La amiga que se fue.

el

Me la trajo envuelta en la mantita que me pasó la Cuqui y la dejó en una mesa. La toqué con la mano y era su cuerpecito firme, pero no era ella.

Le pasé las llaves del auto a la Doctora Karen y le pedí su ayuda. No la podía levantar de la mesa, estaba increíblemente pesada, o me fallaban las piernas o las dos cosas. Salimos, yo veía todo borroso. La Karen abrió el auto y dejé con toda la delicadeza que pude su cuerpo de perrito frío. Trataba de decirme cosas que ya no recuerdo, no podía mirarla, para mi todo era niebla. Sentía que ya había pasado demasiado rato, junté las manos y le di las gracias, en todos los idiomas gestuales posibles. Estiré una mano para pedirle las llaves y se quedó congelada, o para mi los segundos pasaban muy lento. Nos abrazamos y se devolvió para su clínica con tanta pena como yo.

Apenas desapareció, el mundo se fue a la chucha de nuevo, completamente. Pero por medio segundo. Cuando recuperé el control, y volví a conectarme conmigo mismo, noté el aire que era tan limpio y tan fresco, y la brisa y sus aromas, y los colores, demasiado intensos, anaranjados en un cielo gris, con una profunda claridad mental extranjera.

Saqué un tabaco que duró muy poco, y me quedé apoyado en el auto, mirando pasar las cosas mientras respiraba. De repente, alguien cruzó la calle corriendo, y en mi pensamiento, involuntariamente le grité ¡Cuidado! Y no podía evitar asustarme cuando alguien cruzaba corriendo, que de repente pasan cosas que de apurados, uno no alcanza a darse cuenta.

Ya en la casa, metí el auto de poto en el patio y lo estacioné sobre el jardín. Partí a buscar a los demás. La Jefa ya me estaba esperando a la bajada del auto. Tuve que despertar a la Lilito. Con su dolor de huesos, su cansancio de vieja, sus patas cortas y su frío, salió de su cabañita igual como si fuera diciendo: Vamos no mas a hacer lo que hay que hacer. Y partí con ellas hacia el auto, que lo había dejado abierto para que se fueran acercando como ellas quisieran. Y se fueron acercando de a poco. Cuando detectaron el bultito adentro, lo olfatearon todo brígidamente, pero mas que ansiedad era desconcierto. Sabían que todas las fuentes de su aroma estaban ahí, concentradas al frente, en ese saquito adentro del auto.

Sabían lo mismo que yo: Era el mismo cuerpecito, pero ya no era ella.

Elegí un bonito lugar en el patio y con harto esfuerzo, hice su hoyito lo mejor que pude. Cuando terminé de cavar, la fui a buscar al auto, y la saqué de su mantita para que todas puedan verla. Fue difícil para las perritas: Huele como ella, se ve como ella, es ella. Pero ella no está, no entiendo nada.

La Lilito, se quedó conmigo todo el rato, mientras las alemanas hacían guardia. Sentada junto a mi bajo la lluvia a un lado del hoyo, me miraba pidiendo explicaciones tristes, como si por primera vez realmente necesitara el lenguaje de los humanos.

Concluida la ceremonia, y ya guardando todos sus elementos, la Lilito aún se paseaba coja, en su vejez de viejita sorda sobre el cerrito de tierra bajo el cual aún emanaba el olor de su amiga del alma que había extrañado tanto los últimos días.

¿Tienes algo para decirme?

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s