Los bichitos del bosque

Tuve una infancia hermosa y privilegiada. Crecí entre los bosques de montaña del gigantesco fundo en el que trabajaba mi papá. Y aunque nada se de pichangas de barrio, de peluseos callejeros, ni amigos en la casa, la naturaleza se desplegaba con todos sus colores ante mi. Imagina lo que puede producir toda la expresión de la vida de montaña, en la mente de un niño de 6 años sin televisión. Los tablones de la casona de un antiguo noble suizo, se poblaban de una infinita serie de arañas gigantes, que se convirtieron en una de mis diversiones más adrenalínicas cuando descubrí el juego de sacarlas de su casa engañadas con mi pelo, y verlas emerger a velocidad de ataque, dispuestas a devorar a su presa. Recorría los pilares de la casa buscando las mariposas gigantes de la noche, que los confundían con los árboles en los que aprendieron a mimetizarse. No es que su presencia fuera tan frecuente, pero ciertamente mucho más frecuente que en un edificio de departamentos, y bastaba haberse encontrado con ellas al menos una vez, para revisar todas las mañanas la posibilidad de encontrarnos con alguna de estas doncellas nocturnas gigantes, peludas y con unas antenas que parecían astas de ciervos. Recorría con fanática alegría, la oscuridad del esqueleto de la casa y las paredes que se armaban entre los techos, buscando el encuentro con el astuto roedor de campo o con sus hermanos de la aviación. Viví la belleza del campo con la voraz curiosidad de un niño que no termina de descubrir la constante maravilla de ver cosas nuevas, y luego esperarlas para volver a verlas durante la siguiente estación. Mi mundo se abrió camino junto a la nobleza y paciencia infinita de una yegua india que me llevaba a recorrer los montes según sus propios tiempos y voluntad, porque era capaz de ignorar con maestría las débiles ordenes de avance que producían mis talones notoriamente incapaces. Tuve mucha suerte. Pero como nada es perfecto, uno tiene que aprender a vivir en la soledad y eso no puede olvidarse, pero no quita mi suerte porque el abandono ocurre también en las ciudades y quizá tenga distintas consecuencias. Por donde se le me mire, fui un niño feliz que intentaba comprender al mundo y contar los enormes descubrimientos que había hecho en los entretechos, entre los cipreses o en los establos. Era amigo de todos los bichitos y animales, y todos los bichitos y animales, eran amigos de mi. No recuerdo diversión más favorita que levantar troncos podridos en el bosque y lanzarme con avidez a observar la estampida de vida que producía mi repentina aparición en la mitad de la fiesta de ese carnaval de animalitos de todos los tamaños, colores y cantidad (o presencia) de patas. Era una gloria encontrarme con un alacrán, y si aparecía un sapito, locura. En serio, friki. Es un festival encontrarse en la Plaza Italia de un palo de bosque: Hormigas, escarabajos, gusanos, caracoles, babosas, tijeretas, ciempiés, arañas, chapes y chanchitos, y algunas diminutas formas de vida cada vez menos identificables y ellos todos apretados de una forma salvaje en una vida super promiscua. Por supuesto que después dejaba cuidadosamente el palo en su lugar, con la precaución de no hacerle tanto mierda sus casitas, porque a mi me hubiera cargado. Era uno de mis vicios. Encontrarme un palo de esos a la mitad del bosque lluvioso era como pillarme plata, la dura. Y más grande el palo, más era la plata, porque se incrementaba la posibilidad de encontrar bichos más grandes o raros… Culebras, ranas, huevos, madrigueras, escarabajos gigantes y larvas grotescas. Perdía mi consciencia cuando había que dar vuelta un palo. Era un voz dominante que me obligaba a obedecer con sumisión y placer. Si me hubieran dejado viviendo ahí, yo creo que habría terminado cavando con las uñas mi propia casa. Ganó la cordura (o ganó la locura) y me pude convertir en un semi respetable ciudadano, medianamente aceptado por la sociedad. Y ahora, me encuentro por fin volviendo a la locura (o cordura), después de una vuelta demasiado larga en el mundo de las cosas que no son esenciales. Entonces quise contarte cómo hoy, recordé nuevamente mi lugar en el mundo, cuando después de agregar una cantidad industrial de materia prima para mi compostera, me quedé hipnotizado viendo los bichitos que se daban la feroz vida en el Palo de Bosque que ahora tengo en un jardín para darle de comer a la huerta, con la que alimentaré a la gente que quiero.

Este palito marca una de las entradas a la huerta.

Vuelvo a ser ese niño.

Con las mismas necesidades de siempre
…pero con herramientas.

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