0. Un Día Perfecto: Relatos conectados

Despertó cuando comenzaron a cantar los pajaritos de su alarma. Dio un prodigioso salto desde su cama para callarlos y antes de llegar al suelo ya estaba envuelto en su frazada. A pesar de la locura de estar sentado en el piso a las 6 de la mañana disfrazado de vagabundo terminal, todo era parte de un plan para poner en práctica “una insensata meditación matutina para empezar un día perfecto. Rebosante de un barundio gerúndico ipsofláctico, consiguió en su alegría semifuncionar a esa hora y ducharse con cierto grado de éxito. Sin avisarle a nadie, decidió que después de visitar al gaitero habría una reunión de trabajo y buscó una camisa a ver si sumaba puntos “inspirando seriedad. Aunque salió atrasado, igual se detuvo para tomarse “todo el tiempo físico del mundo para tratar un tema que requería todo el tiempo físico del mundo, con la esperanzadora confianza de saber que un día perfecto trae los “tiempos perfectos” incluidos. Sin apurarse y con todas sus facultades mentales en orden, llegó en el tiempo justo. “En la casa del Gaitero mientras trabajaban, hablaron de arte, de Trump, de la Tía María, de las sopaipillas justas, de las pasadas y de la filosofía de los comedores compulsivos de mocos. Con buena música, tabaco y buen café, encontraron las soluciones que estaban buscando para hacer que la teoría funcione y las noticias para alegrar los corazones. Cuando llegó la hora de partir, “incandescente” y levitante salió de la casa: Había que enfrentarse a todos los miedos y lograr entrar a una oficina para asistir a una reunión de la que nadie aún se había enterado. Se atrevió a desconfiar de la perfección del día durante las primeras fases de aquella incursión vikinga, porque se fue encontrando con una serie de trabas tan jodidas como inesperadas. Buscó la forma y se afirmó entonces en la fe de la reunión perfecta. Levantó bien alto el dedo para decirle a la Señorita de la puerta “Tráigame al gerente!”, quien obnubilada por la orden, caminó al interior de la oficina dejando la puerta indefensa. Era la oportunidad y el la aprovechó: Estaba dentro! El Gerente, en ese momento un anónimo y perfecto desconocido, resultó ser “un hombre tranquilo y feliz” que ayudándolo a desatorarse, lo invitó a pasar a la oficina para explicarle de que se trataba todo esto. Fue en ese lugar donde jugó “su mejor partido“. Seguro, feliz y con simpática claridad, le presentó su idea. Cuando terminó de exponerla y se dispuso a escuchar, descubrió la bella existencia de las “frustraciones perfectas” así que antes de romperlo todo y saltar por la ventana, se dio el tiempo de aprender a verlas como ventajas. Terminó por convertirse en una curiosidad. “¿Acerca de mí?“, sorprendido le dijo al Gerente antes de contarle su historia. Así concluyó la reunión, el nacimiento de una nueva amistad y la mañana que ya se convertía en tarde. Mientras levitaba nuevamente en la gracia divina, salió de la oficina agasajado por las maravillas de las “Sincronías Perfectas. Volvió a casa transformado, rebosante de confianza y feliz de atrevido a arriesgarse. En la curiosa contrariedad de un dorado día gris, bajo la lluvia cantando alegrías por el Camino del Bosque, llegó a casa a contar “Les bonnes nouvelles y sentarse a comer “Las famosas lentejas antes de viajar al lugar donde no escribiría este relato “perfecto.

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