Del suelo al cielo

Llevaba varios días de un bonito trabajo interior que me tenía los pies demasido bien puestos en la tierra y cuando me dieron ganas de otra cosa, sin preguntar, el viento volvió con la Panchita. Desde los mates de la Luna llena que no aparecía. Ni ella misma sabía donde había andado abejoneando por la vida. Tiramos la onda para juntarnos como todas las veces: bien en el aire, muy etéreo y con poco amarre, por lo que no le proyecté ningún futuro hasta que me llamó diciendo que estaba en camino para verme.

La tarde estaba asombrosa, los verdes estaban muy verdes, los amarillos eran dorados y los azules eran un regalo del cielo. Preparé unas agüitas ricas, metí el termo en mi bolsito y partí con los perros a buscarla. Con los brazos levantados nos gritamos de lejos y el abrazo en la calle sacó dos bocinazos en nombre de la imprudencia. La invité a conocer a mis amigos del campo y cuando le mostré de lejos al Mago, sin habla se llevó las manos a la cara.

Pensaba caminar por la colina hacia el Mago pero ella se enamoró del Paisano y no hubo remedio, se lo tuve que presentar. Le mostré sus fortalezas, sus yayitas y luego como navegar en el. Al principio me alarmé un poco por la confianza con la que lo escalaba, pero cuando la vi tan aleopardada allá arriba a la cresta instalada como en su casa, caché que estábamos los dos en nuestro elemento. En la plenitud de la calma que provoca del viento sobre las ramas, fuimos desempolvando nuestra amistad, poniéndonos al día con todo, presentándonos de cero como siempre, mientras avanzábamos en el poder de las plantitas sobre las manos, el corazón y la mente.

Con la Panchita tenemos una afinidad chacal: Me conoces si la conoces a ella y la conoces si me conoces a mi. Nos conocemos tan poco pero compartimos la misma historia, de hecho, sin saberlo fue ella quien abrió Vipassana para mi

Con la partida del sol llegó el frío y aterrizamos nuevamente en la tierra para abrigarnos. Subimos la colina para ver al Mago que resplandecía bajo la pirotécnia de los colores del atardecer en el horizonte y nos derretimos con la intensidad de esos sabores celestiales.

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Nos contamos todo y aprovechamos de encontrarnos en la experiencia del otro, paseando por lo que queda de mis bosques. Así nos fuimos disolviendo nuevamente en la pureza marginal de la naturaleza urbana riéndonos de lo complicada y lo simple de nuestras vidas hermosas. La luna ya brillaba intensa en el cielo y se recortaba coqueta entre los ramajes de los hualles amigos mientras caminábamos por la oscuridad cruzando puentes, saltando canales y atravesando cercos.

Ya completamente de noche llegamos a la casa, preparamos comidita y nos fuimos a la terraza a ahogarnos en las luces de las estrellas, la inmensidad del cosmos, lo pequeños y lo gigantes que somos, mientras nos fumábamos el último tabaquito que me quedaba para poder cerrar ese ciclo pendiente.

Se nos pasó completa la noche en la risa del descubrimiento y el silencio de la contemplación, en la intimidad de la confianza y la tranquila entrega de la aceptación sin trabas. Eran las tres de la mañana cuando entramos a la casa por el último te. Demasiado acostumbrados a la noche, con las luces apagadas navegamos en la penumbra, encontrando todo con el instinto y la intuición.

Había manifestado sacar un poquito mis pies de la tierra cuando el viento me la trajo para venir a buscarme, y juntos con el viento ahora nos vamos volando los dos.

Partimos de viaje.

Iremos a conocer a su Chamán.


Jorge Drexler – La edad del Cielo

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