En la cima de mi mundo

Estar debajo de la tremenda dimensión del área que delimitan sus piececitos de niño azulosos de acero remachado con tornillos, es algo que marea. Rápida(la)mente baja la bandera y sube una blanca después de un intento muy débil en tratar de entender la ingeniería de la construcción y su peso. Es imposible pero está aquí, más tangible de lo posible.

De película resulta ser el viaje en el ascensor que nos vimos obligados a tomar porque el tiempo no permitía hacer la Expedición por las Escaleras que probablemente requeriría olvidar la existencia de las piernas y levantarlas aún más, solamente con la determinación de la mente.

En la cara de los demás vi reflejada la mía. De todos los países del mundo, nos hemos convertido todos en niños, lo que le da enorme coherencia al noble oficio de la cigüeña. Con las caras llenas de vida, las emociones brillaban a través de los felices ojos que hacía demasiado tiempo no se encontraban con una curiosidad tan inabarcable como esta. Auténticas sonrisas, miradas hermosas y profundas, brillantes, honestas. Nuestra mente pensante que vive poniéndole nombre a todo, se embelesó idiotizada lo que nos dio la posibilidad de experimentar tiempo de calidad.

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La noche nos fue encontrando en el último nivel de la torre y mientras observábamos las hormigas allá abajo, moviéndose cada una según sus propios pulsos, en el horizonte emergió la luna llena. No se podía estar en mejor lugar para ver algo así.

Solo se puede disfrutar realmente cuando la mente está tranquila.