La nueva rutina

Anoche dormimos en la alfombra con la Foxy. Es toda una experiencia. Solo puede compararse con dormir con una wawa. Cada media hora hay un drástico cambio de posición. Es una ruleta rusa el adivinar cual de sus patas terminará apoyada en mi cara, o en que recóndito lugar de mi cuerpo, terminaría apoyada su cabeza. Se acomoda sin escándalo, con la suavidad del respeto por el que está dormido.

Despertó temprano.

Siempre despierta temprano, es una niñita.

El primer langüetazo en la cara llegó a las 9 de la mañana. Por supuesto que en la seminconsciencia, esquivé como pude su lengua loca, para tratar de robarle algunos minutos mas a la mañana que ya brillaba sobre mi cara. Lleno de incredulidad, celebro  por fin una mañana brillante. Hace tanto tiempo que vivimos mañanas opacas y ésta insurrecta, brilla por si misma. Intento convencerme de dormir un poco mas y luego salir a disfrutarla y voy bien, pero otro langüetazo en la cara me juega en contra y llego a la conclusión que intentar dormir, es una batalla que no podrá ser ganada.

Me pongo mis chalas y partimos rumbo a la Misión Pichí. Ella me espera sentada al lado de la puerta con la expresión que tendría la ansiosa impaciencia si tuviera forma de perro. Le pongo su correíta para cruzar la calle, abro y de un salto…

Chum pa fuera!

Hay solsito. Días sin ver el sol. Yo prácticamente a poto pelado, con un plumero en la cabeza  y los caminitos de caracol dibujados en mi cara. Cruzamos la calle hacia la plaza. Ella tira y tira.

– Foxy, correita!

Detiene todos sus motores, se sienta en el suelo y la desenchufo.

Liberación!

Corre como una loca durante 2 metros y se sienta a hacer un pichí. Vuelve a correr como una loca por 3 metros mas y se encorva para soltar una caca. Se limpia sus patas con el movimiento clásico y va a saludar a los amigos.

La Jauría.

Es un grupo de perros callejeros que vive en la plaza y son caleta. Deben ser unos 8 y se apañan super bien, y andan apatotados para todos lados. El amigo que cuida la plaza me mete conversa y me cuenta todas sus historias.

– El amarillo es el Sam. Cuando lo vi por primera vez, tenía un collar que decía “Me llamo Sam” y tenía un número de teléfono. Llamé y lo vino a buscar una señora que vive por acá. A los tres días apareció de vuelta. La señora me contó que el Sam no estaba para estar encerrado, así que lo dejó ser. Un día estaba aquí en la plaza feliz cuando alguien lo sube arriba de un jeep y el Sam, feliz con la lengua afuera sacando la cabeza por la ventana, desaparece. Dos semanas apareció después todo parchado y sin cocos.

Los de la Jauría no son tan amigables, incluso son medios weones, pero a la Foxy la toleran porque se hizo una buena amiga que está muy loca: tiene una fijación con los collares. Es como el Che Guevara de los perros. Quiere liberarlos a todos de la opresiva correa humana. Ya me rompió uno. Así que con ella juega sin collar.

Se persiguen y se muerden y se atropellan y se tiran al suelo y se vuelven a morder y se siguen persiguiendo. Lo pasan chancho. Y yo con mi libro y mi desayuno me siento al sol a mirar como juegan y listo a soltar el chifle si se acercan a la calle.

– Foxy correita!

Nos vamos para la casa.

Empieza la mañana.

– Foxy ¿Que vamos a almorzar?

– Siempre es algo rico –

¿Tienes algo para decirme?

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