Las Divinas Ampolletas de los Monjes del Tibet.

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La llegada del Lelo a la casa después de su viaje a Santiago fue mucho mas pintoresca que la de la Cuqui, quien se limitó a no hablarme por 24 horas por haberme demorado 15 minutos en recogerla en el aeropuerto. Como cónyugues separados sin acuerdo,  omisión ni abandono del hogar, se turnan para viajar a Santiago a ver a sus propios viejos que ya están alcanzando aún dignos los 100 años de longevidad. Cuando le tocó el turno de viajar a la Cuqui, nos vimos enfrentados a la urgencia de poder elegir y calentar nuestra propia comida, por lo que esos cuatro días fueron para nosotros de un libertinaje y complicidad sin igual, atendiéndonos en mutua compañía, y almorzando juntos, en tranquila calma y sosiego. Pero cuando partió el Lelo, la Cuqui, nuevamente con poder sobrenatural sobre la totalidad del reino, no esperó que pasara la primera noche para elevarse en la gloria de la cruzada de la limpieza, con sus estandartes y lanzas, para acometer con la tan esperada ocupación del fuerte. Yo me limité a observar divertido los dos días que le tomó hacerse cargo y ejecutar con posesión debidamente indebida, todas las pertenencias del Lelo, acaballándose en la gallarda y noble misión que se había encomendado a si misma. La casa entera se cubrió con tapices y vestiduras colgadas en todos los lugares y rincones disponibles para disponer del secado de mantas, frazadas, cubrecamas, sábanas, cubrecolchones, fundas, almohadas y bajadas de cama. La escalera de caracol, pasó a ser un hidalgo castillo medieval forrada con cortinajes y ropajes de cama. La mesa de la cocina y sus sillas se transformaron en el imperio de los cojines, con todas las superficies cubiertas por la humedez de los almohadones recién lavados. A las dos de la mañana, me encontré con la Cuqui sentada sola en la cocina con la mirada desolada, buscando llenar el vacío del tiempo mientras salía la última carga de ropa mojada de la lavadora. Solo en ese momento me pareció que todo eso comenzaba a parecerse a un exceso. Finalmente fui a la pieza del Lelo a ver los resultados de la conquista persa, y me sobrecogí al verme a mi mismo explorando un mundo desconocido, diferente, completamente nuevo. Los cerros de papeles, porquerías, cajas vacías y tesoros invaluables mezclados todos por igual, que antiguamente seguíanun aleatoro e indescriptible y meticuloso desorden, habían dado lugar a una residencia radiante y limpia, pero vacía y carente de alma. Yo mismo sufrí un poco las consecuencias de esta avalancha de orden, cuando no me fue posible encontrar a primera vista, una frazada de cuatro metros cuadrados, que asumí en camino a los Traperos por siglos de incontables usos anónimos. Por eso cuando me tocó partir al aeropuerto a buscar al Lelo, mientras avanzábamos por la carretera interrumpí uno de sus eternos dialogos redundantes para advertirle la inminencia de una sopresa no necesariamente agradable. No pareció entenderme cuando le recomendé resignación y calma, a pesar del enfasis con el que recalqué mis palabras. Era cierto cuando imaginé que nada de lo que pudiera decirle podría prepararlo para enfrentarse a la realidad de la profanación impúdica de la última intimidad de su santuario secreto, pero su impávida mirada de aceptación, me hizo creer que ya se había creado una imagen mental de lo que podría encontrarse. Cuando llegamos a la casa y entró a su pieza, comprendí que me había equivocado al oir la explosión de sorpresa y rabia que se escuchó por toda la casa. Le duró poco y hasta la consideré divertida, como una prueba mas de la inviolabilidad de su calma a toda prueba. De hecho pasamos agradables momentos junto al fuego, en espera de que calentara la casa mientras llegaba la Cuqui de una misteriosa reunión en la que yo anhelaba la esperanza de que se hubiera ido a encontrar con algún misterioso hombre apasionado que le devolviera la vida que se le escapaba. Cuando finalmente llegó, sin evidencias de vida, ni misterios ni hombres, una ola de divertida indignación se apoderó de la casa mientras el exponía con rabia, la violación que había sufrido en su ausencia. Con la Cuqui disfrutamos su pataleta de viejo rabioso y nos divertimos con la gracia con la que expuso sus indignidades. Mientras duró su rabieta de niño nos limitamos a escucharlo hasta cuando pareció calmarse, y en ese momento la Cuqui le reveló la infidencia que no había botado ninguna de sus porquerías a la basura, sino que las había metido en bolsas para que él fuera el último juez divino entre lo valioso y la mugre. Inexplicablemente, su furia tomó una forma mas rotunda e intransigente. La posibilidad de encontrar sus tesoros perdidos no pareció alegrarle, si no que al contrario, manifestó una imparable fuerza de incalculable indignación que nos causó todavía una risa real, pero ya no tan clara. En su rabioso balbuceo, nos habló de unas ampolletas mínimas a las que les dio categoría de únicas e inencontnrables. Inmediatamente apareció ante mi la imagen de unos monjes chinos vestidos de blanco, maravillados al concluir la obra perfecta de sus ampolletitas de plástico. Volvió entonces a la cocina con la Bolsa de la Iniquidad ante nosotros, chisporroteando improperios y barbaridades inutiles, pero ya no era tan gracioso. De repente todo se había convertido en algo grave. Había tensión en la atmosfera y temí por la integridad de las auras. Por supuesto que la susceptibilidad de la Cuqui nunca ha sido de las mas nobles, y comenzó a responderle en el mismo tono y nivel poco razonable en el que se le increpó y todo se fue al carajo. Desistí asumiendo mi fracaso como mediador y me detuve entremedio a evaluar la continuidad de los hechos. Ahogados los últimos estragos de la represa rota, y cuando el Lelo dió la primera muestra de disculpas públicas, la Cuqui no pudo tolerar ser parte del proceso de reconciliación y pegó un portazo potente y rotundo dando por finalizada la conversación, como es su mejor costumbre. Ahogados así los últimos gritos, volvió la paz al hogar. Ya en la bella calma que genera el silencio, apareció el Lelo ante mi, blandiendo furibundo y aún indignado la Bolsa de la Iniquidad, mostrándome la milagrosa ampolleta plástica de los monjes chinos de las montañas del Tibet, que había aparecido en la porción mas indigna de la Bolsa de las Porquerías del Lelo.

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