Entendiendo a Hemingway

Desde mi pequeña ventana empotrada en uno de aquellos techos de la época de la revolución, sentado en mi cama miro como anochece París. Tiene esa clásica ternura rosada que le otorga el estatus de Ciudad Enamorada. Hoy será luna llena.

Me enfrento a las ganas de salirme por la ventana hacia el techo y sentarme a divagar mi mente entre chimeneas y palomas, junto a la ventana de algún prodigioso estudiante de violonchelo, pero no me parece prudente amanecer en una comisaría durante mi primera noche en Europa.

Es mejor salir a conocerla. Sería una buena idea verla desde arriba antes de regocijarnos sus manjares en la dulzura de sus enigmáticas esquinas. Resulta ser que el punto más alto de París, es el Montmartre que da la coincidente coincidencia de estar a una cuadra de nuestro pequeño cuartito francés.

Suponía un plan tranquilo. No existían pretensiones de ningún tipo. Con la profundización de su penumbra, París comenzó a iluminarse con la temperatura exacta que siempre vi en todas sus representaciones y ese mismo brillo reflejado en cada uno de sus adoquines pulidos con mil años de trajín.

Con exquisita alegría fueron pasando los demasiados escalones del cerro donde vive una fiesta colectiva con gente de todo el mundo. La plaza del Sacre Coeur es una colmena de gente. Me pareció muy interesante la basílica, quizá mas interesante porque fue la primera catedral europea a la que había entrado. Quizá por eso tuvo el poder de cautivar completamente mi asombro de niño. Cosa fácil para su sorprendentemente compleja inmensidad. Muy motivado el Napoleón que la construyó.

Los aromas de la noche nos llevaron a compartir una cerveza en Le Consulat, luego otra y otra y como todo puede ocurrir, sobretodo en un lugar como París, sin darnos cuenta terminamos bailando las calles parisiennes con un pintor y unas niñas inglesas que había cautivado con su sonrisa y su guitarra. Abrazados bailábamos las callecitas adoquinadas despertando las aves para que anuncien la mañana.

“Start spreading the news…!”

Afirmados en una saliente del cerro, vimos brillar completa a esta ciudad incandescente para regocijo del cielo y siguiendo el rayo de luz que la abraza, revelarse por primera vez la delicada bailarina de fierro de la Torre Eiffel. Felices, seguimos cantando la belleza de la vida encontrándonos sin saber como, bailando como locos, la música gitana de los cuatro cuervos del Montmartre. Eran cuatro polacos que estaban sentados en la escaleras, ocultos en oscuros abrigos y sombreros negros. Movidos por quien sabe que curiosidad, invitación, amenaza o propuesta, abrieron cada uno sus estuches y el pandemonium se desató. Los músicos dieron su mejor presentación en París para quienes tuvieran la suerte de encontrarse allí.

Nos convertimos en una película de Kusturika. En las escaleras del Sacre Coeur, bailando el desenfreno de la vida y todas las luces de París a nuestros pies, una de las inglesas me hace un gesto y me llama a su lado ofreciéndome para fumar. Lleno de risa por la abundancia, me siento junto a ella que sonriendo me previene:

– Careful, it has a Stone in it.

– Gracias Hemingway, ahora entiendo todo…

…París realmente es una fiesta…