Hacia Bariloche y más allá…

La noche comenzaba a abalanzarse sobre las montañas que aún nos envolvían con esa sensación de pequeñez que embarga a todos los seres cuando entienden su posición dentro del cielo. La carretera, una serpiente muy viva de infinitos colores, oscilaba humilde pero imperiosa entre los bosques que le permitieron su paso, premiando la perseverancia de los duros hombres que armados de talento y decisión, conectaron las ciudades con aquellas gentes de bravo espíritu que decidieron colonizar la tierra de los lagos, de los bosques y las montañas.

Ya era de noche cuando llegamos a Bariloche.

(Y me costó dos días encontrar el nombre de una ciudad que rimara con noche… o fue al revés?)

Cuando uno se encuentra con la mente vacía, como un lienzo en blanco, y no se espera nada, porque al esperar que algo sea de una manera, forzosamente nos anteponemos a la manera en que son realmente las cosas, y son tantas las maneras que podemos esperar, que al final la probabilidad de que las cosas sean exactamente de la manera en que las imaginamos es tan baja, que existe la posibilidad que la realidad no sea tan espectacular como nuestra imaginación las crea y caemos en el inevitable desenlace de la desilusión.

Es lo que los extrañamente excepcionales y exitosos excéntricos expertos extranjeros extraterrestres llaman:

Expectativa.

Y la expectativa no es mas que algo que se inventó nos inventamos, para destruirnos la buena vida. Lo dicen claramente los excepcionalmente extraños y exitosos excéntricos expertos extranjeros extraterrestres.

No conviene esperar nada de nada… terminaremos por desilusionarnos.

Se lo que estás pensando… Y no: Tampoco conviene esperar poco, porque al contrario de lo que en teoría debería ocurrir, la máxima inviolable y por ende irrefutable, es que el que poco espera poco obtiene. Por lo tanto, escucha mis palabras joven Padawan… como decía, la labor de la ciencia lo afirma:

Es mejor no esperar nada de nada.

Así fue como entramos a Bariloche esa noche
(dos días más me tomó construir este complejo verso).

Yo no se como te las has arreglado tu cuando has recorrido 489.400 metros con un kayak amarrado en el techo y dos bicicletas colgando de una puerta, pero a nosotros la cosa se nos complicó bastante, porque aunque no dudamos de las infinitas bondades y virtudes del maravilloso pueblo argentino, tampoco teníamos tanta fe en la honorable humanidad como para dejar estacionado nuestro Vellocino de Oro en el primer hueco disponible de tan connotada urbe trasandina. La obvia limitante se convirtió en un breve desajuste dentro de la perfección imperante, y nos vimos obligados a darnos un par de vueltas de más, antes de encontrar la no tan adecuada posada que nos suministrara alguna mínima sensación de seguridad que nos permitiera dormir tranquilamente luego de haber manejado 493.242 metros.

Fueron varias vueltas de mas

“Tierra Gaucha” fue el premiado establecimiento que resultó privilegiado con nuestra presencia aquella noche. No solo porque una cuerda anudada a un palo separaba nuestro auto de la calle ofreciéndonos una seguridad de mierda razonable, si no también, por su nombre claramente sugerente. Cosa que pudimos comprobar cuando entramos en la recepción y fuimos recibidos con el jovial y premonitorio saludo lleno de esperanza:

“Bienvenidos a Tierra Gaucha”.

No había mas que decir. Nos acomodamos, nos dimos una ducha (cada uno se dio la suya propia y sin ayuda, que somos amigos pero no es para tanto) y como centuriones, preparamos las legiones romanas para conquistar la ciudad.

– Las weas – como decimos en Chile – fue la ciudad quien nos conquistó a nosotros.

Siguiendo el aleatorio patrón exploratorio de quien camina con la mente en blanco fuimos recibiendo todo con la misma bondad que un lienzo blanco recibe el primer trazo de pintura. La fría ciudad con su gélido viento otoñal de montaña, se nos fue abriendo lentamente con la frágil y sutil delicadeza de una flor nocturna.

Mentira.

Ni frágil, ni sutil, ni delicada: Las flores nocturnas están adaptadas para ser polinizadas por murciélagos y otros bichos nocturnos de menos nobleza. Pero de todas maneras nos recibió como nos recibiría cualquier ciudad bien acostumbrada a recibir visitas inesperadas.

Nos alimentamos como corresponde, y en eso Bariloche, cumple. De hecho cumple tan bien que tuvimos serias dificultades en jugar la carta del desenfreno, de los vicios, de la ilegalidad y la locura. Con la inocencia que representa la pureza de dos almas bien alimentadas, terminamos babeando cada uno su almidonada almohada argentina.

No convenía bajar demasiado la guardia. Al día siguiente tocaba internarnos en el desierto que el amigo argentino insiste en llamar pampa, y que nosotros mas tarde llamaríamos, infierno.

No es mas que una cosa de semántica.
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