Castillos en el aire

Hace un tiempo inicié la exploración de un arbolito al que no le había dedicado su merecido tiempo y no solo me encontré con una historia cuatica y varias experiencias medias pitiadas, sino también con un maestro de la vida que es un tesoro.

Parte de su base vista desde media altura

Este loco nace de la tierra con un gran tronco central desde donde va formando distintas ramas periféricas fuertes por las que se puede caminar por todas con gracia y libertad. O sea, para que te hagas una idea no solo te permite subir y bajar, sino que genera toda una red de posibilidades hacia los lados, creando en todas direcciones dulces y suaves paseos de parque o pesadillas con riesgo vital. Son unas 7 ramas fuertes que se abren como una gran mano con todos sus dedos abiertos hacia el cielo. Muy parecido al gesto mímico del “ahueonao o boludo”, muy utilizado en Chile o Argentina que simula con la mano levantar los testículos de la persona que se tiene en frente con la intensión de insultarla. Algo así como el gesto que usan los italianos cuando piden para comer, solo que ese tiene los dedos juntos, a diferencia del nuestro que tiene los dedos separados.

Podríamos decir que este árbol creció con la forma del insulto, dejando un gran espacio libre a unos 8 metros de altura.

Hasta el momento todo maravilloso y muy perfecto todo, pero imagínate esto: Si un día muy feliz te encuentras reposando la vida, echado como una diva en el dedo gordo, y luego que se yo, se te antoja ir a tomar el sol en el dedo chico, es un problema. Da la impresión de que están uno al lado del otro, pero en realidad no hay nada entremedio, solo huesos rotos y paralisis cerebrales. Tan cerca pero tan lejos… Entonces para cambiarse de dedo no queda mas remedio que bajar a la muñeca y volver la subir por la otra rama. 

– Ah no, eso es de rotos.

A menos que pongas un puente con una cuerda. 

La idea llegó de lo mas sencilla y te juro que ese era el objetivo. ¿Para qué te voy a andar mintiendo? Entonces un bello día de enero, con todo lo necesario y bien encaramado en uno de los dedos, me dije:

“Listo, aquí voy a trazar un puente.”

Desde este punto se armaría el primer anclaje

Sobre la rama en la que estaba mi miserable humanidad, y con la intención de no desmadrearme con fatales consecuencias, hice un anclaje lo mas seguro que me permitió lo mucho/poco que he aprendido. Confiando en el material que estaba usando, zuácate! que con la mano lanzo la punta libre de la cuerda hacia el inalcanzable horizonte de todas mis ilusiones.

Podría decirte que le achunté a la primera, pero la decencia me obliga a decir la verdad, y la verdad es que por lo visto soy un queso lanzando cuerdas para crear puentes desde la copa de los árboles. Claro está que en mi defensa puedo agregar que era la primera vez que lo intentaba, y todos sabemos que por lo general las primeras veces no se hacen conocidas por resultar tan fenomenales. En fin, y sin darle tanto color, le achunté a la rama y todos felices.

– Nada más confiable que un clásico 8 con su respectivo freno –

– Aplausos –

Ahora había que darse la paja de bajar a la muñeca y luego subir por la otra rama para terminar de amarrar el puente, o lanzarme al vacío en Modo Ardilla Voladora para llegar al otro lado, pero la verdad es que las alas de ardilla se me habían quedado en la casa y no me sentía con tantas ganas de terminar la tarde con la espalda rota intentando pedir auxilio telefónico marcando con la lengua. Además, he descubierto que me viene muy bien el Modo Oso Perezoso que se ajusta perfecto con mi filosofía. Porque si el Modo Ardilla fuese recurrente, hace bastante tiempo ya que se hubieran terminado todas estas historias. Como sea, al final no importa la forma, lo importante es pasarlo bien sin matarse.

Al llegar nuevamente arriba terminé el anclaje poniéndole un 200% a la atención de hacerlo realmente bien, porque cualquier descuido puede dejar la pura cagá, y uno puede imaginarse varias versiones bien creativas de esas cagadas según el nivel de morbo que se tenga.

Primero que nada me faltaba un mosquetón, porque frotar una cuerda con otra cuerda tiene la mala costumbre de generar humo y hay que cuidar el planeta. Además, ¿para qué despertar en una pieza llena de flores 3 semanas después y disfrazado de momia? Así que me las tuve que arreglar con las horas de estudio dedicadas a la teoría y debo decir que me construí un anclaje bastante decente en el que díjeme ser de calidad suficiente para confiarle mi ano. Lo que si es que debo decir que el día en el que no me cague de miedo antes de probar un invento del que se supone estoy 100% seguro, será un día memorable.

Así que frente al recién construido puente, me di el tiempo para acordarme que soy cristiano, judío, musulmán y por si acaso hindú, luego tomé aire, elevé mi Qi, encendí los reactores nucleares, dominé todos los centros cerebrales de coordinación y con la mirada fija, el objetivo claro y la actidud decidida, antes de lanzarme al vacío con un valiente grito de guerra, terminé descolgándome en el puente chillando como una marica callejera del bronx .

– Con tacos aguja y todo –

Show.

Vista desde el puente hacia el poniente

Ahí quedé colgando patas al aire, de mi recién estrenado puente. Pasó harto rato antes de poder relajar el ano. No sé que tendrá esta condición humana de obligarnos a abandonar toda capacidad de contención gástrica durante las urgencias severas.

¿Tendrá como finalidad el otorgarnos la humillación final?

Porque imagínate la cara de los bomberos cuando te vengan a descolgar de un árbol por pelotudo, y se den cuenta que te chorrea la caca por los zapatos.

Trending Topic.

Y con invitación a matinal.

Entonces, heme ahí, colgando de una cuerda demasiado delgada bajo las juguetonas sombras de luz de un sol radiante, y con el ano relajado. Impagable, lo mejor. Lo único malo es que pasado el susto te dan ganas de mear y colgando de un arnés eso se dificulta bastante. Lo bueno fue que mientras estuve ahí suspendido sobre mi pequeño vacío, tenía la perspectiva completa de como moverme, para donde y por donde, con un sistema nuevo que me daba minutos de vida. Desde ahí liberé mi mente para proyectar todos los lugares precisos que me permitieran crear uniones seguras.

Vista hacia el oriente

Días después me subí nuevamente a La Mano para concretar una prueba: Instalar 20 metros de cuerda en 8 puntos distintos. Con la libertad que me daba el puente, podía moverme en modo ardilla por el árbol con toda seguridad.

“Joven con serio desequilibrio mental es encontrado inerte colgando de un árbol asfixiado en nuestra ciudad durante esta mañana, las autoridades descartan participación de terceros.”.

Me demoré una tarde completa pero usé toda la cuerda. Ahora tenía clarísima la cantidad que necesitaría para unir todos los puntos fuertes del árbol y crear una amplia malla flotante en la copa de un árbol, con escalera y montacargas para subir abrigo, instrumentos musicales, drogas duras y el te. Imagínate esa delicia. Ya tengo todo cotizado.

En definitiva, hay que comprar mucha cuerda.

Mientras tanto había que diseñar un sistema que me permitiera moverme por todos los espacios abiertos donde no hay ramas y poder conectar todos los dedos. Así que fui a buscar a la Doña:

La Doña.

Cuarenta metros de fibra trenzada de 9 mm. Material profesional de guerra más que suficiente para jugar en demasiadas maneras locas sin arriesgarse a pasar el resto de los días con alimentación endovenosa y respiración artificial.

Dos días me demoré en instalarla… Imagínate arrastrar una anaconda muerta en un laberinto de ramas a una altura ridícula del suelo. Y cuando digo ridícula, es de alta.

Pero como no va a faltar quien me corrija explicando que “Se dice ridícula cuando la altura es poca“, cierro el tema con que el ridículo soy yo por estar a mis 40 años exprimiendo la vida arriba de los arbolitos.

Entonces cuando se me acababa la luz del sol y pensaba en iluminarme con la del teléfono para terminar de armar los últimos nudos, decidí que ya estaba bueno y utilicé la cola de cuerda que me quedaba para rapelear hasta el suelo descendiendo entre las sombras con el siseo del follaje y el zumbido de las herramientas. Al salir al aire libre caminando con el cuerpo muy vivo iluminado en felicidad, me encontré con el último suspiro de la tarde que terminaba de convertirse en estrellas. Lleno de vida brotando en risa, recordé cómo los niños se entran solo cuando la noche no permite nada más que ver.

Este niño se está construyendo su castillo en el aire y lo quiere compartir.

Solo necesita mucha cuerda.

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