Hacia el Rucapillán en Bicicleta

Dicen que las cosas que nos resultan inalcanzables son las que nos impulsan a intentar conseguirlas. No creo que sea una cualidad exclusiva de los seres humanos: Fue el mismo espíritu el que sacó a los peces del agua, puso a las aves en el cielo y a nosotros en el espacio. Es la vida misma abriéndose paso con todas las formas y recursos que va encontrando. 

Y la vida misma se fue abriendo paso por un camino de montaña que le tenía demasiadas ganas hace demasiado tiempo. Después de dos intentos fallidos por los dos lados en dos vehículos realmente potentes, decidí que el único vehículo realmente potente era mi corazón amarrado a mis piernas así que me díjeme a mi mismo:

– Pucón a Pellaifa por el Rucapillán –

“Mismo, haré ese camino algún día en la Catalina”.

Las casualidades de la vida me llevaron a conocer a la Caro, y como esta loca se había comprado el equipo completo para viajar en bici pero nunca había encontrado la oportunidad de usarlo, yo le dije: ¿Sabes que? Tengo un viaje planeado que tengo ganas de hacer hace rato, pero es de una exigencia tremenda… yo creo que es muy chacal.

 “Yapo, vamos”

“No no para, es que no es cualquier viaje…”

… Que la idea era bordear un volcán en actividad y salir por un camino que solo usan los mas valientes, donde entremedio no hay absolutamente mas que naturaleza virgen y adversidades. Que sería un desafío físico y mental que superaría todo lo esperado.

Como no le cambiaba la cara, le dije “Que no me estás escuchando! que cualquier cosa que te estés imaginando es mucho mas terrible de lo que piensas. Que si quieres venir conmigo tienes que entender que esto es por tu cuenta y que yo no te estoy tratando de convencer a matricularte en esta locura!” 

– Bueno, ¿Cuando nos vamos? – me preguntó.

– Nada que hacer –

Encontramos unos días libres y fijamos la fecha. Enchulé a la Catalina y por primera vez en unos 15 años le cambié un montón de piezas que estaban rotas. La Maria Kona, su bici estaba lista porque era nueva. Además, su naturaleza de montaña era a toda prueba y solo quedaba hacer las compras. Subimos las bicis a un bus y partimos a Pucón. 

– Había comenzado la aventura –

Aunque llegamos después de las 12 de la noche, mi propuesta era comenzar a pedalear para encontrar un lugar cualquiera donde poner la carpa, pero decidimos esperar la posibilidad de pasar la noche donde una amiga que nunca llegó y terminamos felices armando campamento en un rincón tranquilo de la calle, debajo de una escalera en la puerta de un baño.

Manerita de empezar el viaje…

Despertamos a buena hora, porque no se puede uno andar tomando toda la comodidad de la vida después de dormir en el suelo, así que desayunamos esperando la completa salida del sol para empezar a darle al pedal.

Que belleza de avanzar por una carretera suave con las piernas muy vivas y las mochilas cargadas de cosas ricas. Dulzura por todas partes, que momentazo tan genial el inyectar una pequeña cuota de energía y avanzar por el asfalto hacia la montaña, tomándose todo el tiempo del mundo para respirar todos esos increíbles aromas y la frescura del viento que enfría tus pulmones llenos de sangre viva.

– Hermosa vida mía… –

Como los hobbits, desayunamos nuevamente en el altar de un Jesús, por supuesto que terriblemente mutilado. Con su visión sangrante de torturas y sacrificio, le dimos el bajo al queso, al huevo, al chocolate y al manjar. Preparamos café y aprovechando el fuego con el que encendimos la alegría de vivir, le prendimos las velitas al señor Jesú y partimos de nuevo a la ruta.

No me reí tanto de la Caro cuando se le cayó uno de sus guantes y tuvo que devolverse algunos kilómetros para encontrarlo, lo que fue muy bueno porque así ella no se rió tanto de mi cuando perdí mi teléfono y retrocedí no se cuantos kilómetros para volver sin el, porque así no mas tenía que ser.

Y la montaña,
Tomando su primera víctima
Se preguntó a sí misma…

“¿Y yo para que mierda quiero un teléfono?”

Cuando se acabó el asfalto y comenzó la tierra y el polvo y las verdaderas cuestas, di por iniciado el viaje. Como yo ya tenía una vaga idea de lo que se nos venía, tomé todas esas adversidades como las cosas que busqué cuando decidí dejarlo todo por vivirlas.

Entonces, mientras desesperadamente tragaba tierra en un intento de meterle mas oxígeno a la sangre para que los músculos que atormentaba con cada kilo de peso que llevaba cuesta arriba, no se amilanaran por las ocurrencias que se me antojaban, me reía justamente para no amargarme la vida con mi naturaleza loca. 

“La belleza de enfrentarse a los límites propios no tiene comparación, cuando se hace en una forma tan silenciosa, suave, paulatina y desmedidamente tranquila”.

Yo mismo, cuando termina la subida.

Mejor aún con buena compañía. 

Por supuesto que nos pilló la noche pedaleando en la mitad de la nada, y no porque no nos hubiésemos preparado para ello, sino porque Madame Mim, la única persona que vivía en esa vastedad de montaña y bosque, con un palo nos fue a echar de la hermosa pradera verde junto al río, después de haberle pedido permiso para acampar en su tierra.

Pero en la tierra del camino!
…No fue nuestra culpa…
…nosotros vimos un buen lugar junto al río…

 – Bueno, nos vamos pero por favor no nos pegue con su palo..! –

Nosotros mientras recogíamos ollas y platos, y calcetines y sacos.

Esas fueron las últimas palabras que le dijimos a Madame Mim antes de volver a meter todas nuestras porquerías, tarros, bolsas y mugres arriba de nuestras bicicletas seguir pedaleando dentro de la noche que ya se nos venía encima. 

– Carajo!

Había que dormir en algún lugar y la montaña no paraba de encumbrarse. Era totalmente de noche cuando llegamos por fin a la parte mas alta del cerro y de tan alto que ya comenzaba una bajada.

…Era necesaria la bajada…

Justificando la geológica costumbre montañera de bosque de poner siempre un río donde se formara un valle, bajamos hechos un chifle en la oscuridad de la noche.

Gracias a aquel descenso en la oscuridad, acompañados por la inigualable sinfonía de la “Sonajera Cataplásmica del Festival del Freno”, terminamos el descenso justamente en un puente y más encima vivos. No hubo para qué negociar la parada, porque ninguno de los dos estuvo dispuesto a sacrificar otra de las 7 vidas de gato, considerando que no éramos gatos. 

“…Pedimos permiso a los presentes…”

– Dentren no mas, chiquillos – nos contestaron.

Movimos los palos de la tranca y nos inventamos una entrá.

Ya no mas… calladitos nos salimos del camino para meternos al bosque sin molestar la buena onda que hay cuando están lejos los humanos y nos pusimos a buscar (sin ver) un buen lugar junto al río. Pero como en todo lugar así cada lugar es un buen lugar, díjele:

“este es un buen lugar para mí”
a lo que ella respondió
“para mi también”.

Entonces mientras se levantaba la carpa, y se buscaban piedras y se armaba el fogón y se cocinaba el arroz, y se buscaba leña, y se picaban verduras, y se cebaba el mate y se alimentaba el fuego, y  con el fuego se quemaba la leña y se quemaba la hierba, un imparable ejército de estrellas se disputaba a codazos el cielo entre los pocos espacios que permitía la frondosa exuberancia de los gigantes que por esta noche serían nuestra casa.

NO se puede IMAGINAR mejor CASA

Noche, por lo demás tan intensa como activa y curiosamente silenciosa, que fue circunflépticamente teraupéutica para los 30 kilómetros de pedal que le habíamos pedido prestados a la montaña.

Con la canción del follaje, partimos a dormir después de haber esperado apagarse la última brasa del fuego, para agradecerle el habernos abrigado y asegurarnos que no se le anduviera ocurriendo salir a jugar por fuera del altarcito rocoso que le habíamos preparado. 

Mira que hay unos fuegos…
…a los que se les pasa la mano.

La mañana llegó con la Canción del Zuko, mientras por los aires volaba el queso, el pan, el yogurt y los frutos secos, que terminaron por dejarnos tan groseramente satisfechos de la vida, que ahí nos quedamos en el tan connotado “wata pelá” hasta que lo avanzado de la tarde nos hizo preguntarnos si no era mejor quedarnos otra noche.

Pero como el Espíritu de Aventura se antepuso al de la paja pereza (– alguna vez en la vida que sea… –) levantamos definitivamente el campamento y borramos toda evidencia que alguien hubiese estado alguna vez ahí, salvo por supuesto después de haber tallado con gran mediocridad en la corteza mas bonita, un glorioso “Brandol y Yendebel” como clara sintomatología de una avanzada insuficiencia neuronal.

Movimos los palos, sacamos las bicicletas al camino y después de cerrar la tranca que nos habíamos inventado le dije:

– Mira para acá que te voy a sacar una foto.

Sonreíamos felices porque no teníamos idea lo que se nos venía encima, a pesar de que encima solamente teníamos un volcán en actividad y una serie de muy respetables montañas nevadas al frente.

Ahora que lo pienso, no se por qué sonreíamos… 

Fue en ese momento en el que recordamos aquel consejo que daba botes en nuestra memoria…

  “Está nevado arriba…”

Dijo Don Pancho Villa, El Guardaparques.

Lo había dicho escondiendo su sonrisa detrás de su revolucionario mostacho de general, cuando tuvimos la suerte de toparnos con él mientras bajaba el cerro en su camioneta 8×8. Aprovechamos la ocurrencia de preguntarle por las distancias, pero ¿Qué es eso de kilómetros, cuando hemos venido midiendo las distancias con los litros de sangre bombeada?

¿Tres, cinco, quince kilómetros?
Háblame de litros y nos entendemos.

Entonces como no había mas que hacerle hacia adelante arriba, a la velocidad de los caracoles y muy calladitos nos fuimos tragando la pendiente que muerta de risa nos iba regalando la montaña envolviéndonos en el sobrecogedor silencio de su bosque y de nuestras bicicletas que no lo interrumpen, ni molestan, ni contaminan, ni le meten ruido, ni polvo, ni ninguna otra de aquellas rarezas tan propias de nuestra vergonzosa especie.

– Salvo alguno que otro pichí o caquita de campo –

Mientras subíamos las interminables cuestas, nos pasábamos el agua como un pretexto para detenernos a respirar sin vomitarnos encima y aún sonriendo para no aparentar debilidad. 

Fue en una de esas paradas, cuando oímos un río que bajaba por el camino sacándonos la lengua. Detuvimos nuevamente las bicis para agarrarnos la wata de risa, porque por circunfláptica que se esté poniendo la aventura, esto todavía no era nada… 

… no ves que está nevado allá arriba?

Con cara de Daaaa…….

Cuando se va por las planicies de la vida, experimentando la mas completa de las plenitudes, uno se puede dar el tiempo para detenerlo todo y dedicar la perfecta belleza del momento a conmemorarlo con una fotografía.

… en la más perfecta de las plenitudes…

… porque cuando se va cuesta arriba, con la lengua afuera, “empujando miserablemente” y con poco éxito una bicicleta demasiado pesada por una pendiente demasiado inclinada, con un cuerpo demasiado pequeño y demasiado cansado, la fotografía deja de ser tan importante.

Mas importante es poder llegar arriba antes que se desmorone el alma y antes de que eso – inevitablemente ocurra – atinar con la decisión de subir las bicicletas una por una en equipos de a dos, porque la tarea solitaria aunque posible, no deja de ser descabellada e insensata. 

:: El panorama es mas o menos así ::


“Donde se acabó la fuerza quedó tirada una bicicleta (cualquiera de las dos). Entonces, el que quedó “desbicicleteado” abandona ese cadáver inerte a su suerte (con rima incluida) y con la luz del estanque de reserva encendida, parte arriba (o abajo) a ayudar a empujar al otro que aún se debate en la desesperanza de “empujar miserablemente” la bicicleta que queda en pie con la poca energía que le queda. Una vez llegados los tres arriba (lo que pueden ser un par de kilómetros) la triunfante bici queda tirada ahí en la mitad del camino abandonada inerte a su suerte (ahí va otra vez) y nos devolvemos los dos hacia abajo, aún jadeando, apestando a polvo, a chancho, a sudor y cebolla, a buscar a la otra bici allá abajo que seguramente ya llora desconsolada.” 


Ahora bien, me detengo brevemente en el concepto de “Empujar Miserablemente”. puesto que ya lo he utilizado con regularidad, Permítome entonces explicaros, mi querido lector, en que consiste este fenomenal asunto de dios.

Empujar Miserablemente:

Dícese del acto de arrastrarse intentar caminar cuesta arriba (generalmente sobre una elevadísima pendiente), con la frágil pero auténtica esperanza de poder llegar arriba con una bicicleta que al pesar mas o menos lo mismo que tu, se resiste y se enfrenta con todos sus medios a moverse. Lo que resulta en un irrefrenable e incesante jadeo imparable mezclado con mocos, babas semisecas, y en algunos casos una que otra lágrima.

Del diccionario de las almas perdidas.

En esas faenas uno puede entretenerse bastante mientras maldice.


Fue durante una cuesta particularmente brava, que encontrándonos muy atareados y ya casi anocheciendo, nos descubrieron las luces de las motos de los guardaparques que sin esconder ni disimular su asombro ni perplejidad, nos invitaron a quedarnos con ellos a su casa algunos kilómetros mas adelante.

Conocedores de que comenzábamos a acercarnos a la civilización, les agradecimos el cielo eterno con diversas muestras de apopléjica servidumbre espontánea.

– Nuestro reino para ustedes por vuestro gesto, hidalguía y nobleza!

Armados nuevamente con inquebrantable fe y muy desafiantes, nos lanzamos entonces adelante, adentrándonos en la noche que comenzaba a cubrir la montaña. Cuando quedaba ya muy poca luz y empezábamos a deslizarnos por las primeras capas de nieve, un pensamiento invadió mi mente y me enseñó que cuando se transita cuesta abajo arriesgándolo todo por las pendientes nevadas de la vida, uno debe otorgarse a si mismo el tiempo para tomar la última fotografía de la noche no tanto como para contarle la historia a los nietos, sino como evidencia para la investigación del fiscal. 

– La magia de la fotografía agrega luz donde no la hay –

Con mas audacia que confianza, y más arrebato que prudencia, bajamos veloces por la débil huella cubierta de nieve que el hombre apenas había logrado dibujar sobre aquella tierra indomable, mientras nos envolvía de a poco en la mas vasta de todas las oscuridades.

La única luz que llevábamos con nosotros, se enfrentaba a la penumbra reinante del lugar, dibujando con nuestras siluetas pequeñas, enormes sombras de gigantes sobre impenetrables paredes de bosque interminable.

Y eso, a gran velocidad.  

– CUQUITO –

Finalmente, cuando ya no quedaba mas luz que la de nuestro frontal y de nuestra inagotable esperanza, el inmenso anfiteatro cósmico de estrellas que nos acompañaban se hizo presente, iluminando nuestro avance. Fue así como llegamos al acogedor fuego, refugio y calma con que nos recibieron los guardaparques en la paz de su hogar en la montaña.

Desensillamos las chiquillas, las pusimos bajo techo y mientras los chicos se encargaban del fuego, nosotros nos apoderamos de la cocina y como ya estábamos en las proximidades de la civilización, estaban las condiciones de preparar un festín de proporciones. A la luz de las velas comimos sin temor, ni vacilación, ni vergüenza y cuando nos refocilábamos del banquete apenas concluido, por entre nuestros zapatos cruzó la cocina a toda velocidad con toda calma la Monita, para subirse a la mesa a revisar si había algo interesante para su refinado paladar de monte.

La Monita del Monte decidió vivir con los chicos en la casa después de haber perdido la suya, así que al terminar la noche, vuelve agotada de sus travesuras en el bosque para dormir toda la tarde en la camita que tiene armada al lado de la mesa, junto a la ventana.

Volaban tres cóndores sobre la casa cuando salimos a saludar el sol con las cosas listas para preparar el desayuno que tenía toda la pinta de convertirse en almuerzo y once. Los chicos nos invitaron a recorrer el patio de su casa, y la ruta nos llevó a meternos en la espesura del bosque del monte donde conviven el puma, el monito del monte, la liebre, el zorro, el pudú y ahora también el jabalí.

Atravesando la sala cuna de una familia de Canelos que crecían resguardados de los elementos con la tranquila fuerza que le regala la seguridad de la Araucaria y el Coigüe, llegamos al río que aún venía intentando recordar en que momento había dejado de ser hielo.

Infinitos ciclos de crecidas y sequías fueron dibujando el encajonado valle entre dos severas montañas que se nutrían de él para hidratar a sus bosques, mientras a cambio, le entregaban los minerales que se convertirían en futuras montañas una vez que se los haya tragado la tierra.

… Porque no imagina usted hijo con cuanta hambre la tierra devora el arena para convertirla nuevamente en montañas …

Nos devolvimos hacia el camino por el que llegamos, para presentarle nuestros respetos a la Araucaria Madre, que la noche anterior cuando bajábamos de la cumbre arriesgando la vida en un descenso nocturno a través de la nieve, no pudimos percatarnos de la presencia de tan connotada señora milenaria pasando de largo sin admirar su paciente perseverancia en estos territorios tan adversos para toda forma de vida.

– Ella ya era una adulta cuando llegó Colón –

Ya de vuelta en la casa, con un abrazo sincero de eternos amigos, nos despedimos de los chicos en el colosal anfiteatro de gigantes que circundan la zona de camping. Tomamos las bicicletas que ansiosas esperaban cargadas, y con la primera vuelta del pedal, nos dirigimos hacia el camino que nos lleva hacia abajo de la montaña, donde habitan los hombres y todos los seres que conviven con el. 

Después de los abrazos y llenos de expectación, dimos inicio a la bajada. Pero como un veterano no se fabrica en la casa, sino en las muchas de sus batallas, para mi estaba claro que había que tomar disposiciones especiales de descenso, sobretodo cuando se baja de una montaña en bicicletas extremadamente pesadas. 

– Mira… lo primero es evitar las piedras acumuladas en las orillas y en el centro del camino. Cuidar los frenos es super importante, mucho cuidado con no frenar de golpe, entonces para poder…
Hey! ¿Me estás escuchando?

 – ah? que? Ah, si. Claro.

Fue ahí cuando entendí el por qué los veteranos se hacen en guerras y no en la casa. Después de terminar de explicar todas las recomendaciones posibles que yo había aprendido por las malas, solo le dije lo más importante:

“Recuerda… uno siempre elige a qué velocidad se cae.
Ah, y pónete los guantes para que cuides tus manos”

– SE LOS PUSO –

¿Cómo puedo referirme acerca de la maravillosa velocidad que se alcanza automáticamente sin esfuerzo alguno, mientras avanzas silencioso y feliz entremedio de los árboles gigantes que se despiden de ti  llenos (y lleno) de risa al respirar el viento helado que te abraza con fuerza la cara, tu ropa y todas tus posibles formas?

– Así mismito –

No puedo mentir, ni exagero al decir que nos encontramos con pendientes rocosas REALMENTE cuáticas parafernálicas, filodéndricas y una que otra muy pectorbitante. Tampoco puedo negar que las disfruté como chocolates calientes en la mitad del invierno, pero faltaría a la verdad si no hablara del nerviosismo que me producía la irresponsabilidad de alcanzar velocidades tan asombrosas y cargado con tanto peso.

Por eso me sorprendí tanto cuando mi Pepe Grillo me comentaba al oído que había que apretar los frenos porque ya habíamos traspasado los márgenes de la decencia. Pensaba en cómo volver a poner orden en este vertiginoso desmadre, cuando atrás de mi escucho un imperioso y muy determinante grito que me dijo con autoritaria autoridad:

– Déjame pasar!!

Y menos mal que tuve la decente decencia de dejarla pasar sin salirme del camino, porque a la velocidad del rayo pasó echando chispas y cagando leches, como una estrella en picada sin importarle el mundo, la vida misma, la existencia cósmica, ni el dalai lama, ni los cojones que no tiene, tampoco sus ovarios, ni nada.

Asombrado primero, pero un poco bastante avergonzado después por ser “tan niñita”, decido soltar un poco los frenos para tratar de alcanzarla. Yo sabía que habíamos pasado el límite del respeto por la vida y me impresioné de la bravura de esta cabrita que bajaba sobrepasando justamente y con toda justitud la famosa…

– Velocidad Ridícula –

Poco me duró la impresión porque no alcancé ni siquiera a evaluar como se le fueron zarandeando las caderas desordenadamente como gesto inequívoco de descontrol. En ese mismo segundo, ya siendo todo inevitable, muerdo mis frenos con la vida misma que ya se me iba, porque mientras mis ruedas se iban deteniendo rabiosas en las piedras que saltaban hacia todas partes, vi como finalmente su figura se iba convirtiendo fulgurosa y crepitante en una nube de tierra, piedras, manos, ruedas y bolsos que volaban girando sobre la tierra en todas direcciones mientras su cuerpo finalmente se revolcaba con la bicicleta encima, atravesando a la velocidad de la luz, entremedio de alforjas y bolsos, arrastrándose bravamente para detenerse al fin en un enredo de piernas, fierros, pelos y manos. 

Y sangre negra llena de barro

Sentadita quedó a la mitad del camino agarrándose piernas y brazos llorando un mar de dolor y rabia acumulada quizá por cuantos años. Los autos que la vieron caer se detuvieron para ofrecer rescate, pero el trauma de su dolor era intratable y rendidos, terminaron por ayudarnos a sacar las bicicletas del camino mientras nos calmábamos todos. 

… Vamo a calmarno …

Su cara estaba bien y aunque escupía piedras asustada de que fueran dientes, era solo tiera. Los guantes, algo rotos y llenos de polvo, hicieron perfectamente su trabajo. La ropa del codo derecho hecha jirones, y lo que quedaba se iba manchando gradualmente con un liquido oscuro y espeso.

Lo mismo en la rodilla izquierda con un grado de severidad mas alto. Pasó un buen rato antes de que me dejara tratarle sus heridas y otro rato bien largo antes de que las tuviera lavadas y vendadas. Cuando la inminente oscuridad y su lluvia amenazaban con obligarnos a movernos como fuera, justo justo, un camioncito pequeño apareció de la nada para ofrecernos transporte al lugar mas cercano. 

Subimos las bicicletas atrás y nos fuimos.

Bastián, nuestro nuevo angel de la guarda, nos llevó cuesta abajo por las pendientes que nos separaban de la ciudad que nos esperaba bajo una gigante familia de nubes lluviosas. Antes de despedirse de nosotros en el consultorio médico, nos recomendó que nos armásemos de paciencia porque no había garantías de que pudieran atendernos.

Descargamos las bicis de su camión, mudos de agradecimiento, nos dimos un abrazo sincero de eternos amigos, y con las primeras gotas de lluvia de la noche, Bastián partió en su camión a salvar quien sabe a que otras almas en peligro.

Sin expectativas, con los nudillos dimos tres golpes a la puerta del consultorio y al segundo aparece una señora disfrazada con el estilo clínico de ese que demuestra estar libre del virus de la rabia, ébola y la fiebre amarilla.

“Tuvimos un accidente, necesitamos ayuda con las heridas”.

– Claro, pasen…

…Menos mal que la paciente tenía mucha paciencia. 

A la camilla, arremangarse los jirones de ropa y aguantarse lo que dure todo. Mientras la señora iba convirtiendo – para mis horrores – perfectas e inmaculadas tiras de gaza esterilizada en enrojecidos trozos de género embadurnados de sangre y barro, comenzaba a aparecer la grieta debajo de toda la suciedad y la mugre que se había tragado durante el épico porrazo de proporciones maquiavélicas que se había pegado a velocidades supercumbirúmbicas.

Estaba bien feo todo…

Feo como la maldá…
Feo como la estupidez de Trump.
Feo como los que votaron por él.

…y digo BIEN FEO si soy sincero cuando digo la verdad.


Pero como los milagros de la ciencia avanzan a pasos agigantados, en 15 minutos heridas, magulladuras, raspones, cortes y tajos, terminaron brillantes, relucientes y magníficos como si fueran a asistir al baile de cámara con la Cenicienta y el mismísimo Principe Azul.

Todas las partes damnificadas fueron completamente forradas con lo mejor del vendaje moderno actualizado y total.

– Cero kilómetro –

Cuando le comenté que difícilmente encontraríamos transporte para la casa a esta hora y con esta lluvia, me contestó:

“Yo no me pienso ir para la casa”

Fue todo lo que dijo.

Toda parchada, herida completa, con el pelo lleno de tierra, la bici un poco rota y aún sangrando por algunas porfiadas partes de su cuerpo, esta cabrita seguiría dando pedal como si no hubiera pasado nada. 

Escultura de guerra para ella.

Nos despedimos de la Curandera, le agradecimos su trabajo, cojeamos a la salida y salimos al desamparo de la noche que ya todo lo consumía.

Reorganizamos toda la carga que había quedado tirada en la puerta del consultorio y como pudimos fuimos amarrando todo nuevamente sobre las bicicletas que nos esperaban felices de volver a la carretera. Las primeras gotas empezaron a cantar en los techos mientras fuimos subiendo cierres para recibirlas. Compramos pan, naranja, vino, chocolate, y nos dejamos absorber por la oscuridad que nos esperaba fuera de la ciudad que ya se alejaba. 

:: Volver a la carretera! ::

La misma luz frontal que nos guió a través de la nieve en la cumbre de las montañas que quedaban allá muy arriba y muy atrás, nos guiaba ahora por la carretera nocturna, recortando con dificultad las impenetrables sombras de la profunda oscuridad bajo esta noche de lluvia.

Silenciosas giraban nuestras ruedas en la comodidad del suave asfalto invisible, dirigiéndonos hacia adelante, adentrándonos en un glorioso festival de gotas de agua que se estrellaban hacia nosotros, con nosotros, dentro de nosotros, dibujando asombrosas lineas anaranjadas como estrellas fugaces que se adentran en la tierra.

Mi visibilidad se reducía solo a esTo:

Cometas dorados de luz que atraviesan el espacio hacia nosotros. 


Cortando el silencio de la noche…
…Sabía que era uno de aquellos momentos perfectos.

Salimos de la carretera y tomamos un desvío que atraviesa los silenciosos campos nocturnos, pedaleando en la suavidad de la arena volcánica compactada, con el sigilo de la lluviosa noche que nos ocultaba de los perros que ladraban sin vernos. 

Tuvo la lluvia la paciencia suficiente para esperarnos a que llegáramos al lago porque viendo que ya estábamos buscando lugar para instalarnos, no pudo aguantarse más y llena de risa empezó a dejarse caer con soltura, despreocupación y ganas de fluir hacia el mar. 


Ya no le importaba nada…
riendo se dejaba caer sobre todos los campos de dios.

Quiere el destino que todo funcione a su manera cuando todo funciona de alguna manera, porque el haz de luz que creaba las formas bajo la lluvia, dio con una estructura en la mitad de la zona de camping.

Entramos.

Era el baño del camping, prácticamente nuevo y perfecto. La lluvia comenzó a descolgarse exagerada haciendo un coro de voces cristalinas en el techo. El foco alumbró un letrero: “Usa el baño como si fuera el de tu casa”. Para nosotros estaba clarísimo, era una señal…

“Usa el baño como si fuera tu casa”

Metimos las bicicletas y todo, cerramos la puerta, y nos instalamos a vivir ahí. La lluvia se daba un desenfrenado gusto allá afuera mientras nosotros construíamos una cocina, una habitación, una bodega y una despensa. Baños no construimos porque ya teníamos cuatro. 

¿Que mejor?

Cocinamos rico, comimos más rico, nos embriagamos con el navegado y despertamos con las aves cuando la mañana ya se había convertido en tarde. La lluvia parecía haber partido, pero volvía a aparecer en la enormidad de las nubes que surfeaban el cielo sobre nuestras cabezas.

Almorzamos el desayuno, forramos los vendajes con plástico para envolver y de un salto nos sacamos toda la ropa para cojear correr al lago que teníamos completamente para nosotros y nadar en sus aguas sagradas, mágicas y transparentes, felices por no saber aún que ya habíamos perdido el último bus. 

Aún no sabíamos la aventura que sería solamente el volver a casa.

Cuando nos enteramos, volvió a brillar en nosotros la risa.

La vida es una aventura.




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