Pulento y encachao.

Hoy hacía un día legendario, Tolkien estilo Lothlorien pero al final de la 2a Edad. 20 hermosos celcius, que para mayo es mucho decir. Decir un montón, la verdad.

– No se diga más! – Me puse zapatos por primera vez en tanto tiempo que se sintieron raros. Pantalones, lo mismo. Esta cuarentena nos está convirtiendo en cavernícolas. Reuní mi equipo: Arnés, mosquetones, cordines, herramientas, aparejos, contrapesos y cuerdas. A los perras no las tenía que preparar porque estaban listas. Ellas siempre saben cuando uno va a salir, olfatean aventuras.

Todo al hombro, y partí.

(partimos)

Me importó un huevo (aunque me gustan los huevos) todo aquel temita de los salvoconductos porque tendría que ser muy pelotudo quienquiera que se atreviese a correr detrás de mi a través de los potreros esquivando zanjas y saltando cercos.

…Aunque en estos días se ha visto cada cosa…

Hoy tenía ganas de jugar, así que decidí escalar un wachito hermoso que hace tiempo no visitaba y que tiene no solo un tamaño intimidante sino que además un montón de rutas complejas y entretenidas.

Ideal para el último día de abril.

Los arbolitos aunque no cambian y siempre están cambiando, están iguales (a ver si se puede deducir algo coherente de este paradójico enunciado) pero la colina en la que viven ya no le pertenece al viento, porque ahora está delimitada por alambres y ya están construyendo una casa.

Cosas del retrogreso.

Cuando desembalé todo mi equipaje en la base del arbolito, las niñas entendieron inmediatamente la señal y con las orejas levantadas se lanzaron a la frenética búsqueda de todos los rastros y todos sus aromas con la esperanza de acercarse a alguno de los bichos de campo que en la casa les hacen burlas desde afuera de la reja. Una liebre enorme y gorda, tratando de no perder el glamour ni la calma que la delatara, a unos pasos de mi, salió como pudo dando saltos desde un rincón cerca del árbol, jugándose la vida en no hacer ningún ruido. Pero las niñas estaban tan obsesionadas con los aromas que había dejado seguramente la semana pasada, que no la vieron ocultarse entre el follaje del estero, rezándole a todos sus santos conejos, completamente defecada y con el corazón en la mano.


Lo bueno de la experiencia es que uno ya tiene mas o menos una vaga idea de la cantidad de cosas que pueden salir mal durante la escalada, y como uno no quiere despertar en el hospital con la espalda rota, uno ya tiene mas o menos eso previsto para que aquello no pase. Entonces antes incluso de tocar el árbol, todo lo que uno hace es hacer bien los nudos y llevar todo lo necesario para que nada falte, porque es una molestia verse desde el cielo dibujado con cinta blanca en el suelo. Una vez todo listo, vamos pa arriba.

Y pa arriba vamos.

Es de veras genial empezar a ascender haciendo cosas que uno sabe que no puede hacer porque sencillamente no te alcanzan los brazos o las piernas o las ideas y terminar armándose de valor, o armando nudos, peldaños, extensiones o promesas, con tal de encontrar la solución del problema que impide seguir adelante.

Arriba, en este caso.
(o abajo, si venimos de vuelta).

Al principio todo es un paulatino descubrimiento, porque uno no tiene tan claro cuales son las posibilidades y las rutas tanto posibles como imposibles. Pero después de recorrer todas las direcciones con la indomable actitud y toda la bravura de los caracoles, uno ya tiene una idea mas o menos clara del lugar mejor y más alto para soltar una cuerda y usarla después para provocarle taquicardias al angelito de la guarda que me cuida, al lanzarme yo mismo al vacío, como los pulentos mas encachaos de la tevé.

Y eso es de lo más pulento y encachao que hay.

Entonces una vez en el suelo, uno ya puede sacarse el disfraz de caracol y ponerse el de ardilla, porque el arbolito ya está conocido y ahora se puede jugar con completa libertad y estirar los límites de la cordura hasta extremos intolerables para el angelito que me cuida que ya no da más de estrés. Pero todo bien, que uno salta de rama en rama como los pulentos mas encachaos de la tevé, y de esos que no salen en las noticias con la cabeza rota ni las piernas quebradas.

Así de encachao y pulento.

Y acomodándome en alguna de las gigantescas copas veo el mundo entero, y todo el horizonte es mío y el mundo se empequeñece allá abajo. Y allá abajo veo a la Foxy buscando ratones y conejos en los pastizales. Y luego la veo sigilosa avanzando en modo comando por el campamento de los maestros de la casa, y luego veo un pajarito que vuela cerca de mi, y luego veo a la Foxy corriendo en modo comando de vuelta hacia mi árbol con una marraqueta que sigilosa le robó a un maestro quien sabe como (yo se como). Y mientras la observo allá muy abajo comerse su trofeo de guerra, le pido al cielo que el maestro no se haya dado cuenta de aquel acto criminal, porque no quiero verme a mi mismo bajando del árbol para ser agarrado del cogote por aquellas manos que doblan perfiles de acero como si fuesen cordones de zapatos.

Como buen zorrito, no fue detectada al cometer aquella vil bajeza.

No fue felicitada.

Ya se escondía el sol cuando quise dar por terminada la tarde y lleno de aquella victoriosa adrenalina de guerrero samurai hice el último rapel. Lleno de optimista felicidad empiezo a guardar todo el equipo y cuando intento recuperar la cuerda que está amarrada a la copa 20 metros allá arriba, ocurre un percance no previsto que la atasca y en exactamente 3 segundos y medio…

… todo se fue a la mierda.


Vuelvo a desguardar el equipo que ya había guardado, ponerme de nuevo el arnés para subir todo de nuevo a desatascar la cuerda allá arriba y empezar a subir nuevamente y con poca luz. Todo de nuevo. Como todavía andaba en modo ardilla no me costó nada llegar arriba y liberar a la cuerda de su imprisionamiento, pero ya no podía volver a fijarla y tenía que bajar por las mías. Y por las mías no iba a ser tan fácil, porque para bajar, hay un tramo complejo que requiere la cuerda que ya no tenía.

Heme ahí sentado en una rama a 7 metros de altura con expresión desesperada la mirada tranquila, mientras se alargaban las sombras y se iba la luz. Aguantándome hasta el minuto final no gritarle al dueño de la marraqueta para que llamara a los bomberos y que vengan a rescatarme.

Ya no me sentía tan encachao ni tan pulento.

Y se me iba la luz.


Pero como todos en el fondo tenemos algo de encachaos y pulentos como aquellos que vemos en la tevé, quise intentar una maniobra arriesgada pero honrosa, que aunque podría ponerme en el titular de la sección de policiales, también podría dejarme con todas mis tripas adentro y felizmente de pie en el suelo.

Así que la primera maniobra irresponsable fue desasegurarme. La segunda fue rezar. La tercera fue comprobar que funcionó el rezo porque la cuerda con que me aseguraba alcanzaba justo a llegar al suelo. La cuarta fue intentar hacer memoria y acordarme una serie de nudos que sirven para estas… “emergencias”. La quinta fue confiar en que mi memoria funcionara bien. La sexta maniobra irresponsable fue creer que confiaba en mi memoria, y la séptima fue lanzarme.


Sin sorprenderme (mentira) comprobé que colgaba en forma segura de aquella cuerda, con la esperanza sabiendo que ya no me rompería las vertebras contra el suelo. Con las últimas luces de la tarde, toqué felizmente el suelo…

Así de pulento y encachao.

Más encima bacán.

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