intentando contarme las maravillas del Reino Unido. Ya en la aduana de Chile lo volví a ver, para despedirme con un hasta nunca y para siempre, pero como la vida es caprichosa y somos esclavos de nuestras pasiones, le quité la plata que me prestó y me la gasté como quise en un viaje que soñé. Por supuesto que me la cobró, pero yo ya no la tenía.

Dos años después, y transpirando sangre, junté cada peso en un cofre de madera que le compré y hoy lo cité a que nos juntáramos a tomarnos un café. Apareció radiante y sin ninguna seña de que algo en su vida hubiese cambiado. Se veía tan joven como siempre, mas joven incluso que como lo recordé. Me dio gusto verlo tan bien.

No hubieron prejuicios ni condenas en la reunión. Nervios, por supuesto todos. Lo conozco bien, me conoce también. Como en las otras veces, la conversación giró completamente en torno a el, no lo culpo… Su vida lejos de tranquila, era un monzón de situaciones complejas y todavía no definidas. No se tocó el tema de Europa, como si jamás hubiésemos bailado a un lado y otro de lo que quedaba del Muro de Berlín.

Yo había ido a otra cosa, mi cofrecito estaba todavía guardado por ahí. Cuando llegó la cuenta, saqué la cajita con el tesoro que junté y lo puse en la mesa donde lo cargué con las emociones mas bonitas que encontré. No dijo nada y no tenía por qué decir, habló de cualquier otra cosa de irrelevante relevancia y nos levantamos para salir. Una vez afuera y bajo la lluvia lo abracé para pedirle perdón por lo que le hice y para perdonarlo por lo que el me hizo a mi.

Gran premio obtuvo sólo por participar, sin escalar la montaña llegó a la cima.

Es lo único fácil que le ha tocado vivir…

…igual que a mi.

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