El Día de las Cosas Bonitas.

Recojo mis cosas, llevo poco. Billetera, mi cuaderno, su libro, los dos cristales, el cepillo de dientes (obvio, si el propósito es ese) y ya que estamos en esa, los condones.

Agarro a la Cata y parto. Es un día la raja. El aire está cristalino y el sol lo ilumina todo. Hay nubes en el cielo, pero son esos cumulonimbos blancos como montañas de algodon que lo hermosean todo. Avanzo firme, sin esfuerzo, tranquilo.

Aterrizo en el Correo y amarro a la Cata. Me acerco a un guardia que estaba muerto de la risa sacándole fotos a una delegación de niños. Entre los gritos le pregunto ¿que pasa si mi carta no llegó? Alguien tiene que ir a buscarla, me dice. Lleno de risa le digo “Pa allá voy!”.  Ahí no mas lo entendió todo y con la mirada me dio toda la suerte del mundo.

Camino por la ciudad buscando las cosas. Me sumergo en la dulzura de una mañana rica. La calle está cerrada. Hay motos de paco bloqueando el paso, avanzo por la calle mientras las personas de costumbres siguen apretadas en las veredas. Mas adelante veo muchas banderas araucanas, con razón está cerrada la calle. Pero permiso, la calle también es mía y me meto a conejear en la muchedumbre. Bailando con ligereza me dejo engullir por la gigantesca ameba tratando de llegar al otro lado sin tocar a nadie como un neutrino, en parte porque no es muy sabio empujar a un amigo Peñi que está en pie de guerra.

Me siento en la plaza, el día esta increible. Cosas hermosas ocurren en todas partes. No hay autos, el sonido del viento en el follaje es lo que predomina. Pasa el tiempo y todavía me faltan cosas. En la tostaduría sin saber que pedir, le cuento a la señorita que voy a ver a unos viejitos y busco algo rico que les haga bien. Mientras busca que darme me pregunta cuantos viejitos son. Son tres! le contesto. Me sonríe, pero me río yo y luego nos reímos los dos.

Encuentro la plantita que andaba buscando, pero va saliendo el bus y no he amarrado a la Cata. El momento es ahora y rajo. Para la otra. Con la maestría de los años amarro a la Cata en una viga y le deseo las buenas noches. Aunque en mi sueño espero venir a buscarla mañana, la dejo sin saber si la volveré a ver, lo que en una forma tan natural no importa, porque ahora todo vale la pena.

Corro hacia el bus saltando bultitos y cajas, esquivando canastos y perros. La micro avanza pero yo voy mas rápido, el conductor me ve, abre, salto arriba y le pregunto si vamos a Curacautín.

Ya me he equivocado antes.

Llegando, fui el último en bajarme. Camino tres pasos y llego al Correo. Amo estos  pueblos. Entro y pregunto por la carta. Ni siquiera tengo que dar un nombre. La chiquilla del mostrador me cuenta que ayer vino la niña a preguntar por ella. Me sorprendo. Me pregunta si yo soy el chico de Temuco y nos matamos de la risa. ¿Es una chica delgadita, como con melena? La misma.

Me desea toda la suerte del mundo.

Camino por la exquisita tarde de este pueblo hermoso. Miro al mundo y el mundo me mira a mi. La gente me sonríe y yo sonrío, no me conocen y me aman. No los conozco y los amo. Vine a ofrecer el alma.

Voy llegando a la cuesta, motivado todavía. Aún no me tiemblan las rodillas, solo tengo que golpear la puerta. Pero no contaba con que las niñas estuvieran en sus perchas y me detectan inmediatamente. Todo mi plan mental se va al carajo, listo. No queda mas que entregarse.

Voy a la puerta, el Solitario está afuera y es un perro weonazo. Me estoy salvando de dos o tres mordidas, pero no prometo tanto. Si no aparece el Pollo a rescatarme, cago. Pero aparece, y muerta de la risa me grita Loco! Entramos. Ella se convierte en ciclón y corre por la casa, abriendo y cerrando cosas, me reta y se ríe. Aparece riendo sus gritos y desaparece de nuevo por la puerta. Me pasa un vaso de agua, me tomo cuatro. El Pollo va y vuelve riendo. Solo atino a reirme con sus formas y todavía atorado, no puedo decir nada.

Vamos?

Bueno, vamos.

Caminamos la ruta de siempre avanzando por las arboledas existentes o futuras, riendo de todo porque todo es motivo de risa. Ha pasado demasiado tiempo, la escucho contarme sus cosas y me doy cuenta lo mucho que la extraño. Nos sentamos en una banca de la plaza a decirnos nuestras verdades, donde bien o mal, su decisión es estar sola y bien o mal, la mía es estar con ella. Así de complejo como suena, por inexplicable que sea, nos damos la mano y cerramos el trato.

Si mi objetivo fuera conquistarla ya habría perdido. Seguir el corazón es lo que me interesa, y el corazón manda partir al infinito y volver con tal de conocerla. Asomarme por el borde del abismo de su misterio, sobre la oscura profundidad que esconde su extravavagancia y vivir intensamente ese descubrimiento sin importar adonde me lleve ni las consecuencias que tenga, porque aquí todo está en juego y nada es tan importante. La vida no es mas que este momento.

Ya todo claro, caminando aterrizamos con suavidad nuevamente en el mundo y el mundo nos saluda de vuelta, nos conocemos de años. En la casa recojo mis cosas. Nos abrazamos, pero el abrazo nunca será suficientemente largo y quiero partir pronto. Para mi recién comienza esta historia.

 

Camino por la calle, miro la terracita, la imagino ahí. No sabe que la lleno de besos. Llegando al terminal va saliendo un bus y me subo. En mi mente la veo corriendo hacia la micro para cerrarle el paso con su cuerpazo de colibrí, subirse a ella luego de un salto, levantarme del asiento, y tirarme al suelo del pasillo donde hacemos el amors mientras todos aplauden. Me sacudo los vestigios de mi aweonamiento y vuelvo a la realidad  donde me siento tranquilo. Estoy haciendo lo que tengo que hacer y por fin sacamos la tetera del fuego.

No se en que momento la historia del pollo y el zorrito se convirtió en esta pelá de cables tan rara, incierta y tirá de las mechas, pero tan intensa, valiosa… y preocupante.

…Mientras sea entretenida y saludable…

Al bajarme de la micro, parto a buscar a la Cata y me siento feliz que el candado haya aguantado. Me acerco y después de liberarla de la viga me dice:

– Para qué pregunto como te fue…

Y de nuevo nos reimos los dos.

 

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