La Conquista del Fuego

Cuando llegamos con el Lelo desde el aeropuerto, por supuesto que no había fuego hecho en el día mas helado del año. El venía cansado y me la tiró a ver si la agarraba. La agarré. Mi gusto por el fuego me ha regalado el camino de la perfección en encenderlo, recorriendo mi propio Camino de la Espada. El punto es que mi viejo persigue el mismo fin, pero con una escuela completamente distinta a la mía, lo que ha llevado al surgimiento de algunas chispas y no dentro de la estufa. Es bueno para criticar el calor que genero, porque según él, su forma es la más eficiente, utiliza menos material, genera un calor más rápido y tenga o no tenga razón, lo hace para burlarse. Con esa finalidad, intenta enseñarme su forma, y convencerme para que lo haga a su manera, pero la verdad es que no me gusta su método, porque a mi parecer es lento, rebuscado, innecesariamente complejo y considero que hace trampa: Mi escuela es mas purista que la suya.

Así que hoy, al plantearme el desafío, orgulloso lo tomé para “enseñarle”. Mi método es rápido, muy económico en el tiempo, práctico y tanto o mas eficiente que el de él, así que era mi oportunidad. Di cada paso con la seguridad que entrega la apariencia de la confianza, pero por dentro temía quedar en vergüenza… me estaba jugando mi orgullo.

Armadas las distintas capas de la estructura combustible, prendí un fósforo y cuando se encendió el papel en serio, agradecí no tener que usar otro. Con arrogancia y altivéz, salí como hago siempre al patio a tirarme un peo, tomar un mate, fumar algo o respirar el aire, dando por sentado que el fuego ya estaba hecho con un tiempo sorprendentemente breve, estando el presente. Todos los puntos para mi. Estaba ya saboreando mi victoria, cuando una sensación de escalofrío y pánico me trajo el aire. Volví hacia dentro con menos valentía que antes, y vi que el fuego se estaba apagando. Mi viejo, haciendo otra cosa, aún no se daba cuenta. Todavía estaba a tiempo para enmendarme. Recurrí a todos los planes de contingencia que se dan en estos casos, pero el fuego se apagó. Lo primero que pensé es que me tendría que tragar el orgullo, y asumir que quizás su método era mejor que el mío. El fuego me estaba enseñando a tomar la vida mas humildad y prudencia. Ya era inútil resistirse a la humillación y a la vergüenza. Cuando él se dio cuenta, burlándose se rió de mi. Tendría que aceptar lo que me dijera, era cierto: Mi fuego se había ido a chingar a su pinche madre. Me dolió reconocer mi fracaso, pero una vez aceptado, todo cambió de forma. Todavía quedaba la dignidad de terminar la tarea y no renunciar a ella, aunque ya comenzaba a sentirse en el aire la compadecida frase del “Déjalo que yo lo hago”.

Nunca.

Ya había utilizado EL fósforo que me tenía permitido, y habiendo acordado un límite en la cantidad del papel necesario para el encendido, decidí hiperoxigenar el fuego hasta que el calor y el aire terminaran por hacer aparecer la preciada llama. Mi viejo partió a la cocina y me quedé ensimismado soplando el fuego. De rodillas terminé en el piso, con el pelo lleno de cenizas y los pulmones llenos de humo. No prendía, no prendía, no prendía. Las astillas, recién hoy incorporadas en el sistema de la leñan, siseaban y generaban unos gorgoteos burbujísticos poco comunes. Soplé mas que el lobo y nada. Esto ya era un tema entre el fuego y yo. Mi viejo perdió toda relevancia y ya no tenía nada que ver en el cuento. Ya había alcanzado la forma mas baja de indignidad frente al fuego y no quedaba otra que aceptar su designio y naturaleza. Me comuniqué con el fuego de otra manera, lo dejé ser y aparecer cuando quisiera. Yo le daría todo lo necesario para expresarse.

De pronto, POP: una llama menor que la del fósforo había aparecido oscilante y debil sobre un palo. Era tan frágil que no lo tocaba, apareció sobre él, separándose de la madera por milímetros de vacío. Le di la libertad de ser lo que quisiera, de crecer o apagarse, sin alterar la llama. Esperé toda la fragilidad de su existencia, entregado a su propia forma pero no se apagó. A paso muy lento comenzó a crecer y se depositó finalmente sobre el palo en el que había nacido. Desde ahí saltó al de al lado, y ya no tuve que preocuparme de que se apagara.

Cuando ya estaba tomando pequeña fuerza, apareció de nuevo mi viejo y me preguntó si le había hechado parafina. Me dio risa pero no le conté lo que tuve que hacer para que funcionara. En uno de sus arranques de héroe, intentó enseñarme uno de sus trucos y cuando agarró una bolsa de plástico para meterla adentro, se la tuve que quitar al fuego. Eso es hacer trampa.

Con el fuego ya andando decidido, le mostré que las astillas nuevas estaban húmedas y que sería difícil para cualquiera de los dos intentar hacer fuego con ellas. Reconoció que en realidad no estaban buenas, y llegamos a un mutuo reconocimiento de respeto. Hechas las primeras brasas, quemados los primeros palos, solo había que preparar la camita ardiente para el resto de la leña, así que terminamos de hacer el fuego juntos, cerramos las compuertas y nos fuimos por un café.

Hoy el termómetro marcaba una temperatura que nunca había visto, pero los tres grados bajo cero de afuera, aún nos tenían pasando frío.

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