El año del Gallo.

Comenzó el primer segundo de este año en mi lugar favorito del mundo al lado de una fogata junto a un bote en la montaña, con la mujer que más me ha querido en el mundo. Como la vida es tan injusta, sin tener muy claro el por qué, me separé de ella para caminar mi propio rumbo, cojeando la verdad, diciendo las cosas con todas sus letras. El Viento del Este me trajo después otra ave, de otro bosque, de otro cielo, de la que me enamoré sin medir ninguna consecuencia, viviendo cada momento en el absoluto presente, imaginando la linea en lo que se convertiría si esto seguía. Pero como la vida es tan injusta, por supuesto que ella no se enamoró de mi y la historia fue tan fugaz que no tuve ni tiempo siquiera de escribirla, por lo que ahora de a poco me voy desangrando en las lineas que afloran de libre nostalgia. Ahora ya es octubre, y llueve. Y la lluvia golpea fuerte en el techo de este hogar que me han prestado, porque he renunciado al que tenía. Es octubre y hace frío, pero encendí el fuego de esta estufa que calienta mis huesos, aunque no sean míos, aunque no sea mía. Hay un bello e insignificante heroísmo en picar la leña de estos angelitos para ganarle grados a este infierno que se resiste a la partida, en este octubre tan lluvioso, tan frío, tan triste, tan solitario, tan incierto pero tan intenso y tan bonito. Y aquí, bajo el poema que escriben estas gotas sobre este techo de amores prestados me pregunto ¿En que sentido sería éste mi año?

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