Eiffel.

Elegí llegar al corazón de la bailarina perdiéndome en su falda. Tomándome todo el tiempo del mundo, con delicia fui doblando en cada una de sus posibilidades, corrigiendo mi camino en todas las trayectorias curvas, orientándome por la joya que representa su potente corazón.

¿Cómo no iba a ver la torre desde cualquier lugar de París?

Así se me fue presentando la mas glamorosa de todas las ciudades. El otoño comenzaba a notarse en el amarilleo de todos los verdores, pero una manifestación de vida tan intensamente expresada en toda la ciudad, hacía dudar del tino de la naturaleza que con autoridad materna, aún se atreve a oponerse a la imparable corriente de vida que significa París.

Al menos aún permanece una entidad en la cordura.

No importa la imagen que te hayas hecho mentalmente de la torre. Punzante y filuda destruirá todas tus proyecciones y comparaciones perspectivas. Para comenzar a inexplicar esto, es inalcanzable. No importa cuanto tiempo camines hacia ella, su tamaño se mantiene. Es como si se alejara de ti la desesperanzadora ilusión del agua en el desierto.

No es que la torre sea muy grande, es que nosotros somos muy pequeños y en nuestra insignificante minimimez no podemos meter en nuestra mente algo tan curioso como la Eiffel cuando la miramos de lejos. Nunca se consigue realmente, a menos quizá que la hayas construido con tus propias manos y sin mas herramientas que tus uñas y tus dientes.

Decidí Trocadero para contemplar la visión que tuvo un niño sin amor cuando lleno de codicia, en sus bolsillos planchados se metió una preciosa joya que nunca realmente le perteneció. Es en ese lugar donde puede verse la Torre entera por primera vez e inventarse con esa perspectiva una ilusión acerca de la relación de su tamaño.

Muchas cosas es la Eiffel, menos medible.

Menos aún usando la razón.