A la feria en bici con la amiga.

Estábamos a punto de comernos todas las verduras, y en esta casa, si terminas con las verduras sigues con el cuero de los zapatos porque es prácticamente lo único que queda. Mentira, siempre caigo en la fanfarrona tentación de los coquetos mariscos.

– Foxy, te animas a ir a la feria conmigo en bicicleta?

La Foxy me mira con la misma cara que si la invitara al mundo donde ella pueda cazar fácilmente pajaritos.

Era mas bien un experimento social, en una sociedad ilimitada conformada por un ser humano y un perro. Con otros perros había intentado este gracioso experimento consiguiendo un muy exitoso sangrado de rodillas y manos peladas.

Suficientes estudios avalaban la mala idea.

Acostumbrada a rendirse al irresistible poder de su emperadora nariz, los primeros metros fueron tirones de aprendizaje. Luego los tirones fueron cediendo de a poco a una cuidadosa atención en el porvenir de las 12, 3 y 9 en punto. Tomamos la ciclovida que pasa por mi plaza y la seguimos hasta que llegamos al centro, todo conectado, perfecto. Nos dimos recreos en cada plaza y la solté para que fuera a jugar con sus amigos “todos los perros” y “la mayoría de los seres humanos”. Definidos los límites nuevos, jugamos alrededor de las plazas corriendo a alcanzarme mientras volábamos entremedio de la gente, venciendo la invivible frustración de no poder atrapar palomas.

Buscaba por qué calle bajaríamos a la Feria cuando me topé con el correo. Como una oleada de intenciones se ejecutó toda la secuencia de acciones que terminaron con una carta metida en un buzón a tres metros de donde la Foxy me esperaba amarrada en la escalera del edificio de los ciclistas mas bravos de Chile.

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Al volver afuera existía una inusitada confianza de calle. Corriendo a mi lado mientras giraban nuestras ruedas, la Foxy me ayudaba a esquivar oficinistas y vendedores, abuelas y coches, ladrones, policías, abogados, vagos y arquitectos, gente triste, viajeros, soñadores y mas perros.

Con buen ánimo y decisión llegamos de vuelta a nuestra plaza donde la Jauría recibió a la Foxy con un exacerbado interés, seguramente porque en su pelaje traía historias pegadas de una muy considerable cantidad de amigos nuevos. Compartimos un rato con los chicos pero la verdad es que estábamos un poco cansados. Entramos a la casa, la Foxy se acuesta raja y yo parto a iniciar el proceso de comida. Me bastó ver una tasa para pegarme un palmazo en la frente.

– No trajimos las verduras!

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