El desierto de la patagonia

No es fácil dejar una ciudad de la que te has enamorado. Pero quien ha dejado lugares hermosos atrás, sabe que jamás se abandonan realmente porque permanecen en un lugar especial del corazón donde se almacenan los recuerdos. Son las promesas que nos hacemos en nombre de las ambiciones, las que nos hacen seguir adelante cuando el camino es siempre nuevo y por lo mismo, improvisado, espontáneo e incierto.

Dejamos Bariloche amarrado al corazón con un pin del recuerdo, mientras seguíamos sumando amigos en el camino y lugares de los que olvidaríamos sus nombres, por fugaces refugios que nos brindaron protección a nuestra fragilidad frente a la noche.

Conduciendo por carreteras desconocidas, atravesando un desierto tan inmenso como indiferente, nos fuimos enfrentando a la inabarcabilidad de un tedio más poderoso que la muerte, mientras los patrones del horizonte fueron copiándose a si mismos, para hacernos dudar de la ilusión de nuestro avance. El desierto es un mal compañero de viaje, para quien desea llegar a su destino. La espera será demasiado larga, y mas larga cuando le agregamos la impaciencia. Hay demasiado espacio para rellenarlo con algo. Demasiada distancia, demasiado silencio, demasiado tiempo, demasiado viento. No hay fórmulas, nada basta. El camino es eterno, la creatividad no alcanza.

Más larga aún, cuando hay tres, o cuatro, o incluso cinco horas de separación entre una villa y otra, cuando debes poner toda tu fe en llevar el combustible suficiente, porque no existe lugar posible donde agregar kilómetros a los muchos que te faltan. Más aún, cuando ves al sol esconderse tras las montañas que indican el lugar hacia donde se encuentra Chile, y las estrellas aparecer inundando ese mar argentino de soledad y ausencia, de sometimiento y la fuerza de todos los elementos que nos indican el lugar que nos corresponde, cuando nos enfrenta a la vulnerabilidad en la forma de ilusoria y tambaleante seguridad que pende de un hilo, cuando una mínima pieza mecánica falla.

No pudimos auxiliar al hombre cuyo motor se había negado a seguir trabajando en la mitad más severa del desierto, ni tampoco llevarlo al lugar donde pudieran ayudar a arreglarlo, porque no podía dejar abandonadas en la soledad más extrema del sur del mundo a su auto, con las dos pequeñas que lo acompañaban. Dos horas más adelante y en la mitad de la noche, como un oasis oculto de la luz bajo las estrellas, vimos tres casas a un lado de la carretera. Nos detuvimos para pedir ayuda en nombre de la familia que había quedado aislada en la mitad de la nada. Ciertamente quien sobreviviera ahí, tendría los medios, el corazón y la voluntad para socorrer a quienes se atrevieron a cruzar esa vastedad sin nombre, armado con el poder de la audacia. Cinco minutos después, un anónimo héroe encendería su camión para ir en rescate de aquellos que lo necesitaban. Vimos el desierto tragar con voracidad las luces bajo la inmensa noche que todo lo reclama. Más tarde vimos pegada en una pared, la recomendación para todo viajero que decida aventurarse en atravesar el desierto durante la época menos recomendable, de detener el auto en el camino y no abandonarlo bajo ninguna circunstancia cuando empezara a nevar, para no sumar su nombre a la lista de personas que jamás fueron encontradas, luego de perder su rumbo en la desesperación por encontrar la ruta que les había robado la nieve.


Para nosotros el otoño aún no comenzaba, estábamos a tiempo de tomarnos el tiempo de admirar el universo bajo un cielo tapizado de estrellas.

Verdaderamente tapizados de estrellas.

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