Poinsenot

Suena la alarma pero no importa, hay tiempo, somos jóvenes y buenos para caminar. Desayunamos, preparamos las mochilas, y volvemos a desayunar. El postre, unas cervezas y luego a la caseta de los guardaparques. Nos pasan el libro, escribimos nuestros nombres, la ruta que vamos a tomar, la fecha que pensamos volver, la firma y a caminar.

Tenemos todo el día pero no toda la libertad que quisiéramos porque solo se puede acampar en los camping designados, lo que es buenísimo o las montañas enteras serían un enorme mierdal humano fuera de control. Decidimos hacer la ruta desde el norte y comenzar el ascenso por el Puesto Amarillo, caminar a la Laguna Capri, acampar en Poincenot, luego seguir al Lago de Los Tres para acercarnos lo que más podamos hacia El Chaltén, y desde ahí volver al sur por el valle alto hacia las lagunas Madre, Hija y hacia el Glaciar Grande del Cerro Torre para volver al pueblo siguiendo el cause del río Fitz Roy.

Easy Peasy.

Cargados como si nos fueramos a caminar cuatro días por las montañas de Los Andes, atravesamos el pueblo completo y llegamos al Puesto Amarillo, donde comienza el ascenso al cerro a partir de una escalera de raices que serpentea un peñón macizo plantado en la tierra hace millones de años.


Manerita de empezar el viaje.

Desde ahí, todo es cuesta arriba. Cada paso tiene mayor altura que el paso anterior y desde el primer peldaño, las piernas tienen clarísimo que no será un paseo por el parque. No es que sea un desafío insalvable levantar en cada paso la enormidad de mi robusto cuerpo de 50 kgs, pero si le agregamos los 50 kgs restantes que por puro gusto me arrimé a la espalda dentro de mi mochila, ya es un asunto un poco mas serio, y digo de puro gusto porque por si acaso llevé completo mi equipo de escalada incluyendo arnés, herramientas y cuerdas.

Que pelotudo.

Una de las curiosidades más simpáticas del Chaltén, es que el valle, donde está ubicado el pueblo, tiene muy poca gracia en términos de biodiversidad porque no se si los antiguos colonos hicieron muy mal buen uso de la madera disponible durante la colonización, o siempre ha sido un peladero semi desértico con bastante poca gracia.


Pero cuando se da el primer paso de acercamiento hacia la montaña, es motivo de diarrea la manera en la que el bosque te absorbe en cada paso a medida que uno se va sumergiendo dentro de el. Coihues, lengas y ñirres, crecen con timidez, pero con bravura, porque en la montaña no hay manera de vivir demasiado tiempo, si se excede la confianza y se crece con rapidez. 


Otra cosa que llama demasiado la atención, es el impresionante nivel de tráfico humano en los senderos. Es cierto que uno viene subiendo prácticamente solo, en silencio absorbiendo la pureza del oxígeno que entregan sus bosques, meditando la incomparable belleza que se da en cada uno de los pasos, pero en sentido contrario, interminables filas de otros caminantes provenientes del mundo entero, vienen bajando. Subes y subes y subes, y te encuentras con gente que baja, que baja y que baja. Y como la montaña, no tiene fronteras, ni nacionalidades, ni diferencias, a todos nos une y a todos nos conecta y toda esa mierda, a pesar del jadeo del esfuerzo, todos se saludan, uno por uno, hasta que vuelve el silencio.

Paisaje de bosque de montaña con el Fitz Roy en el fondo.


Aburre un poco después de los 600 saludos.

El bosque es de una belleza y profundidad mitológica y completamente sobrenatural, a la que independiente de su ensoñada realidad, la verdad es que como solamente somos seres humanos miserables, y podemos acostumbrarnos a la belleza con cierta facilidad, llegamos a pensar que es normal, incluso aburrido, hasta que vuelves a conectarte con el lugar y entender en el lugar en el que estás. Es ahí cuando aparece el poder de todos sus detalles, la abrumadora intensidad de sus colores, los contrastes que genera con su entorno, y la capacidad que nos regala para entregarnos a la meditación de respirar el ascenso sabiendo que no existe más que ese momento. Salir del bosque y entrar al claro, y volver al bosque, y volver al claro, y volver al bosque, y seguir en esa interminable belleza inunando las mentes más resistentes a la constancia de la armonía perfecta.

Bosque nativo del parque nacional los glaciares


Por eso fue tan revitalizante la llegada a la Laguna Capri, porque nos permitió un lugar tranquilo y vastamente ilimitado para recargar emociones y necesidades físicas, reiniciar la máquina de percepción biológica, recargar líquidos y alimentos, respirar la fatiga muscular, y tomar una pausa para seguir adelante. La Laguna Capri ofrece eso y mucho más, porque casi desde cualquier angulo que te enseña, exhibe orgullosa una vista del Fitz Roy con toda su magnífica presencia nos marca el punto hacia el cual nos dirigimos. Lo divisamos por primera vez a unos 200 kilómetros de distancia y al estar ahora a sólo un par de kilómetros de su base, nos llena de sobrecogimiento al considerar la fantástica majestuosidad que representa.

panoramica Laguna Capri


No podía dejar de admirar todos aquellos aventureros que llegaron a este mismo lugar para hacer la misma ruta con la seria intención de escalarlo. Sabían que se jugaban la vida al intentarlo, y los que no volvieron, todavía están resguardados por el eterno abrigo que les otorgó la montaña cuando les enseñó prudencia. 

Paisaje del Fitz Roy al atardecer


Salir desde una laguna al sendero, entrega siempre una energía distinta para reiniciar las caminatas. ¿Será la energía del agua que se encuentra disponible para quien la necesitara? Ingresamos nuevamente al bosque para avanzar por la sinuosidad de sus interminables senderos. Lo recibimos como un inmerecido privilegio. 

La tarde avanzaba hacia su fin en forma inminente, y las sombras comenzaban a alargarse con rapidez desde la base de las montañas más altas, donde el sol ha perdido su dominio y lo ha entregado al poder de las sombras para recuperarlo por la mañana, pero la batalla ya estaba rendida.

Bosque Poincenot


Llegamos al último de los bosques de altura. Mas allá se encuentra el poderoso reinado compartido del Liquen y el Coirón, en la tierra de las Rocas Gigantes.

Es el Poinsenot, el lugar indicado para pasar la noche. 
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