Insensatez.

– Ven y vamos a volar – me dijo. Y como ir y volar me parece siempre la mejor idea “Weno”, dije yo. Se suponía que nos juntaríamos a una hora razonable en algún lugar civilizado, pero ya oscuro y medio tarde, nos encontramos en la mitad de la plaza después de una incomprensible sucesión de errores de interpretación. Como hacía frío y estaba oscuro, a la amiga se le iluminó la ampolleta que todos tenemos dentro y propuso subir el cerro. Claro, ningún problema, voto por los planes descabellados, busquemos un lugar donde amarrar las bicis, pero ella determinó que era mas sabio subir un gran cerro en el medio de la oscuridad, en bicicleta. Levantando las cejas, bastante asombrado por el nivel de desprendimiento a la vida, no me quedó mas que sacarme el sombrero y aportar con el desarrollo de lo que fuese la locura en la que nos estábamos introduciendo. No fue necesaria la infiltración ilegal, porque los dueños de casa se habían ido a dormir dejando todo abierto, por si a alguna persona se le ocurría la absurda idea de desafiar a la muerte intentando no solo subir, sino bajar ese quiebrahuesos en bicicleta. No era necesario siquiera pensar en eso, el biónico empuje que teníamos que imponerle a nuestras piernas para mantener el avance cuesta arriba, era solo opacado por la necesidad de intentar imaginar cual es realmente la dirección del camino en la mas imperante de las negras tinieblas. Callado pedaleaba la vida, pensando en no humillarme a mi mismo al expresar derrota antes que la compañera, lo que estuvo muy bien, porque llegué a acostumbrarme a no pensar en la insensatez de nuestra actividad y lo clásicamente cotidiano que implica avanzar sin descanso por la sinuosidad y serpenteo ascendente del camino, que afirmándose en los bordes que le ha ido quitando al cerro, busca elevarse hacia el cielo. Sin que se notara tanto, con la lengua afuera llegamos por fin a las escaleras de Rocky donde el Ego indica subir la bicicleta al hombro, pero la sensatez termina por hacerse cargo para arrastrarla un poquito por el borde, sin borrar la sonrisa relajada, aparentando que lo que se hace es fácil, considerando también lo que acaba de hacerse para llegar hasta donde habíamos llegado. Ahí quedaron semi tiradas las bicis que no tenían patas, porque las bicicletas que tienen pata se mantienen dignas hasta el very mismo fin del fin. No fue demasiado largo el rato que nos duró la tarasca abierta con el paisaje de la ciudad allá abajo tan iluminada y tan embadurnada en la densidad de los gases de la calefacción que la esconden bajo esa bruma hedionda y espesa que permite – todavía – vivir en ella. Salió el uno, se doblaron las bichitas de aluminio, salió el dos y llegaron los marcianos. No es que aparecieran en lo mas profundo de la oscuridad en la parte mas alta de un cerro a la hora mas tenebrosa  y fría de la noche, cada uno enchufado en las luces de sus terceros ojos amarrados en todas sus frentes, moviéndose como un sin fin de luciérnagas con ropa deportiva. No, no era eso. Lo que los convertía en marcianos era justamente subir a correr un cerro con esta temperatura y esta oscuridad. Tuvieron la amabilidad de exhibir ante nosotros una compleja y muy dedicada rutina de elongación que les permitiera a la mayoría de ellos, tener un día normal cuando llegara la mañana. Deportistas… están todos locos. Por eso cuando terminamos nuestras cervezas y matamos la cola, decidimos que era un buen momento para la bajada. Era evidente que esta peripecia no estaría libre de accidentes, así que fue durante los primeros pasos del descenso, cuando mi amiga exclama llena de sorpresa que su casco no bajaba con nosotros. Le atribuyó el funesto destino de haberse desprendido de su fijación al momento en el que ella se habría estrellado contra la verja de la plaza, intentando no se qué compleja maniobra suicida. A mi cuidado de los malhechores del bosque, quedó tirada su bicicleta en la Escalera de la Revelación, y cojeando aún, con su pierna damnificada por el golpe, subió los peldaños preparando el rescate de su casco pródigo. Radiante bajó con el casco ponido en su sesera ahora protegida, sugiriendo tal vez por la misma razón, la posibilidad de que no fuese tan necesario hacer una carrera para la bajada y tomarnos las cosas con calma. Había nacido la cordura. Siguiendo entonces la luz de aquel responsable designio de la razón, se sube a su bicicleta y me lanza el afamado e incólume “Tu dale que yo te sigo”. Y así sin mas fue como me lanzó a los leones, con la esperanza de convertirme en el comodín que se desbarranca primero y lograr así, una vida extra en este juego llamado La Bajada  Del Cerro. Ningún problema que para eso estamos, y nos fuimos pa abajo miercale. Los primeros metros fueron dulces y bellos, pero cuando el camino se metió al bosque, en la profundísima oscuridad de belcebú, perdí toda conexión con la realidad y en la mas absoluta ceguera, también la tangibilidad de una ruta ya demasiado incierta. No fue necesario advertirle del peligro con el que me había encontrado, que la amiga por su parte también contenía el orinarse de miedo y de risa en éste caótico callejón sin salida iluminado por las chistosas ventanas que dibujan las nubes entre los espacios por el que nos comparten las estrellas que nos visitan. Sin huesos quebrados, rasmillones ni golpes (pocos), victoriosos y llenos de vida llegamos abajo, entuhumedecidos por la atmósfera chacal del invierno de esta ciudad infame. Terminamos la última cerveza en una de las plazas que visitamos, liberando las últimas risas y sinsentidos antes de descubrir que éramos vecinos y pedaleábamos para el mismo lado. Envueltos en todo trozo de tela y abrigo que fuese posible, avanzamos por la carretera y sus callejones presentándonos los lugares por los que pedalear valía la pena, internándonos de lleno en la espesura de una niebla como pocas y sin igual, que entorpecía incluso el tráfico de los autos que avanzaban precavidos haciendo juegos de luces para no chocarse. Con el cruce llegó el abrazo y con el abrazo otro, y agradecimos mutuamente el apañe de compartir con un amigo, las locuras bizarras de la vida que por falta de valiente compañía, terminamos por lo general haciendo solos. Pero haciendo, al fin y al cabo. Tomándome todo el tiempo del mundo, atravesando la peor de todas las nieblas, me dirijo a casa a encontrarme con las perritas que me esperaban en la reja, y compartí con ellas el último paseo de la noche, antes de venir a sentarme a este lugar a escribir esta historia mientras como fruta.