Desde el asiento 29

Es hermosa la forma de este país que permite moverse con verdadera amplitud o para arriba o para abajo, donde sea que eso sea. Cuando me subí en este bus el día se encontraba en el estado en el que se encuentra un niño que aun no se decide si aguantarse o llorar, las nubes cargando el aire con todo su propósito bloquean todo rayo de sol, aunque iluminan la tierra con una luz suave y brillante que no permite la formación de sombras. Así y todo, nadie podría decir que va o no a llover, como el niño apretando los labios, esforzándose en tomar su decisión. Ahora hay un sol chacal que lo quema todo. Adentro somos pocos: cuando compré el pasaje la niña me dijo que eligiera cualquier asiento que estuviera en negro. Todos estaban negros. Era el primero en elegir asiento, lo que era curioso y raro porque llegué hasta esta ventanilla al estar las demás compañías todas agotadas (o desvergonzadamente caras) y me produjo un poco de desconfianza. No importa, dije. La mayoría de mis sueños son muy parecidos a esto y en mis sueños siempre despierto. “El 29 por favor”, le dije a la niña, mas por juego que por nostalgia, además de un poco de psicomagia. El bus resultó ser real, como real su ventana y los paisajes que me muestra. Están hermosos los campos… hasta donde alcanza la vista veo belleza. Es lo que me gusta de viajar, sentir el movimiento de la vida mientras todo ocurre tan veloz allá afuera. Me acomodo a mis anchas porque además del 29 tengo el 30, y todos los demás a mi alrededor porque el bus viene casi vacío lo que es una gran fortuna porque traigo una crisis termonuclear de peos asesinos y no he llegado al punto (perdonadme mi honestidad egoísta) de aguantarme 8 horas seguidas la brutalidad incólume de un ataque químico desatado en mi interior: Eso podría significar la muerte. El calibre que porto es de alto nivel y muy profesional, ya que muchos años en este ejercicio me han enseñado a desarrollar una técnica que al permitirme soltarlos sin ruido, me libera de incómodas explicaciones y miradas raras. He disfrutado cada momento de este viaje, se que será solo un viaje de ida porque quien vuelve no tendrá nada que ver con partió. Mientras miro los campos, leo mis libros, me comunico con la gente que quiero, me mentalizo en poder adaptarme a lo que se viene, y escribo. En alguna parte nos detenemos y el bus se llena de gente. Personas de todos los tipos, colores, edades y formas se van ubicando en sus asientos inundándolo todo como una marea de gente que todo lo moja. Aun no me acomodo para ceder mi puesto sin algo de violencia. Me encuentro demasiado cómodo, pero decidí retirar mis piernas del pasillo porque percibí que las primeras personas tuvieron algo de dificultad en esquivarme para pasar atrás. El bus está lleno y están todos los asientos ocupados menos el mío. Como nunca detuve la batería bioquímica antimotines, comienzo a sospechar que quizás fui detectado y es una de las razones por las que nadie quiere estar cerca de mi. Me siento algo discriminado. No los culpo, yo mismo quisiera estar en otro lugar cuando se da la orden de fuego, aunque tantos años de intima confianza me han sensibilizado a tomarles cariño, a disfrutarlos incluso. No hay mejor relación que la que existe entre un peo y su dueño. En el 32 viene una monumental gorda de rosado que ocupa el 25% del 31. Cosas como esta me hacen pensar en el azar del destino o en el amor que tiene por mi el universo por haberme ahorrado esa colosal pechuga en mi frente. En el 36 está sentado un niño hermoso que se viene riendo por todo, con una de esas risas de guagua que suenan como burbujas que salen debajo del agua. No lo escucho tanto porque vengo enchufado con el soundtrack de mi vida, pero entre tema y tema escucho sus borbotones de alegría y con el me río también, porque la risa es lo mas bello que tiene la vida. Al parecer este es un bus de gran categoría, porque además que nadie me ha pedido mi pasaje, el muchacho de los pasajes pasó repartiendo a todos un menú de comidas donde la gente puede elegir su merienda, cosa que nunca antes había visto bajo este cielo de Dió. La comida aun no llega por lo que imagino que el mecanismo es mas complejo que lo aparente, y en un deslumbre de ingenio y tecnología, pienso que el Amigo de los Pasajes textea a la Tía de la Cocina los distintos pedidos, con la suficiente cantidad de kilómetros de separación para que la Tía tenga todo listo y calentito cuando pasemos a visitarla. Yo no pedí nada, porque desconociendo las ventajas que nos entrega el ingenio humano, me traje mi propio almuerzo, el que ya despaché en un breve lapso de tiempo, apaciguando la lombriz picada a reina que vive gobernando las tripas de mi interior. Ahora todo está en calma, no hay conflicto, el universo está en paz. Detrás de mi viene una pareja de Adultos Mayores cuyos ronquidos desafían la superioridad de mis gases. No se si los he puesto a dormir yo, o esto se está convirtiendo en una franca competencia abierta por el dominio totalitario del bus. Los admiro no por el nivel de ruido que generan en su conjunto, sino por la capacidad que tienen para soportarse al escucharse a si mismos durante tantos años… Quizá es verdad, es ciertamente una competencia y yo soy nada mas que el rival mas joven. Cuidado abuelos, no me menosprecien, he venido entrenando con severas dosis de cebollas en escabeche. Conmigo no… Conmigo no. ¿para qué vamos a meter a los carabineros en esto?. Al parecer el mensaje fue claro, los dos han alcanzado la paz y ahora semimedioapenas respiran en silencio. Como en silencio respira también mi alma y mi mente, preparándose para el ejercicio al que nos vamos metiendo…

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