Un día para morirse

Desperté habiendo querido no despertar, considerando excelente el momento para que se me acabe la mecha y dejar la existencia. 

Que dramático.

Para mi las mañanas son así algunas veces, no todas eso si. Creo recordar una o dos veces en las que he despertado con energía. El resto de las mañanas de mi vida son del estilo del “¿Por qué nací!?”

Pero nací.

Desperdicio de ser. 

Así que me dije: Ya está bueno, es el momento de actuar, mejorar la actitud y cambiar el chip. Siguiendo ese repentino ataque de determinación y bravura, dos horas después me levanté. Digo “me levanté” para decir algo elegante, porque más preciso sería decir que me arrastré. Convertido así en una piltrafa miserable y decadente repté nauseabundo hacia la ducha, porque lo quiera uno o no, la existencia jamás comienza antes de la ducha. Lo que en realidad dijo René fue “Pienso en ducharme, luego existo”, lo que constituyó la primera referencia histórica de la poca vergüenza que enorgullece al pueblo francés en referencia a sus hábitos higiénicos. 

Tiempo después la academia decidió modificar la frase, pero eso no sale en los libros de historia.

Junto con la primera gota de agua caliente comienza mi existencia. Es el primer momento en el que pongo en duda acerca de si realmente quiero morir. En todo caso uno tendría que estar demasiado indignamente palacagá si prefiere elegir la inexistencia luego de comenzar a recibir calor en el cuerpo durante un día en el que el fuego dejó de arder luego de haberse congelado. Fue así que con algo de amor propio y un poco más de indigna decencia pude al fin considerar ponerle término a la ducha y salir de ella hacia el mundo de los vivos. 

Y salí.

Como de alguna manera sabía que el Reiki energiza el cuerpo, busqué el momento en el espacio correcto y me lancé al intento. Si conoces acerca del Reiki no te haré perder el tiempo contándote que es una técnica japonesa patentada por un señor japonés que después de subir una montaña durante 21 días sin comer, donde según se dice, consiguió la anhelada iluminación espiritual. Lo que por lo visto no convierte a los seres humanos en un super hombres, porque cuando se decidió a bajar al pueblo a comer algo y contarle a sus amigos que se había unido al Club del Buda, se puso nervioso, pisó mal una roca y terminó en el suelo en uno de aquellos memorables porrazos de la historia, con una pierna malograda y quizá bastante rota.

La historia cuenta que su primera reacción fue ponerse las manos en la herida, y la historia dice que le funcionó. Como sea llegó abajo, le contó a sus amigos que se había iluminado, que se mandó un porrazo, les mostró la herida y después de comer, abrió un centro de sanación donde empezó a ayudar a la gente usando la energía del universo, mediante una práctica curativa que ha existido siempre y que consiste en utilizar ese cosquilleo que todos sentimos en las manos para influenciar las energías de los seres vivos a través de la energía ilimitada de todo el cosmos que fluye a través de ti.

Mas o menos eso. 

No se si lo habrás vivido alguna vez e imagino que cada uno lo vive de una forma diferente, pero en mi caso particular yo siento algo casi imperceptible, como un hormigueo tenue e inapreciable, desapercibido a menos que se le ponga muchísima atención y a veces también siento algo de calorcito como si estiraras las manos para calentarlas en una estufa semiapagada que está a diez metros de distancia en uno de los días más duros del invierno. 

Así de intensa la alocada sensación.

Atropina al corazón. Desatao.
… crazy.

Desconfío de la gente que ha dicho ver vidas pasadas, o encuentros cercanos con seres de luz. No lo se, aunque he tenido referencias muy cercanas de situaciones bastante impresionantes, imagino que de alguna manera el universo mantiene el Reiki en formas bastante silenciosas y sutiles porque te imaginas tú ¿qué pasaría si tuviéramos orgasmos cósmicos cada vez que nos ponemos las manos encima? Los niños andarían botados, la gente no iría a trabajar, nadie visitaría los malls, colapsaría la economía. El universo no quiere eso. El universo necesita que compres, que te endeudes y que busques la felicidad a través del consumismo sin sentido que aporta efímeros placeres mientras destruimos el planeta que aún trata de mantenernos con vida.

Por eso el Reiki es tan poco apasionante.

Como sea es bien interesante la sensación de ir energizando uno a uno cada chakra. Imagina que en un lugar donde antes no había nada mas que piel y un par de pelos, ahora dejas en activación un volcancito tibio que emana energía. Así uno por uno, y mientras avanzas, los vas conectando hasta que llegas al último que está entremedio del potín, aunque en realidad es el primero, pero la idea es energizar el cuerpo, y la energía viene del cielo, así que hay que abrir la puerta que está sobre la cabeza. Cuando están todos los chakras girando, tu columna se convierte en una minicarretera de cosquillitas prácticamente imperceptibles desde donde avanza por todo tu cuerpo, liberando trancas, bloqueos y cagadas de todo tipo.

Te lo recomiendo.

Además, es genial poder enchufar tu cuerpo en el poste eléctrico del universo.

Y así de enchufado con el universo terminé mi sesión. Primero quería la no existencia y ahora me convertí en un ser de luz con poder ilimitado que puede mover las cosas con su mente mientras imagina que es un ser con poder ilimitado que puede mover cosas con su mente.

La imaginación da para todo.

Así que lleno de energía cósmica le dije a la Muerte:

“Guarda tu guadaña flacuchenta miserable, mira como te paseo.”

Así, todo creído, me las dí de bacán y con un gesto de dureza y desafío, estiré mi mat. Para la gravedad de mi condición corporal y anímica, pretender hacer yoga era un acto temerario, pero en alguna parte leí que hacer ejercicio consciente ayudaba a reutilizar energía estancada y así que me dije que podría ser una buena idea reutilizar mi energía estancada. 

La verdad de las cosas es que pude representar bastante bien el papel de vergüenza yoga internacional, porque si hubieran olimpiadas de lo asquerosamente mediocre, me bajo del podio con un par de medallas. Soy el compañero que no quieres en tu sesión. Era un lance largo considerar un buen rendimiento, si recordamos que estuve a punto de renunciar a la vida. 

Madurez, le dicen cuando uno decide dejar de pasar vergüenzas y aprende a tomarse las cosas con calma. Así que preparé mi taller en modo nueces, porque este año Don Nogal tuvo una muestra especialmente notable de generosidad y como si nada, nos regaló una cantidad bastante asombrosa de kilos de aquellos testiculitos de madera que no tuvimos ningún problema en compartir con roedores y caninos, luego que los caninos descubrieran la razón por la cual los roedores estuviesen tan dispuestos a jugarse la vida para hacerse con el interior de aquella bóveda aparentemente indestructible. 

Es toda una filosofía el abrir nueces, y un arte si quieres dedicarte para hacerlo bien y sacarlas enteras. Y no juzgo a nadie, hay quien pueda considerar una obra de arte poner 5 mil nueces en el riel y esperar que pase el tren, pero por mi parte no encuentro tan elegante perder la dentadura por no poder separar la maderita aquella de la nuez. Para mi el arte es tomarse el tiempo y hacerlo bien, sin romper nada.

Con un martillo.

(Recordemos que es una bóveda aparentemente indestructible y no lograrás abrir una nuez usando una madeja de lana, aunque ahí afuera hay gente muy ingeniosa y creativa). 

Esto es cosa de cada uno, y mi forma es un martillo. Lo bonito de trabajar con el martillo es que hay que ir aprendiendo a encontrarle el gusto a su forma, a su peso y poner la fuerza justa en el angulo correcto desde la distancia precisa. Y por mucha dedicación que uno le ponga, hacer igual concha a la nuez, porque cada nuez es distinta y no se puede aplicar la misma fórmula a todas ellas. Todo el proceso se convierte en un una constante evaluación de forma, tamaño y peso que mediante un complejo análisis estadístico permite diseñar un meticuloso plan que aplica a cada nuez la fuerza y ángulo que le corresponde y merece. 

Son tan complejos todos los factores involucrados y tan intrincados entre si, que es miel para mi mente. Mientras ella se encuentra fascinada en la fineza del uso del martillo, mi ser puede volar libremente para explorar posibilidades que no hubiese alcanzado con sus pataletas y berrinches de malcriada.

Lo bonito de pelar nueces es que requiere el máximo de uno mismo, porque el uso del martillo, por violento y destructivo que suene, no solo requiere fineza, cuidado y precisión, sino que es solo una parte del proceso, porque luego de abrir y retirar la cáscara de madera, hay que retirar la membranita de leña que la nuez tiene entremedio de sus dos hemisferios, a menos que quieras que la retire luego un dentista desde tu encía donde terminó clavada. Esto se hace con una pinza (el dentista también usa una pinza).

Un martillo y una pinza, que poesía. La misma pinza debe ser usada con sabiduría, porque todo se puede ir al carajo si te apasionas demasiado con un tirón y terminas volándole un cuartito a la nuez. En este paso no se puede usar la fuerza porque el riesgo es muy grande. Si hay que usar la fuerza y no sale la leñita, entonces es necesario recurrir a la aguja. 

Manjar para mi mente, meditación total. 

Un respiro para mi ser, la mejor terapia. Imaginarme a mi mismo viviendo con lo que le doy a la tierra, con lo que la tierra me da a mi, en el campo, abriendo nueces junto al fuego, escuchando la lluvia y mientras me hacen sexo oral, lo encuentro lo máximo. 

Bueno lo del campo no es imprescindible, también puede ser en la ciudad, pero todo lo demás debe estar. 

Además lo más bonito de todo esto es que no es para uno mismo, sino para los demás. A menos que “uno mismo” esté tan groseramente enfermo que decida comerse 25 kilos de nueces sin compartir con nadie. Por otro lado, la sensación de ver a alguien comerse una nuez como si fuese una palomita de maíz y tener la suficiente fuerza de voluntad de no golpearlo por no saber apreciar el trabajo de pelarla de tal manera que pudiese comérsela entera.  

Es para iluminarse. 

Además, hay recordar que es la misma forma en la que yo comía nueces antes de aprender a pelarlas. 

Pero como todo lo que comienza algún día tiene que terminar, tenía que cambiar de función, porque por el momento iluminarme para mi no es una opción. Estoy tan enamorado de mi mismo, tantos apegos, deseos para mi presente y para mi futuro, que no quiero renunciar a eso porque estoy convencido que eso es tan valioso que no se puede renunciar así como así. Pero como es muy necesario tener el deseo activo aunque algo bajo control, todos los días toca la hora de zazen.

Zazen: Sentarse en el suelo a no hacer nada.

Imagina lo divertido que es.

Estoy tratando de hacer dos horas diarias, pero creo que es lo más duro que he hecho en mi vida. No fueron tan duros los diez días seguidos sin descanso, como el año completo tratando de crear el hábito todos los días para superar la impaciencia y la incomodidad. Aunque debo reconocer, que lo difícil realmente es abandonar la mente para dejar de pensar y proyectar ideas y planes sin parar. Su dificultad están en que son todos los planes para las cosas que sueño y la iluminación requiere que abandone todos los planes, todos los sueños, mis amores pendientes y me olvide de mi. Al menos la proyección futura que tengo de ellos. 

¿Cómo voy a querer olvidare de mi si soy tan hermoso, inteligente y de cuerpo tan escultural?

Nadie podría olvidarme, todos me desean.

Como veras, estoy a un paso de la iluminación. Soy tan glorioso que la muerte no debe tocarme, pero toca zazen y hay que sentarse, lo que me parece francamente lo más complicado. Estar sentado no representa ningún problema ¿Cómo, si no hay que hacer nada? Lo primero, es que hay un millón de cosas por hacer ¿y cambiar todo eso para sentarme en el suelo a no hacer nada? ¿Para qué? Es difícil animarse a renunciar al mundo y abandonarlo todo por algo tan despropositado como sentarse en el suelo con los ojos cerrados. Una vez decidido y ya en la faena, lo más complicado son las rodillas que saben a lo que van y se resisten. Negándose a todo ello, se ponen dolorosas y rígidas. Si no se doblan, esto no funciona. Entonces hay que doblarlas no mas. Se ponen lloronas, no les gusta. Duelen. Lo que si, una vez en la posición definitiva, ocurre la magia porque desaparecen y dejan de existir. Bueno, junto con las piernas y todos los accesorios que les corresponden, lo que es bastante lógico porque ahora mi mente está muy entretenida diseñando una casa que va a colgar de una cascada. Los problemas de piernas nada tienen que ver aquí, arriesgo la vida de las personas, el diseño no puede fallar. 

Por eso, lo verdaderamente difícil de sentarse, es que cuando “uno” se da cuenta que ya se le arrancó el caballo y está justamente haciendo lo único que no hay que hacer, se supone que “uno” debiese dejar de pensar en el sistema que suministre gas para la casa colgante y ponerle atención a como entra y sale el aire. 

A como entra y sale el aire!

Imposible, a Buda no le gustaba la escalada. 

Si le hubiera gustado, no habría existido una escuela para iluminarse…
… pero tendríamos ciudades enteras colgando de los bosques.

Como los iwoks. 

A la mierda la meditación, aquí lo verdaderamente importante son los tensores y las fijaciones. Todo es tan perfecto, es un excelente momento para dejar a la mente que disponga de sus conocimientos en formas tan… imaginarias. Sería todo aún más perfecto si “uno” pudiese pasarse la vida entera proyectando un sueño aunque jamás se materialice más que en su mente, pero no puede ser porque como a los 45 minutos por lo general a “uno” comienzan a dolerle gravemente las rodillas. Y si “uno” no hace caso, aumenta. 

Es como cuando tienes muchas ganas de hacer caca: Lo puedes aguantar por horas, pero no eres capaz de alcanzar a sacar la raja afuera antes de sentarte.

Lo mismo, solo que sin caca. 

Entonces ahí está el tic tac insalvable de cada segundo que se hace un eterno que no termina jamás y lo único que “uno” quiere es hacerle caso a la última excusa que se inventó para ponerle fin a esa tortura que “uno mismo” se inventó. 

Este amargo final por lo general se presenta con distintos grados de no cumplimiento, aunque es bastante normal llegar con cierta desesperación hasta el segundo final, para levantarse luego como si la casa estuviese bajo fuego alemán, claro que sin fuego y sin alemanes, pero cojeando como un anciano decrépito, miserable y decadente por el nuevo reconocimiento de las rodillas que ahora existen nuevamente y que se niegan a trabajar. 

Nada decoroso, fíjese usted.

De todas maneras creo que hoy me hizo bien el pelado de nueces, porque cuando apareció el dolor de rodillas y el millón de excusas para rendirme en forma miserable, lleno de bravura y testosterona escocesa, tomé la decisión de continuar dignamente hasta el final por amargo que fuese. Es más, terminó el tiempo y me quedé cómodamente con ganas de más. Ahí me quedé, sentado en el suelo con una mosca caminándome en la cara, considerando la posibilidad de permanecer ahí por tiempo indefinido. Afortunado fui cuando comenzó nuevamente el dolor: mi mente no podría aceptar algo como eso, habían demasiadas tareas, funciones, miedos que tener, problemas con los que aproblemarme y hacer caca.

Bastante alegre por saber que hoy no me convertiría en uno de aquellos monjes que a veces encuentran meditando momificados dentro de cuevas después de 200 años, y cuyos colegas aseguran que no hay que despertarlos, porque todavía están vivos en un estado llamado Tukdam que les permite estar mucho tiempo sin hacer caca. 

Yo estoy de acuerdo, que nadie los despierte.

Imagínate, se irían de raja si se miran en un espejo y se dan cuenta que se momificaron. 

A mi por lo menos me parecería bastante incómodo. Despiértenme no más, no esperen 200 años. Es más, si después de la hora de once no he aparecido en la cocina, algo raro pasa. Vengan a verme. No me causa ninguna gracia despertarme y darme cuenta que soy una pieza de utilería en una película de Indiana Jones, donde el es tan momia como yo. 

¿Quien me va a creer que a ese yo lo conozco porque lleva 240 años haciendo películas iguales a esa? Además cero credibilidad, porque mi lengua se habría convertido en un zapato viejo y en el lugar donde antes había un ojo tendría viviendo una araña. Indigno.

Despiértenme por favor. 

Así que cojeando como un anciano decrépito y miserable, intentando reactivar mis rodillas, me dirijo a la cocina a comer pensando que este sería un excelente momento para el sexo oral. 

Y eso que hoy quería que se me acabara la mecha y no existir más nunca jamás.

Cosas de la iluminación espiritual.

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