3| Magia Para la Tarde

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Heme aquí instalado en un árbol como un leopardo a su rama, con todo lo necesario para no bajar mas, sin nada por que tener que preocuparme ni de antes ni después. El día está claro y brillante, la temperatura está rica y el viento muy suave. Es una tarde alegre, por fin de primavera. Hay poco movimiento y estoy super bien acomodado en mi rama. Acabo de comerme el regalo que me trajo el viento en sus alas nuevas de primavera. Tengo mate, tengo tabaco, tengo agua, tengo mi cuaderno, tengo mi lápiz. Tengo todos mis sueños en la mano. Estoy en paz. Esta es mi zona de confort, aquí me encuentro conmigo. No tengo que preocuparme nada mas que de mantener el balance para no mandarme abajo y esa es suficiente entretención para la mente. Puedo estar tranquilo. Aquí me encuentro con mis soluciones y mis enredos. Mi corazón fluye y mi mente no lo detiene. Por mi venas viaja amor y se siente en todas las emociones, en todas las sensaciones, estoy muy agradecido de haber sobrevivido hasta acá, de todo lo que fue y que me condujo hacia este momento, y desde aquí de todo lo que vendrá.

Colgado en la rama de al lado, está mi bolsito con todos mis juguetes y salvavidas. Abajo están los perros, a mi lado las aves, y arriba? Arriba hay una rama con toda la pinta de fuerte y con el angulo justo para colgar La Hamaca. Cinco minutos después estoy buscándola entre el polvo acumulado por los años sobre las cajas de la bodega. Aparece dentro de una bolsa con olor a nido de ratones. Volvemos al árbol. Según la planificación estratégica de la obra, calculo que hay al menos una maniobra bien complicada y parto a buscar el equipo para que el equipo no venga a buscarme a mi. Ya en el árbol, la maniobra resultó ser tan riesgosa como me lo imaginaba, solo que no había considerado hormigas venenosas volando en lomos de abejas asesinas. Arrastrándome como una lagartija sin cola, sobre una rama demasiado delgada como para arrastrarme por ella, hago el anclaje mas bonito que la ingeniería de los nudos me permitió construir. Instalada la hamaca, vuelvo arrastrándome hacia el tronco como una lagartija pulenta, bien cabrona y muy encachada. Entonces en un impresionante despliegue de hombría barbárica y desmedida, pongo un pie en la hamaca y de macho machote come-clavos, me convierto en un pendejo comemocos, mamón, llorón y cobarde. Tiritándome hasta la raja, todo cagado me voy subiendo a la hamaca sin hacerme dañito ni yaya. Potito de rana. Nanai. Muack.

Dudé.

Pero había hueviado tanto, que apretando el ano y con el grito del “Ya, a cagar!”, meto poto, patas, manos, orejas, todo arriba de la malla y me instalo. Se detiene el oleaje, la mar se serena, la rama se aquieta, el viento se amaina. Todo se calma. Con el árbol me muevo automático como en el balanceo del columpio del campo de los abuelos.

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El Padre Sol sigue su camino por la percepción que tiene nuestra mente del camino que sigue el Sol en el cielo. Todo el follaje es un baile de dos tonos de verde. Uno, intenso y brillante, está lleno de alegría y canta encendida de energía la fábrica de vida, y el otro, en el verde oscuro de la espera. Aves aventureras, sin esconder extrañeza, acompañan mi sueño desde alguna rama cercana en una de esas breves paradas que permiten los vuelos de las aves que vienen de paso. Un camino asfaltado allá muy abajo donde circulan con igual normalidad, deportistas y camiones de madera. No pueden verme, no me encontrarían. Aunque les cante, aunque les grazne no me verían. Porque entre aves también soy ave y me camuflo en el follaje, y sin volar vuelo con las emociones que me regala la abundancia de amor que hay en mi vida.

Yo de aquí no me bajo mas.

Así que me bajé.

Se acaba la tarde, parto a buscar los imprescindibles de la versión nocturna, reorganizar los compromisos que faltaban y participar en la Fogata del Lelo que por lo visto comienza a armarse allá abajo.

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– Se acerca la noche –

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