Desconfianza.

el

Ya cumplía casi un mes de modo ermitaño, sin salir realmente ni conectar con los demás cuando una oportunidad de las bonitas, me presentó un regalo como un bello recreo para volver a conectar. Revisé los sistemas, probé los circuitos, reinicié los medidores, encendí motores y despegué.

La orden fue “una tarde perfecta” y en esa perfección me sumergí en el sueño que me había inventado. Sin un plan dejé el campo y me fui para el centro, metiéndome cada vez mas en un atasco constante y creciente. Como venía tranquilo y con tiempo, me di el gusto de observar el descomunal desmadre y el insensato desborde de autos apretujados.

Luego, se me olvidó.

– Ahí hay un espacio!! A cagar CTM, meterme como sea!

Ni siquiera llegué a la acción de contribuir con más aprete cuando me pregunté “Que mierda fue eso!?”. Así de fácil se puede perder la perspectiva y pensar que es sólo uno el que importa y dan lo mismo los demás. Luego que uno se da cuento de esto, es fácil rehabilitarse, pero requiere mucha observación de los impulsos para no volver a joder(te) con el egoísmo y la individualidad.

Me estacioné lejos del centro para no estresarme con las consecuencias de la sobrepoblación, y además para caminar con los colores de mi música. Pasé cerca de una barbería que abrió hace poco donde me corté el pelo una vez, cuando en la cabeza tenía una cagada muy parecida a la de ahora.

– Vamos a poner orden en la cabeza, total todo es perfecto.

Y así no mas, me metí.

Había un niño acostado en una de las dos sillas del barbero, y otro niño en la otra cortándole el pelo a un niño mucho mas niño que todos los demás. “Qué cresta está pasando aquí, aquí hay puros niños”.

El que estaba acostado levanta las orejas y me pregunta si vengo por un corte. Me asusté. Yo sabía que los chicos eran jóvenes, por eso me gusta darle una oportunidad a algo diferente pero esto rayaba un poco en el Riesgo Innecesario. “¿Me vas a cortar el pelo tú?”, le pregunté. Daba la impresión de que yo iba a ser su primer cliente. Se cohibió completo, levantó los hombros y muy inseguro trató de responderme:

“bueno, este… o sea…”.

Chucha pensé yo, me lo cagué.

No importa, vamos no mas, total vengo en la Confianza de la Tarde Perfecta.

Salté al vacío.

Con la intención de corregir mi falta, entregado me senté en su sillita y le dije: Soy todo tuyo. Preparó todo con una delicadeza tan metódica y precisa, que me dio la impresión de encontrarme en un quirófano. Era eso, o era todo un alarde para restregarme en la cara mi desconfianza frente a su inexperiencia.

– Qué es lo que va a querer?, me preguntó.

– Mira, le contesté. La verdad es que no quiero nada tan elaborado, solo necesito un poco de orden, sin recortar tanto, algo piola.

En la Confianza Perfecta y dándole rienda suelta a su labor, cerré los ojos para viajar en la paz que implica la entrega total. Todo es perfecto. Pero de pronto, sentí como avanzaba la afeitadora como una cortadora de pasto por mi cabeza.

Esto no es perfecto.

Me asusté.

– Cresta! ¿en qué mierda estaba pensando cuando me metí aquí?

Abrí los ojos y me vi en el espejo con cara de pollo, riéndome asustado de lo penca de mi entrega y mi vergonzoso salto al vacío. Intenté volver a confiar, me repetí lo de la tarde perfecta, pero ya no lo creía. Dudé de todo.

Cerrando los ojos de nuevo, me pasó la maquinita por todas partes y germinaba la semilla desesperada de mi horror en crecimiento. Abro los ojos, todo es irremediable, esto no tiene vuelta. Vi una imagen de ejemplo que ellos tienen en las paredes como ideas para sus clientes y nervioso recordé:

– Por la cresta, se me olvidó decirle que no quiero nada como eso.

Ya, filo. La tarde sigue perfecta, en el peor de los casos me pelo a lo huevo. Listo, se acabó el asunto ya estoy aquí. Salto al vacío, salto al vacío… ohhmmmm ohhhhmmmm… are are… todo.

– “Pero que no se le ocurra cobrarme…”

Mierda! ¿como puede ser tan difícil confiar? No me podía soltar. Dedicó un tiempo absurdo en rebajar capa por capa cada uno de los centímetros de mi cabeza, cambiando maquinitas cada 10 segundos, y moviéndose como si estuviera pintando un Pollock.

“No puede ser. Me está dibujando un arco de futbol en la nuca. Cuando termine lo voy a pescar del cogote. Bueno, no importa. Que haga lo que quiera. Que me dibuje el Maracaná, Maluma o la Christina Aguilera, ahora si que da lo mismo.”

50 minutos después, siendo ya el corte mas largo de mi vida, me pregunta por la parte de arriba.

Vamos recién en la mitad!

Era tanto el esmero que le ponía a cada pequeño corte, que en cualquier momento me va a preguntar si voy a querer también que me afeite la raja.

Intentando separarme del proceso con visualizaciones de krishna y mujeres piluchas, no podía pensar en nada mas que no fuera la Capilla Sixtina dibujada en mi nuca. Ya casi convencido de terminar con la cabeza entera espumada, le contesto que haga lo que considere mas adecuado para lo que sea que esté haciendo conmigo.

Total… ¿Cómo puede ser tan terrible empezar el invierno con la cabeza rapada?

“Hártate con tus tijeritas, diluye todo tu ser en expresarte a través de mi cabeza, mándale a cagar”. Y después de un indeterminado lapso intemporal, me lanza un

“¿Que tal?”

Heme ahí yo, sentado debajo del capullo humano, rodeado de los ruinosos vestigios de mi pelo, descubro no con tanta sorpresa que me había hecho exactamente el mismo corte que tenía de ejemplo en su pared.

– Soy un puto Mauricio Pinilla –

Lo bueno es que no tengo ni el arco de futbol, ni Maluma, ni a la Christina Aguilera, ni el Ecce Homo dibujado en la nuca.

“Tengo que agradecerle eso.”

Le pongo atención al corte y es preciso. Podría haber sido peor. ¿Que mierda le puedo decir ahora? Con la esperanza de que mis chochos me devuelvan la personalidad que perdí, valvulando mi enojo le digo:

– ufffffff.

Me preguntó si quería laca. Ahí me dieron ganas de apretarle el cogote, pero recordé que asfixiar a las personas no encaja dentro del concepto de Tardes Perfectas.

– No, todo bien, tranquilo, así no más.

Me levanté de su sillita.

El barbero de al lado lanzó un tímido y muy poco convincente “quedó muy bueno” y tomando aire para no golpear a nadie, respondo:

“Si, es verdad. Es un buen corte, pero no es lo que pedí. Esto no es poner un poco de orden”.

Agradecí la dedicación, el esmero y el cuidado. Antes de salir le estiré la mano y apretando fuerte, buenas le dí las Muchas Gracias.

Varias horas después de muchas historias perfectas, se me cruzó un espejo de frente y me impresioné de verme tan distinto…

Me reí.

Me reí de mi desconfianza, de mi miedo, de mi indecisión, de mi falta de fe.

De mi.

– Era un corte perfecto –

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