– El infierno –

Viajábamos al final de una de las cuncunas del transantiago con el Poro y con el Ron cargados con mochilas, carpas, bolsos, sacos y bolsas buscando el lugar donde teníamos que bajarnos. Cuando paró la micro, los chicos se bajaron mientras yo les pasaba las cosas desde arriba. Todavía quedaban algunas cosas cuando la micro partió y no alcancé a bajarme. Toqué el timbre y lo toqué de nuevo, pero la micro no se detuvo. Le grité desde atrás para que parara, pero no dijo nada. Le grité y le grité, hasta que le grité de todo. – Viejo culiao penca, para tu micro ahora, me tengo que bajar! El resto de los pasajeros era un pueblo fantasma, nadie se inmutaba, como si no estuviera pasando nada. Le grité tanto y de todo, que a ratos daba la impresión que el chofer se levantaba de su puesto para venir a callarme, pero su movimiento se diluía como aire. La puerta estaba abierta y pensé en tirarme, pero de ninguna parte apareció un hombre de chaleco rojo que se paró entre la puerta y yo para evitar que salte. El tiempo se convirtió en un velo y estoy seguro que pasaron años congelado en el movimiento constante de una micro que jamás se detiene, mientras miraba las nucas de los fantasmas grises sin rostro que viajaban conmigo. Santiago había dejado de existir, avanzando por un camino de tierra en el campo. A los lados, hasta el infinito en el horizonte hay miserables y eternas  plantaciones de lechugas tristes, semi secas y abandonadas. La belleza del cielo celeste contrasta con el tono verdoso y amarillento del campo que no tiene fin. Por alguna razón la micro bajó la velocidad y salto por la puerta que nunca se había cerrado. Todavía con las cosas en las manos, camino de vuelta desde donde veníamos, en esa soledad tan inmensa que termina en la nada. El camino comienza o termina, entrando o saliendo de un inmenso galpón metálico, por el que no recordaba haber pasado cuando venía en la micro. Es tremendamente viejo, oscuro y desordenado. Hay motores destripados, desparramados por todas partes, amontonados unos sobre otros, oxidados y viejos, muertos, completamente abandonados en cualquier parte. Dos hombres con overoles azules se me acercan como brotando desde la nada misma. Tienen sus manos negras, cubiertas de aceite y grasa, agrietadas por milenios de trabajo. En sus miradas no hay mas que indiferencia y vacío. Ni siquiera me miran, sus ojos me atraviesan, fijos en la rectitud eterna de la ruta rodeada de lechugas secas. – ¿Por donde sigue el camino?, les pregunto. No me miran, no me contestan, no existen, o no existo. Les pregunto por la micro, no hay reacciones. Son como muertos. Esto es el infierno. El infierno es exactamente esto. Salí del galpón hacia el vacío del camino. – Adonde estoy! – gritaba agarrándome el pelo. Los hombres, todavía de pie en la puerta del galpón, miraban como esqueletos la profundidad de la nada. No existía mas que las lechugas, el galpón, el camino, sus piedras y yo. Era un prisionero del tiempo, y estaba atrapado en ninguna parte. – No se donde estoy, decía desesperado, sentándome en el suelo, sin atinar a nada. Una revelación llegó entonces a mi mente y disolviendo el infierno en el que estaba, me dijo:

– Despierta, estás en tu cama.

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