Espacio Flora.

Se ponía el sol en el horizonte mientras la ventana del bus nos proyectaba las oscuras siluetas de los árboles recortados bajo el espectacular juego de colores, avanzando por praderas y ríos, planicies y cerros. Mucho después, Villarrica nos recibía de noche con la confianza del momento perfecto y la despreocupación de quien ya tiene todo resuelto.

La propuesta de caminar llegó rápidamente y cargados con nuestras mochilas, instrumentos y sacos, nos pusimos en marcha adentrándonos en la amistosa oscuridad de esta noble ciudad de montaña y lago. Como la risa acorta todas las distancias, breves se hicieron los kilómetros de caminata por la carretera. Un cielo repleto de estrellas nos dió la bienvenida. Eran las once de la noche.

Llegamos al Espacio Flora.

La Cata y Julio nos recibieron en la exquisita atmósfera de paz que han ido creando en su casa, y como con la Panchita venimos en el modo Reverencia Chamánica, encajamos perfectamente sin perturbar la calma. La conversación como el tabaco, fluye tranquila. Julio me pregunta si yo sentí el llamado de la Abuela. Yo no tengo idea de que me habla, pero imagino que de la Ayahuasca.

– No, solo vine a ver de que se trataba todo esto – le contesto.

Los Señores de la Casa partieron a dormir y nos quedamos a cargo del buque cuchicheando como los niños nuestros misterios, arrimados en la estufa con su calor y su luz antes de partir nosotros también a la cama.

El día llega en el momento justo. La paz de la noche se ha convertido en la de la mañana, los rayos del padre Sol entran juguetones por la ventana y me maravillo con la perspectiva de pertenecer al lugar en el que sin accidente ni culpa, he aterrizado.

Las niñas conversan alla abajo junto al Sandokán, que les hace compañía en su constante faena de incansable come-pasto. En el desayuno conocemos a Jaime y a Cris antes de que partan en el Samurai a conocer la nieve, el Ruka Pillán, y pedirle permiso para la Ceremonia.

En la exquisita onda luminosa del día, la mañana se convirte en tarde, el tabaco y el mate pasan dejando su magia en todas las manos, como pasa el desfile de algodones en el azul que se van alternando para darle lugar a la lunita que se muestra entre cada espacio que le permiten las avenidas del cielo.

 

 

Se va el sol, llegan las estrellas, y nos guardamos en la ternura del fuego de la cocina mientras pasan las horas entre la conversa, los mates y la comida. Con los bostezos caminamos a la casa para despedir la noche y recibir la mañana. Será un gran día.

El Sandokan nos espera en la puerta con su inquebrantable esperanza de que lo dejemos entrar a la casa.

No es su culpa, solo obedece a su alma de gato.

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