Diógenes

el

Según el vergonzoso y pobre (digamos también inexistente ) estudio que (no) he llevado a cabo acerca de las consecuencias individuales de la cuarentena, he podido descubrir (inventar) que en su mayor parte, el encierro ha resultado ser tremendamente beneficioso. Personalmente, me regaló la posibilidad de mirar hacia dentro, y no hablo (solamente) de un plano místico pachamámico hippieflow, sino que dentro de mis discos duros y mi computador.

Y bastó mirar nada más por encimita en las primeras carpetas, para enterarme que sufro del Mal de Diógenes Digital. Este es un raro síndrome caracterizado por la insensata y descontrolada acumulación de imágenes sin ton ni son.

El primer indicio, al igual que en el síndrome tradicional, fue el mensaje de alerta de mi computador en forma de una desesperada llamada de auxilio por la inminente necesidad de espacio. Y como había algo de tiempo, me dediqué a la tarea de catalogar, poner en sobres, en cajas, en repisas o en la basura, todo aquello que estaba desparramado por el suelo digital, amontonado en cerros de archivos, acumulados debajo de mesas cibernéticas, atorados detrás de puertas virtuales y arrumbados sin orden ni concierto por todas partes.

Eso, sumado a mi espíritu errante y vagabundo, y mi afinidad por los viajes y las historias, terminó por establecer un patrón acumulativo que terminó con la capacidad de mi computador.

Me di cuenta que amontonaba imágenes de incontables salidas, paseos, momentos y viajes que prácticamente ya casi comenzaba a olvidar. Disparaba y disparaba, obedeciendo a mi impulso indomable, guardando imágenes que luego mantenía en oscuros rincones ajenos al paso del tiempo.

Es así como fui desempolvando tesoros, reviviendo los momentos que se desvanecían en el tiempo de mi corazón, fui despertando las emociones que pensé no podrían ser capturadas. Lo están, aunque no en su forma física. La fotografía es una máquina del tiempo, que al congelar aquel minúsculo intervalo de luz, permite conectar nuestra percepción directamente con el enlace que percibió el alma, cuando aquel momento ocurrió.

Esa es la magia de la fotografía y el oculto poder que pone a disposición de esta curiosa raza de seres humanos, que atenta su mirada hacia el futuro, no puede desligarse del pasado que aunque no explica la razón de su existencia, justifica al menos su dirección…

Esa será por un tiempo mi dirección y este es el tesoro en mi memoria que rescato hoy:



Atardecía en la carretera, el sol comenzaba a iluminar la superficie del lago con aquellos tonos de despedida con que suele invitar a las estrellas a danzar sobre la silenciosa superficie del agua al anochecer. Sabíamos que era solo un instante, así que tomamos el primer desvío que nos llevara fuera del camino hacia la luz y corriendo desde el bosque hacia la playa, nos abandonamos a la cálida ternura de la arena bailando la despedida del Padre Sol sobre la Madre Tierra, en el agua, con el viento, los guardianes y la fuerza latente de todos sus volcanes hasta que nos llamara la noche.

Lago Calafquén.

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