miyinmiyang

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Siento la vida de una manera en la que la experiencia que se está viviendo es un inmenso regalo para valorar y soltar los complejos que le quitan el protagonismo a lo que sucede. Soltarlo todo, el cuerpo, las emociones, la sonrisa, la vida misma que se expresa libre sin trabas, respirando todos los aromas, los sonidos, las sensaciones, como si fueran una proyección de delicias en un banquete de emociones. No siempre es todo tan intenso como para llegar a niveles tan amplios de la libre percepción del momento, de sumergirme en un estado sin tiempo, donde el cansancio no importa y el agotamiento nunca llega, porque el cuerpo se mantiene doblegado al infinito poder del ser, que no le da tregua a la mente la posibilidad de retirarse siguiendo la negatividad limitante del estado de juicio. No siempre pasa, pero pasa cuando bailo, cuando río, cuando escribo, cuando paseo en bicicleta, cuando hago música, cuando actúo, cuando abrazo, cuando amo. El tiempo se diluye en la ausencia de la mente, que queda frágil y desnuda rendida al placer de entregarse por completo a todas las sensaciones de la vida. Ese es mi lado vivo, cuando cierro los ojos y me entrego a lo único que existe y todo lo que tengo conmigo es una herramienta para expresar. Mi dualidad se enfrenta a todo lo contrario, al ingobernable pesimismo, a la debilidad, a la falta de fuerza, a la falta de propósito y objetivo, a la violencia, a la intolerancia, al mal vivir, a la falta de amor, al hambre, a la pena, a la guerra, al egoismo, a la tristeza y a la locura. Me supera la mayor del tiempo y comienza en el lugar donde vivo, en la casa, en mi familia, en su tristeza, en su intolerancia y en su rabia, en su estrechez, en su falta de amor, en su falta de disposición y en su ausencia de ganas. Con los angeles del cielo bailo en el circo del infierno, con sus demonios y sus muertos, y me atrapan y me absorben y me botan. El mundo deja de ser un lugar perfecto, y la vida ya no es tan bonita, ni tan pura, ni tan plena. Aparecen las misiones y los objetivos, las metas y los desafíos oprimidos, las tareas impuestas, las obligaciones externas. La vida ya no es ese mar calmo y claro de luz pura y esperanza, sino la oscura tormenta que todo lo barre y toda construcción destruye en la desesperanza de la inestabilidad de cada acción, cada propósito, cada intención. En cada ¿para qué?. En ese oleaje me muevo, voy y vengo, me encuentro y me pierdo, me levanto para caerme, me caigo para levantarme. Vuelvo al cielo cuando me libero, y despreocupo de lo ajeno, del juicio, de la evaluación, del pensamiento de los demás. Vuelvo al cielo cuando me libero de mi propia mente y detengo las preguntas y los cuestionamientos que me hacen evaluar lo que estoy viviendo como si mi punto de vista fuera relevante en esta joya espontánea de la creación. Vuelvo al cielo cuando me suelto y mi cuerpo vibra libre, entregado a la emoción del movimiento total y completo, donde sus articulaciones se encuentran en dominio y bajo control. Vuelvo al cielo cuando amo y mi núcleo se expande para compartir mi esencia en una demostración sin límites de la capacidad del ser, sin prejuicios ni notas, ni preguntas, ni respuestas. Vuelvo al cielo cuando me entrego a el, cuando dejo maravillarme por lo que es, por lo que está, por el momento único que no volverá. Vuelvo al cielo en cada latido consciente, en cada estrella que admiro, en cada nota que vibra conmigo, en cada beso, en cada abrazo, en cada contacto verdadero con el espíritu de los demás. Se acaba el miedo, se termina la pena, la duda, la falta de voluntad. La desesperanza se anula, la oscuridad de se va. Se queda mi sonrisa con la luna, expresión nocturna de toda luminosidad. Vuelvo al cielo cuando comprendo el poder del tiempo que no existe, lo inviolable de la verdad, el infinito poder del origen y el profundo instinto que proviene de la confianza total. Vuelvo a la vida cuando la pregunta y la respuesta ya no están.

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