Los tentáculos del terrorismo

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Había pasado demasiado tiempo sin salir de la casa. Y cuando digo demasido, hablo de un record regional, o quizá nacional si soy ambicioso. Ya había llovido con mala intención por mas de una semana, cuando un día cualquiera paró de llover. Así como empezó, se detuvo. Algo de Sol se asomó por entre las nubes que nos miraban desde el cielo con un poco culpa y pensé: Éste es el mejor momento para salir de la casa. Era algo tarde, pero siempre es temprano para quien ha tomado una decisión y me abrigué lo que mas pude. Puse agua en el termo, preparé el mate y guardé tabaco. A los perros no hay que decirles nada, ellos huelen en el aire cuando se avecina una aventura. Cuando salí al patio ya estaban con cara de “¿a donde vamos?”. Y fuimos. Ya estaba oscureciendo, y el frío se venía encima. Daba lo mismo, si estamos preparados. Todavía no sabía bien para donde ir, así que nos metimos al bosque aprovechando que todavía tenemos. Ya se había hecho de noche, y si no fuera por la linterna, habría quedado con barro hasta en las rodillas. De todas maneras quise tenerla apagada para entrenarme lo mejor que pueda en caminatas nocturnas, porque uno nunca sabe cuando tiene que estar preparado. Llegamos a una cumbre desde donde podían verse algunas casas entre las copas de los pinos de las plantaciones forestales, y  quedamos los tres sentados mirando las luces de la ciudad, dándole al mate para el frío y al tabaco para la soledad. Después de la última gota del termo se hizo buena hora para bajar y nos pusimos todos de pie con prestancia de lobos para caminar abajo del cerro.  Era una bajada seria, llena de barro, así que nos fuimos con la luz prendida. Cuando nos acercamos a las casas de los vecinos, era lógico que empezaran a ladrar sus perros, pero los míos, como estaban en territorio ajeno, no dijeron nada. No me imaginé que los vecinos pudieran asustarse de nosotros, pero luego de un rato cuando salimos del cerro, apareció por la curva una patrulla que venía en misión de guerra con sus luces rojas encendida  y toda la parafernalia. Se detuvo prepotente a mi lado. El que manejaba con mandato de impaciencia, me pidió mis papeles.

– No tengo, les contesté.

El que no manejaba, apretó el cuerpo y puso la mano en la manilla de la puerta. Ellos venían en busca del sospechoso. El acompañante ya se había bajado y me miraba alumbrado por su cuca con una mano en la luma. Mis perros miraban a mi lado.

– Salí a dar una vuelta al cerro con mis perros, para eso yo no llevo papeles. Si están acá porque los llamaron mis vecinos cuando ladraron sus perros, todavía no ha habido crimen, por lo tanto todavía no debería haber sospechoso. Asumo que ninguna persona ha salido perjudicada y esto es completamente innecesario. Hagan lo que tengan que hacer, y si quieren mis papeles me van a tener que acompañar hasta mi casa, pero yo camino así que me escoltan. Porque si algo le pasa a mis perros por su culpa, voy a hacer que los dos pasen a sumario. Aunque si se dan cuenta de la ridiculez que significa toda esta operación sin sentido, por mi sean bienvenidos a largarse a cumplir alguna misión mas interesante ¿Buenas noches caballeros?

– Buenas noches caballero, continúe hasta su casa.

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