Pánico y Locura en la Octava Dimensión.

La instrucción del profesor, fue mantener la postura sin moverse por una hora. Los ojos cerrados, meditando. Yo cacho que por la pura ansiedad de la llegada del dolor que se me venía encima, llegó mucho mas tiempo de lo normal. Como HABÍA que mantener la postura, el dolor empezaba a ser chacal y ya no podía mas. Estaba a punto de estirar las piernas cuando cometí el error de reaccionar, y le metí oxígeno a la zona. A pesar de que respiraba como un toro frente a su torero, no se aliviaba nada. Así que de nuevo cometí el error de reaccionar, y empecé a visualizar: Mis piernas eran dos columnas tensas al rojo vivo, con la sensación del vertido del agua hirviendo constante. Mi respiración de Toro llegó en forma de un suspiro celeste sobre la zona roja, sin tocarla ni cambiar nada. En el punto mas alto, decidí que no había forma de controlarlo y lo solté. Me separé de ese dolor, de esas piernas, de ese color, de esa temperatura, de esa sensación, de esa estructura, de esa existencia. De todo lo que yo conocía. Observé la realidad sin tocarla, sin dolor. La única sensación física era un burbujeo efervescente y constante en todo lo que podría considerarse como mi cuerpo que era ligero como el aire, con la misma dureza y consistencia. Terminó la sesión y todos comenzaron a levantarse, pero ya ni siquiera era necesario moverse. De todas maneras abrí los ojos, y me llevé la impresión de ver las cosas como eran: esas paredes, las sombras, esos colores, ese movimiento, era todo nuevo, un descubrimiento constante. Me miré las manos y no lo podría creer: Tenía manos. No podía ver a través de ellas con la vista, y eso era muy raro!  ¿Como es posible que no pueda ver a través de ellas, si en realidad son sólo una masa vibrante de burbujas? – ¡Qué locura, no puedo ver a través de ellas!. Me levanté con los demás, y el burbujoso cosquilleo que era yo, se movía conmigo efervesciendo a través de mi respiración. Salí sin mirar nada y nadie, sorprendiéndome de una claridad tan profunda acerca de todo. Una bellísima paz interior estaba en todas mis interacciones con todo. Era el primer día de Sol en demasiado tiempo y cuando me acosté en la losa para recibirlo, una indescriptible sensación de calor convirtió mis burbujas corporales de un gris a un amarillo anaranjado exquisito que fue viajando a través de lo que yo pensaba eran mis venas, a todos los lugares de mi cuerpo. Lloré de puro feliz y pleno, me faltó hacerme caca. Fui al baño, me mojé la cara. Las gotas en mi piel, ya las sentía mías, son parte de mi. “Eso que moja mi cara, también soy yo”. Salí al patio de nuevo, y cuando el Sol me volvía a llenar de colores, pensé que ninguna droga de ningún tipo me había hecho sentir nada parecido. Caminé hacía un jardín de un pasto hermoso. Me revolqué como un gato en el. Cada una de las hojitas del pasto que me pinchaba la piel, me producía orgasmos donde me había tocaba. El pelo, los brazos, las manos, la cara, los pies, entremedio de los deditos. Todo era un orgasmo. Abrí los ojos y ahí me quedé observando la épica Batalla de la Incandencia que libraba el Sol contra las hojas del árbolito bajo el cual estaba acostado en el pasto mientras tenía sexo con el Cosmos.

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