En El Chaltén.

Las inocentes agujas que aparecieron allá muy lejos al final (o comienzo) del cielo, no eran mas que eso. Y tranquilo hermano, son bonitas porque llegaron a poner orden al desierto, pero no eran gran cosa vistas desde donde nos encontrábamos, porque no pasaban de ser una curiosidad en el horizonte. Pero sin importar la cantidad absurda de kilómetros avanzados en dirección hacia ellas, no llegábamos y se convertían cada vez en un asunto mas serio. Claro que cuando nos dimos cuenta lo que eran realmente, detuvimos el auto varias veces a sacarles fotos, porque no haberlo hecho era un insulto a los dioses que las crearon. No había mas que hacer que rendirse a su absoluta magnificencia, y eso que aún estábamos lejos. 


Pero como el humano es un nauseabundo ser miserable, rápidamente se acostumbra a todo y ya no importa que estés acercándote a uno de los cordones montañosos mas impresionantes del mundo, porque termina siendo solo eso, uno de los cordones montañosos mas impresionantes del mundo, ¿para que tanto rollo?

Y así entramos a El Chaltén. 
Imagen que pedí prestada a https://www.travelblog.org


Y El Chaltén es un pueblo de montaña, como cualquier pueblo de montaña de cualquier montaña con pueblo. Un montón de casas desparramadas en un montón de calles, como acostumbran a desparramar sus casas los humanos y sería. Ningún brillo demasiado incandescente, ninguna particularidad sobrenatural. Ni dulce ni salao, un pueblo como mil más. Y llegamos a este en particular, cuando ya veía inminente su abandono de temporada, porque al estar a los pies mismos de una rocas bastante respetables, se da por sabido que la montaña tiene por lo general la mala costumbre de tener inviernos bastante duros, y durante esas épocas las personas tienden a buscar comodidades que no impliquen canibalismo ni zoofilia. 

O perseguir con un hacha a las esposas por los pasillos de los hoteles…

Entonces como nosotros estábamos llegando al final del otoño, y todos ya partían en estampida a zonas con mayores probabilidades de sobrevivencia, terminamos dando vueltas alrededor de un caserío con las ventanas tapiadas. Dimos dos o tres vueltas a sus cuatro o cinco calles y elegimos un hostal del que no me acuerdo ni el nombre, pero que resultó ser bastante respetable y terminamos compartiendo pieza con un francés que ahora debería andar explorando el Congo o quizá en la Antártida.

¿O de allá venía?

Una chica muy amable nos facilitó un mapa de las rutas que podían hacerse hacia las montañas, calculamos unos tres o cuatro días de caminata, partimos a comprar lo necesario para la excursión, y nos fuimos a dormir para comenzar muy temprano a caminar con toda la energía.

Mentira, salimos a eMBOrracharnos.
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