Quedarse o partir

Los que tenían que partir partieron, los que tenían que quedarse, se quedaron. Aún danzando al ritmo de la serpiente, uno a uno fue despertando en la aparente realidad de la vida diaria y durante el desayuno todo se convirtió en un gran circulo de revelaciones, confesiones, relatos y sueños. Cada uno fue expresando su viaje al comprender el del otro, mientras se iban abriendo los corazones en la compañía del entendimiento. Nada detiene el viaje, todo es un baile de exquisitas emociones compartidas, hay mucho amor en el aire, mucha risa, mucha tranquilidad y alegría. Los ojos están brillantes de lágrimas, vuelan los abrazos. Ahora somos todos familia. Aunque algunos ya se despiden y vuelven a sus vidas cotidianas, la felicidad compartida no tiene aun ningún indicio de acabarse. No existe nada mas importante que el momento que se desintegra constantemente, así que muy contento me rindo a la libertad bien vivida. Entre todos los que compartimos la casa se encuentran chamanes, magos, hadas, seres mágicos, artistas, niños y duendes. Sin cuestionarnos tanto, nos convertimos rápidamente en una banda y nos dedicamos a hacer musica durante todo el día, la noche y durante los sueños. Entre todos fuimos energizando temas de varias horas, sin detenernos en la alucinante improvisación shipiba que admite infinitas variaciones de una sola nota. Así pasamos una semana entera aceptando invitaciones a pasar el tiempo con personas hermosas que nos invitaban a crear musica, conversar y comer cosas ricas. Formamos parte de distintas ceremonias de ancestros y algunas terminaron en un bailongo hermoso con un montón de gente loca y entretenida. En una de estas casas de bosque donde nos quedamos, había una familia muy chacotera de duendes que nos escondieron todo. Cucharas, calcetines, teléfonos, cables, zapatitos, o instrumentos. Ahí fue donde perdí mi cámara, lo bueno fue que la intercambiamos por una camioneta para la banda, y por tres días tuvimos movilidad completa para pasearnos con la libertad de la autonomía donde fuese que nos llamasen los enterados a compartir con ellos. Nueve dias estuvimos surfeando la ola en el agasajo de la experiencia bien vivida con el chaman shipibo que aun seguía guiando nuestro viaje y compartiendo la sabiduria de la abuelita de la selva, además de toda la rica sabiduría de los amigos que fuimos conociendo en el camino. Cuando llegó el momento de partir vi la oportunidad de seguir el viaje con ellos, pero una serie aparentemente desafortunada de eventos, determinaron que no era mi viaje. Los que tenían que partir partieron, los que tenían que quedarse se quedaron. Con aceptación y poca frustración me resigne a quedarme, sin saber aun de lo que me había salvado por no haber partido. Sutiles contradicciones del espacio tiempo fueron generadas espontáneamente para ahorrarme cosas que yo no quería en mi vida. Qué sabia es la intuición del invisible, que crea situaciones rebuscadas para dirigir nuestras acciones en la dirección correcta. Recargado y con una potencia jamas vivida volví a la ciudad a concretar oportunidades que se generaron solas, y cuando me confirmaron que los chamanes repetirían la ceremonia en El Lago, preparé mis cosas para volver a tomar el bus.

Los que tenían que partir partieron, los que tenían que quedarse, se quedaron.

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