Aventurera mía.

Elegidos como compañeros para la vida, había que ponerse de acuerdo en como vivimos. A ella le gusta mi cariño, cariño le doy. A mi me gusta su cariño, cariño me da. Después de un rato a ella le gusta estar sola y feliz por mi, que también disfruto mi propia compañía. Le acepto todas sus mañas y su libre desobediencia, como me acepta mi indiferencia, mis escapes y mis ausencias.

Mi vida estará llena de viajes y había que buscarla manera de viajar con ella, así que cuando apareció la oportunidad no la dudé yo, aunque ella la dudó bastante. Las perritas son muy diferentes a los perritos. Los perritos huelen una aventura, levantan las orejas y ya no importa nada. Las perritas levantan las orejas con las mismas ganas, pero son desconfiadas.

A los perritos unos les abre la puerta de la camioneta o se meten por la ventana. No hay como convencerlos de que se queden en la casa. A las perritas hay que invitarlas con empatía, paciencia y cariño. Es una cosa completamente diferente.

A pesar de que habíamos recorrido harta distancia juntos en la Magia del Dedo, siempre nos llevaron adentro y nunca en la camada de una camioneta, por lo que era extremendamente importante (así de extremo) que fuera un proceso libre de traumas. Imagínate la cago y después no se atreve a volver a salir conmigo.

Y uno aquí con tanta predisposición genética a andarla cagando.

– Que presión mas grande –

Una serie de tres bowline con un semi 8 hicieron la pega. Menos mal que estaba bien amarrada y tenía la movilidad justa porque si no habría mandado al carajo al mundo, tirándose por la borda en un último acto de desesperación suicida.

Se le pasó pronto cuando tomamos velocidad y el mundo se convirtió para ella en un impresionantemente indescriptible sopa de infinitos olores aún no catalogados. Ahí quedo flameando su lengua al viento, repartiendo sus babas al mundo, absorbiendo con ansiedad todas las moléculas de anónimos aromas nuevos que antes eran inexistentes.

Ya estando clarísimo que gozosa se bañaba en la salsa aromática de los mil sabores del viento, me pasé para adelante y la dejé disfrutando esa mezcolanza inexplicable de sensaciones, mientras me emborrachaba con la libertad del reincidente perdonado, enrolando tabacos como si mi vida dependiese de ello. Cruzamos colinas y valles con sus ríos y sus puentes, atravesando bosques y praderas rumbo a la hija de la montaña, desviándonos en busca del nacimiento del mismo río que buscan los salmones que regresan al lugar que les dio la vida.

Llegamos así al borde de un río a una pradera como cualquiera y nos instalamos. No había nadie mas, hasta que empezaron a llegar.

Los pescadores partieron a lo suyo, los que se quedaron, se quedaron lo suyo. La Foxy quedó a mi lado en la sombra al lado del río, recibiendo uno por uno todos los visitantes. Resultó ser un grupo de cinco familias mapuche del lugar que preparaban la pradera para hacerle frente a OTRO proyecto hidroeléctrico que buscaba inundar toda la zona, organizando la segunda versión del Festival del Huillín, que es la nutria chilena por supuesto que en peligro de extinción.

Y como nos vieron solitos y wachos, nos integraron rápidamente a la familia. Rapidito fue fluyendo la cerveza, las galletas, los chocolates y las sandías, mientras los hombres del clan convertidos en máquinas del campo, desmalezaban a diestra y siniestra cada centímetro de la pradera, condenando a la hoguera a las espinudas hierbas insurrectas que tuvieron la osadía de brotar sin la expresa autorización necesaria.

Así fue pasando la tarde entre el sol, la sombra y el humo, la cerveza, el tabaco y la fruta, convertidos en una sola familia que lo comparte todo. Hasta las alegrías y las penas, los sueños cumplidos y los frustrados, entregando el corazón a la nueva gente que acoge con cariño a un chico grande, con pinta de chico, siempre grande, pero chico.

Uno a uno fueron despidiéndose con el abrazo sincero, en la partida del sol huyendo de las alargadas sombras de la tarde. Con la Foxy nos volvimos a quedar solos, mirando el sol extinguirse en su roja falda desplegada sobre el horizonte. Los pescadores aparecieron sin peces cuando ya no quedaba luz y dejaban de ser importantes tanto los peces como la luz.

La Foxy se puso muy feliz cuando le puse nuevamente su arnés, pero no hubo caso de que se subiera por si misma a la camioneta. Parece que las aventuras improvisadas son solo para los perritos o para las perritas acostumbradas.

– Lo veremos en el camino –

Una moto sin luces nos esperaba a la salida, y otro auto la acompañaba detrás para iluminarle el camino y evitar que el motorista se saque la chucha en alguna sanja del campo. Sentados los dos en la parte de atrás de la camioneta, bajo un abismante cielo negro plagado de estrellas en el que se diluían los tonos mas celestes del horizonte en la pasión que dejaba olvidada el sol a su paso, me fui enamorando del presente y de los recuerdos de niño cuando miraba el mismo cielo, en igualdad de condiciones, acompañado por las mismas estrellas y el mismo viento tibio, viajando desde todas partes y a ningún lugar, con la hermosa esperanza de continuar la vida entera en una aventura como esa.

– Seguimos en una aventura como esta – le decía a mi Foxy que me escuchaba con sus orejas estiradas.

Recortada con las luces que nos seguían detrás de las nubes de polvo que levantábamos a nuestro paso, la moto avanzaba en una silueta en la oscuridad, iluminada por esos focos lejanos que le daban una apariencia espectacular. Todo era magia bajo ese cielo, en ese silencio de bosque estrellado, de horizonte que vive en la muerte de la luz apenas presente que aún se defiende.

¿Es esto de veras real? ¿Está ocurriendo esto realmente?

La Foxy como único testigo a mi lado, respondía con la ternura de su lengua, tan maravillada como yo en ese momento soñado que vivirá con nosotros eternamente.

Tan aventurera como yo, nos acompañaremos juntos, todo lo que nos sea posible.

Ya estamos, somos.

 

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